Normalmente, me muevo en moto por la ciudad; un par de veces por semana cojo los Ferrocarrils de la Generalitat y, de vez en cuando, utilizo el metro. Pues bien, esta semana decidí ir a Badalona en metro. Un trayecto entretenido gracias al personaje que se sentó a mi lado, que entendió que el vagón de tren es el lugar adecuado para meterse entre pecho y espalda un buen y apestoso plato de estofado, mostrando al resto de los mortales el ritual correspondiente con todos los enseres para hacerlo y acompañado, cómo no, de aquellos ruidos propios de los cerdos cuando comen el pienso. Así, este personaje puso la mesa sobre sus piernas como si le fuera la vida en ello, con una bonita servilleta de cuadros rojos que perfectamente podría ser de la era paleolítica, igual que lo eran los lamparones que traía. Acto seguido, y para sorpresa de los demás viajeros, desplegó el muestrario de la cubertería de lujo, donde no faltaban el tenedor, la cuchara grande, la cuchara pequeña y el cuchillo —que, por cierto, y por suerte, no era una pallaresa, con lo cual me relajé un poco ante la grotesca situación, porque es muy improbable que, dado el caso, el asesino del táper pudiera atacarme con un cuchillo de cubertería—.

Pero ¡paren máquinas! —y nunca mejor dicho—, de repente aparece la escena más esperada de la película, cuando el protagonista saca el táper de la mochila, pero no un táper cualquiera, no, sino uno de aquellos donde cabría, pongamos por caso, una tortilla familiar para veinticinco personas como mínimo; en este caso, sin embargo, lleno de un guiso de unas legumbres irreconocibles tanto por la forma como por ese olor a muerto de hace semanas.

Seguro que si Iggy Pop hubiera viajado en este vagón, la letra de "The Passenger" sería otra

Una vez abierto el táper en cuestión, veo cómo la pobre señora de delante, ya entrada en años, cae redonda al suelo sin previo aviso a consecuencia del fuerte impacto del aroma de los garbanzos cocinados hace décadas, mientras otros pasajeros empiezan a vomitar por doquier, como en los peores momentos de la pandemia o como en las mejores obras de la Fura dels Baus. Ah, amigos, pero la cosa no acaba aquí, porque el jugo del guiso, a medida que el sujeto engulle, le chorrea por la cara, limpiándose primero con la mano para luego restregarla por la parte inferior del asiento, y después con la servilleta, que como he dicho antes, tenía vida propia. La cosa, como os debéis imaginar, no acabó nada bien, y por respeto a los lectores me ahorraré los detalles.

Llegado este punto, no se entiende que ciertos personajes se empeñen en hacernos pasar día sí, día también, por esta desagradable experiencia antihigiénica, igual que no se entiende que no esté prohibido comer en los transportes públicos platos cocinados y que sea posible tragarse libremente un cordero entero recién hecho a la brasa, unos calçots con su romesco o un buen bol de escudella bien caliente con su pilota y su carn d'olla.

Nada que decir de aquellos pasajeros que, por miedo a desmayarse, se ventilan durante el trayecto unos frutos secos, unas galletitas o una bolsa de patatas, pero muy en contra de los Carpantas en los transportes públicos, antes de que la mierda nos devore. Seguro que si Iggy Pop hubiera viajado en este vagón, la letra de "The Passenger" sería otra.