Me invitan a una mesa redonda en la majestuosa iglesia de la Seu Vella de Lleida con el título "El aceite nos mueve". La intención, evidente, promocionar el aceite de la provincia. El lema transmite que el aceite es motor del territorio. Yo, que soy ingenua de por sí, cuando me enviaron la convocatoria lo interpreté literal: el aceite nos hace hacer kilómetros. Porque es exactamente eso lo que me pasa.
A mí, el aceite me hace mover, no porque contenga una buena dosis de nutrientes y calorías que me disparen la palanca de la hiperactividad y me haga caminar, sino que es la razón principal de muchos de mis viajes. Un buen productor me puede desviar de la ruta, llegando tarde a destino. Para justificar la manía es necesario que primero confiese que soy adicta. Y no creo que sea la única. Hay un día que lo pruebas y te cambia la vida. Pruebas ese aceite encantador que te atrapa y te guía la vida, sin poder dar marcha atrás, poseída por un sabor intenso, voluptuoso, que se desliza garganta abajo y todo lo empapa. Ese maldito día has bebido aceite. Ya no podrás volver al aceite disgustado, aguado. Eres presa, has caído en la tina y no puedes salir. Y te transformas en un alma errante, buscando el elixir que te calme la inquietud. Fin de la inocencia.
Una tostada empapada de aceite es un reconstituyente reconfortante. Es familia. Es espacio seguro. Es ponerse los zuecos después de un día de caminar por las montañas

Comienza agosto y muchos hacemos vacaciones. Hace años que no me hace falta salir del país para vivir experiencias únicas. La provincia de Lleida es el último rincón auténtico del país, un territorio salvaje, olvidado para muchos, precioso e interesantísimo. Una provincia arraigada, también en el sentido agrario, donde el sector primario toma una relevancia capital. Si sois de los que creéis que este mundo todavía tiene remedio, aprovechad las vacaciones para ir a conocer productores, su trabajo y el impacto positivo que generan en el territorio. Y si tenéis niños, no hay lección de escuela que enseñe más que ver crecer, cómo se transforma y cómo se elabora lo que les ponéis en el plato. Y conocer es amar, crea vínculos. Mi hija vive en Suiza. Si quiero conservar la vida, cuando viajo para visitarla, tengo que llenar la maleta con aceite y longaniza. No es solo una cuestión de ahorro sino que la hija necesita "sentirse en casa". Los alimentos son más emoción que nutrientes. El aceite nos mueve y nos remueve el alma. Una tostada empapada de aceite es un reconstituyente reconfortante. Es familia. Es espacio seguro. Es ponerse los zuecos después de un día de caminar por las montañas.
Se construye más un país poniendo un producto en la cesta que poniendo una papeleta en la urna
Ahora bien, el aceite también me puede llegar a revolver el estómago. Es cuando, con el pretexto de la calidad y el precio, compran aceite de fuera. Unos euros de ahorro que nos salen muy caros. Cuando compráis aceite del país estáis definiendo un paisaje. Estáis apostando por un modelo que no podemos perder porque nos jugamos la soberanía alimentaria, muchos oficios y el equilibrio demográfico del país. Se construye más un país poniendo un producto en la cesta que poniendo una papeleta en la urna. Pensadlo. Y me imagino a los productores de Jaén (pongamos, al azar) partiéndose de risa cuando nos ven comprar su aceite con devoción mientras el nuestro se enrancia en los trujales: "Mira qué tontos son estos catalanes." De todo esto tan importante hablamos en la mesa redonda en la Seu Vella de Lleida. Es de justicia citar que fue organizada por la Diputació de Lleida –con la marca "Gust de Lleida"– y conducida por la colega Rosa Molinero. Fue un honor y un privilegio participar. Gracias.