Estoy de vacaciones. Del todo. Hace más de dos semanas que hago exactamente lo que me apetece y me escapo, con una habilidad admirable, de todo aquello que me cuesta. Lo más sorprendente es que, a medida que avanzan los días, todavía me cuesta más ponerme a hacer nada. Es como si una fuerza telúrica se apoderara de mí y me sumergiera en una pereza infinita, espesa, casi mineral. Y yo me dejo mecer. No negaré que, de vez en cuando, me siento un poco culpable. Sobre todo porque, antes de empezar las vacaciones, había hecho una larga lista de tareas pendientes y de planes que, a estas alturas, han quedado reducidos a muy poca cosa. El infinito "después ya lo haré" se ha convertido en el amo de mis horas y ha disuelto mi sentido del deber en una especie de néctar con efectos letárgicos. Me pasa cada verano. Sin excepción.
Entonces llega la pregunta de rigor: "¿Supongo que durante las vacaciones apagas los fogones, verdad?" Pues sí. Apago los del restaurante, porque cerramos todo el mes de agosto. Pero enciendo los de casa y no paro de cocinar. De hecho, es durante las vacaciones cuando más cocino. Porque cocinar es mi manera de descansar. Es mi refugio, mi lenguaje, mi forma de ordenar la cabeza, de entretenerme y, en definitiva, de disfrutar. Esta fue, precisamente, la razón por la cual abrí un restaurante. La cocina me hacía tan feliz que llegué a pensar que no podía haber un paraíso mejor que ganarme la vida haciendo aquello que más me gustaba. Y sospecho que este es el mismo impulso que lleva a tantas personas a dedicarse a la restauración, a la enseñanza, a la música, al arte o a cualquier otro oficio: la ilusión de convertir una pasión en una manera de vivir.
Cuando el restaurante cierra por vacaciones, yo recupero mi pasión. Sin reloj. Sin prisa. Sin objetivos. Sin tener que demostrar nada a nadie
Ahora bien, hay razones poderosas que lo desaconsejan. La primera es que cualquier afición, cuando se convierte en trabajo, en una obligación, pierde inevitablemente una parte de su encanto. Al fin y al cabo, como decía mi madre, "trabajo es trabajo". Todo aquello que se transforma en rutina, que se encorseta dentro de los límites de la rentabilidad y de las posibilidades reales, deja de ser un espacio de libertad y difícilmente sigue siendo excitante. Tanto si trabajas por cuenta ajena como si levantas un proyecto propio, dedicarte a tu pasión acaba teniendo un precio mucho más alto de lo que imaginabas. Si trabajas para una empresa, tendrás que subyugar tus anhelos, tu creatividad y tus proyectos a su filosofía. Y si decides crear tu propio negocio, la paradoja es aún mayor: acabarás trabajando mucho menos para tu sueño que para la supervivencia de tu proyecto. Serás el lacayo de tu empresa. Ya no harás aquello que te apetece, sino aquello que hay que hacer para que sea viable. No cocinarás lo que te inspira, sino lo que se vende. No crearás lo que te emociona, sino lo que funciona. Y eso, en el mejor de los casos. Porque lo más probable es que ni siquiera puedas acercarte mucho a los fogones.
En realidad, ni siquiera cocinarás mucho. Gestionarás equipos, negociarás con proveedores, resolverás averías, atenderás clientes, harás de comercial, de psicólogo, de decorador, de transportista, de creador de contenidos, de gestor y, si aún te queda un rato, quizás también harás de cocinero. Cada uno hará su trabajo y tú tendrás que hacer un poco de todos. Sin poder profundizar en nada, siempre de bólido, siempre apagando fuegos. Y sí, probablemente esto también te hará feliz, porque habrá sido una decisión tuya. Pero hay una parte que nadie comparte contigo. La angustia, la inquietud, las decisiones difíciles y las noches en blanco son exclusivamente tuyas, no las podrás delegar a nadie.
Hace un tiempo escuché al propietario de una gran cadena de restaurantes contar su historia. Es un cocinero extraordinario, pero confesó que su verdadera pasión no es la cocina, sino las motos. Su padre le dio un consejo que le cambió la vida: "Si te quieres ganar la vida, dedícate a los restaurantes". Le hizo caso y ha sobresalido en su profesión. Pero aquel día entendí el quid de la cuestión. Su auténtica ambición no era cocinar, sino construir una empresa. Si hubiera convertido las motos en su profesión, probablemente, o no se habría podido ganar la vida, o habría dejado de disfrutar de ellas. Este es el gran tema.
Y entendí también que, quizás, todos cometemos el mismo error. Nos pensamos que la felicidad consiste en convertir la pasión en trabajo, cuando a menudo el verdadero privilegio es poder conservar una pasión que no dependa nunca de una factura, de un cliente ni de una cuenta de resultados. Por eso, cuando el restaurante cierra por vacaciones, yo recupero mi pasión. Sin reloj. Sin prisa. Sin objetivos. Sin tener que demostrar nada a nadie. Vuelvo a hacer aquello que durante el resto del año casi no puedo hacer con la misma libertad. Cocinar.
