Abrir una bolsa de patatas fritas con la intención de comer solo unas cuantas y acabarla casi sin darse cuenta es una situación muy habitual. No es solo una cuestión de hambre. Detrás hay un concepto que la industria alimentaria conoce muy bien: el bliss point, o punto de máximo placer. La nutricionista Júlia Farré ha explicado en TV3 que este mecanismo ayuda a entender por qué determinados aperitivos resultan tan difíciles de dejar de comer. La clave está en encontrar una combinación de sabores y texturas que resulte especialmente agradable para el cerebro.
Un producto creado para generar placer en cada bocado
El punto exacto en que el cerebro quiere más
El concepto de bliss point fue popularizado por el psicofísico estadounidense Howard Moskowitz para describir la concentración de un ingrediente, como la sal, el azúcar o la grasa, que genera el máximo nivel de satisfacción sensorial. No se trata simplemente de añadir cuanto más mejor. Llega un momento en que una cantidad excesiva hace que el producto guste menos. El objetivo es encontrar aquel punto intermedio en que el sabor se percibe como exactamente adecuado.
En las patatas fritas intervienen varios estímulos a la vez. Está la sal, la grasa y los hidratos de carbono del mismo producto, pero también la textura crujiente, el aroma y la facilidad con que se pueden ir comiendo una tras otra. Varios trabajos sobre palatabilidad han señalado que las combinaciones de grasa con sal o de carbohidratos con sodio pueden hacer que determinados alimentos sean especialmente atractivos y favorecer que se consuma más.
Esto no significa que todas las patatas fritas contengan necesariamente grandes cantidades de azúcar. De hecho, en este alimento el papel principal acostumbra a corresponder a la grasa, la sal, el almidón y la textura crujiente. Hablar del bliss point como una simple fórmula universal de azúcar, sal y grasa puede ser demasiado simplista, porque cada producto se formula de manera diferente y la respuesta también varía entre personas.
No es solo hambre: también es palatabilidad
Cuando un alimento resulta muy palatable, comerlo genera una respuesta de recompensa que puede impulsarnos a repetir la acción. Esto ayuda a entender por qué podemos seguir picando aunque ya no tengamos un hambre especialmente intensa. El cerebro no responde solo a la necesidad energética, sino también al sabor, el aroma y la textura de lo que tenemos delante.
La sal también tiene un papel particular. Además de aportar sabor, puede potenciar otras percepciones gustativas y reducir notas menos agradables. Los estudios describen una curva en forma de U invertida: añadir sal aumenta el placer hasta un punto determinado, pero superarlo hace que el alimento resulte menos agradable.
Por eso, el secreto de las patatas fritas no es simplemente que "nos falten fuerzas de voluntad". Están formadas por una combinación sensorial especialmente efectiva: crujiente, grasa, sal y carbohidratos en proporciones capaces de mantener el interés del paladar. Entender qué es el bliss point ayuda a explicar por qué una sola patata tan a menudo acaba llevándonos directamente a la siguiente.