Antes de convertirse en uno de los nombres más reconocidos de la alta gastronomía mundial, Jordi Roca pasó gran parte de su vida en un entorno muy distinto al lujo de las estrellas Michelin. Su historia empieza en un bar de barrio, de cocina sencilla, donde lo importante no era innovar, sino dar bien de comer a las personas de clase media y trabajadora, sin adornos innecesarios. Ese lugar sigue existiendo y mantiene intacta su esencia. Es Can Roca, el restaurante familiar donde empezó todo para la saga Roca.
La mejor escuela de cocina no tiene que servir platos complicados y los Roca lo demuestran
Un origen humilde que marcó su carrera
Muchos lo confunden con El Celler de Can Roca, pero no tienen nada que ver en concepto. De hecho, son cosas casi opuestas. Y es que Can Roca es un bar tradicional, con menú diario, platos caseros y precios populares.
Fue fundado en 1967 por Montserrat Fontané y Josep Roca en el barrio de Taialà, en Girona. La idea inicial era sencilla y buscaba dar servicio a los trabajadores de una fábrica cercana. Lo que no sabían en ese momento es que ese local acabaría formando a tres de los cocineros más influyentes del país y de todo el planeta. Allí crecieron los hermanos Roca. Entre el ruido de la cocina, el trato cercano con los clientes y el ritmo del menú diario, aprendieron una forma de entender la gastronomía basada en la constancia y el producto.
Un menú de 15 euros que sigue funcionando
A día de hoy, Can Roca mantiene su filosofía intacta. El menú diario ronda los 15 euros e incluye platos de cocina catalana tradicional, elaborados con ingredientes de temporada. Entre las opciones más habituales aparecen la ensalada verde, el huevo poché con patatas paja, la fideuá, la escalivada o las habas a la catalana. Nada de inventos complicados, comida de siempre. También hay propuestas más contundentes, como el carpaccio de pies de cerdo o el xató con anchoas. Todo varía según el día, pero siempre mantiene una línea clara con la comida casera, sin artificios y pensada para el día a día. El menú incluye bebida, pan y postre, algo cada vez menos habitual a ese precio.
En el apartado dulce, la tradición sigue mandando. Flan, crema catalana, yogur o mel i mató son algunos de los clásicos que nunca fallan. Sin embargo, también hay espacio para la evolución. Desde hace unos años, el local incorpora helados de Rocambolesc, la heladería creada por Jordi Roca junto a Ale Rivas.
Además, hay un día señalado en el calendario, como lo son los viernes. Es cuando se sirven los famosos canelones de la casa, uno de los platos más esperados por los clientes habituales. Así pues, Can Roca no es solo un restaurante. Es el origen de una historia única. Un lugar donde la cocina sigue siendo honesta, cercana y accesible, y donde empezó el camino de uno de los grandes nombres de la gastronomía mundial.