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El otro día recibí una llamada de uno de los observadores que colaboran con La Gourmeteria. Me informaba del inminente cierre de Casa Leopoldo, el mítico restaurante del Raval que durante décadas lideró Rosa Gil y que se convirtió, sobre todo en los años setenta, en uno de los grandes puntos de encuentro de la intelectualidad barcelonesa. Por sus mesas pasaron Manuel Vázquez Montalbán, Joan Marsé, Eduardo Mendoza, Maruja Torres y buena parte de la izquierda antifranquista de la época.

Yo también fui durante muchos años en aquella época, aunque sin compartir mesa con ninguno de estos ilustres. Iba sobre todo los viernes, cuando la madre de Rosa preparaba unos calamares a la romana que, sin exagerar, eran los mejores que he comido nunca. También había celebrado alguna comida de Navidad con toda la familia, y todavía recuerdo tanto la cocina como el trato exquisito que dispensaba Rosa.

Es cierto que mucha gente consideraba que el Leopoldo era un restaurante caro. Yo también lo pensaba. Pero visto con la perspectiva de los años, cuando hoy es habitual encontrar platos de macarrones a 25 euros en muchos restaurantes de Barcelona, quizás resulta que el Leopoldo no era tan caro como parecía.

La historia reciente del restaurante es la de un establecimiento incapaz de encontrar la estabilidad. En solo diez años ha bajado la persiana cinco veces:

  • 2015: Rosa Gil decide retirarse después de cuarenta y un años al frente del negocio. Una etapa que ponía punto final a una historia iniciada en 1929 por sus abuelos y continuada después por su padre.
  • 2016-2018: Romain Fornell y Òscar Manresa intentan recuperar el espíritu del Leopoldo, pero el proyecto no acaba de funcionar.
  • 2019-2022: Rafa Peña asume el reto. La pandemia acaba truncando el proyecto.
  • 2022-2024: Llega probablemente la etapa más desconcertante de todas. El local deja atrás su identidad para servir yakisoba, rollitos de primavera y otros platos asiáticos.
  • 2024-2026. El grupo Banco de Boquerones vuelve a apostar por el negocio, pero tampoco consigue consolidarlo.

Si el Raval no remonta, difícilmente lo hará ningún restaurante, por muy buen cocinero que pongan al frente

Ahora habrá que ver quién será el próximo valiente dispuesto a intentarlo. O si, sencillamente, nadie dará el paso. También será interesante observar cómo evoluciona el Raval durante los próximos años. Es un barrio con un potencial extraordinario, pero que sigue acumulando problemas de todo tipo. Esperemos que el Ayuntamiento y el resto de administraciones actúen con decisión antes de que sea demasiado tarde, aunque, visto el panorama, algunos ya lo consideren una auténtica quimera.

La coca de Sant Joan: ¿con o sin fruta?

No hay verbena de Sant Joan sin coca. O, dicho de otra manera, no hay coca sin debate. Esta semana, las declaraciones del nieto de la histórica pastelería Foix han sacudido el gremio tras afirmar que la coca de Sant Joan sin fruta confitada es una "herejía". Una frase contundente que ha levantado una avalancha de reacciones tanto entre pasteleros como entre consumidores.

Coca de Sant Joan / Foto: Carlos Baglietto


La polémica, sin embargo, no es nueva. Desde hace años conviven dos maneras de entender este dulce tan nuestro. Por un lado, los puristas, que defienden la receta tradicional con cerezas, melón, naranja y el resto de fruta confitada. Por otro, una mayoría creciente de clientes que la rechazan y prefieren cocas de crema, piñones, chicharrones, chocolate o, simplemente, de brioche, sin ningún rastro de fruta.

La realidad es tozuda: las pastelerías elaboran cada año más variedades porque el consumidor las pide. Y, al fin y al cabo, quien acaba decidiendo no es ni el pastelero ni ninguna academia gastronómica, sino el cliente que hace cola delante del mostrador.

La tradición debe preservarse, pero convertirla en un dogma es la mejor manera de alejar a las nuevas generaciones

Personalmente, creo que la coca tradicional con fruta forma parte de nuestro patrimonio gastronómico y merece ser preservada. Otra cosa es obligar a todo el mundo a comérsela. En gastronomía, como en tantas otras cosas, la tradición solo tiene sentido si es capaz de convivir con los gustos de cada generación.

Vienen al caso los comentarios siempre oportunos de mi cuñada: "¡Oí la entrevista! En desacuerdo absoluto con el pastelero de la Foix, que se ha pasado lo que va de semana tirando beef contra la pobre coca de Sant Joan con fruta confitada, porque a él no le gusta. ¡Menos sana es la coca de llardons! ¡Pensad en ello! ¡Este pastelero de la Foix aún hará cocas de Sant Joan con crema de pistacho y nos querrá hacer creer que son buenas! ¡Anda, hombre! ¡A pastar por ahí!"

Indulto a los letreros históricos de la Bodega Fermín

No todo tiene que ser malas noticias. Esta semana hemos sabido que, de momento, los históricos letreros de la Bodega Fermín de la Barceloneta se han salvado de desaparecer. El gobierno de Jaume Collboni ha decidido paralizar provisionalmente la retirada de los elementos instalados en el año 1973. Es cierto que uno de los letreros ya ha sido desmontado, pero el resto continúan presidiendo la fachada de uno de los establecimientos más emblemáticos del barrio.

Conservar el patrimonio comercial cuesta mucho menos que lamentar su desaparición cuando ya es demasiado tarde

La noticia es una buena oportunidad para reflexionar sobre la poca sensibilidad que con demasiada frecuencia tenemos hacia el patrimonio comercial de la ciudad. Barcelona ha perdido en las últimas décadas decenas de letreros, fachadas, vitrales y elementos decorativos que explicaban mejor que cualquier libro la historia de sus comercios. Cuando desaparecen, no solo perdemos un objeto antiguo; también se borra una parte de la memoria colectiva.

Bodega Fermín

Es evidente que los negocios evolucionan, cambian de propietarios y necesitan adaptarse a los nuevos tiempos. Pero esto no debería estar reñido con la conservación de los elementos que los han convertido en referentes de la ciudad. París, Lisboa o Nápoles han entendido desde hace años que estos detalles forman parte de su atractivo. Barcelona, en cambio, aún llega con demasiada frecuencia tarde. Esperemos que este indulto provisional acabe convirtiéndose en definitivo. Porque preservar un letrero histórico cuesta mucho menos que intentar recuperarlo cuando ya ha desaparecido.