Cuando el café de casa queda flojo, plano o sin ese aroma intenso propio de una buena cafetería, mucha gente culpa directamente a la máquina. Se piensa que la cafetera no tiene suficiente presión, que el agua no sale lo suficientemente caliente o que hay que comprar un modelo más caro. Pero muchas veces el problema aparece antes de moler el café. El detalle que marca la diferencia es el estado del grano: si no es fresco, si ha estado mal guardado o si ha perdido aroma, ninguna máquina podrá hacer milagros.
La conservación del grano de café es fundamental para mantener ese gusto que tanto agrada a los cafeteros en su casa
El grano de café también envejece
El café no es un producto eterno. Aunque esté seco y parezca que aguanta meses sin ningún tipo de problema, pierde aromas con mucha facilidad. Los granos contienen aceites naturales y compuestos volátiles que son los responsables del gusto, del olor y de esa sensación de café intenso. Cuando pasan demasiados días desde el tueste, estos aromas se van apagando.
Por eso, antes de pensar en la molienda, hay que mirar cuándo se ha tostado el café y cómo se ha conservado durante este tiempo. Un paquete abierto durante demasiado tiempo puede dar una taza correcta, pero sin fuerza. Y si el grano ha estado expuesto al aire, la humedad, la luz o el calor, todavía peor.

Muchas cafeterías consiguen un café más vivo no solo porque tienen buenas máquinas, sino porque trabajan con grano fresco y lo muelen justo antes de prepararlo. En casa, en cambio, es habitual comprar un paquete grande, abrirlo, dejarlo en un armario e irlo gastando durante semanas. Cuando llega al molinillo, ya ha perdido buena parte de su carácter original. También importa el tipo de tueste. Un café demasiado antiguo puede parecer más amargo o más apagado, mientras que un café fresco conserva mejor los matices. No siempre hay que buscar un café muy fuerte; a veces solo hace falta que sea más reciente y esté bien guardado.
Guardar bien el café es tan importante como molerlo bien
Lo mejor es conservar el café en grano en un recipiente hermético, en un lugar fresco, seco y oscuro. No conviene dejarlo al lado de los fogones, encima de la cafetera o en un espacio donde haya cambios de temperatura. El calor y la humedad son dos enemigos directos del café.
Tampoco hay que abrir y cerrar constantemente el paquete si no está bien protegido. Cada vez que entra aire, el café pierde un poco más de aroma. Por eso es mejor comprar cantidades más pequeñas y consumirlas con más regularidad. Una vez el grano está en buen estado, entonces sí que la molienda es decisiva. Pero si el grano ya llega viejo o mal conservado, molerlo al momento no solucionará del todo el problema. La taza seguirá saliendo floja, sin cuerpo y con poca persistencia.
Así pues, si a tu café le falta fuerza, quizás no tengas que cambiar de máquina. Antes, revisa el grano: que sea fresco, que esté bien conservado y que no haga semanas que está abierto. Un buen café empieza mucho antes de pulsar el botón de la cafetera.