Cuando el chef José Andrés habla de cremas de verduras, lo hace desde una convicción muy clara: el protagonismo debe ser absoluto del producto. En su programa Vamos a cocinar con José Andrés defendía una idea sencilla pero rotunda, casi una declaración de principios culinaria: “A mí estas cremas me gustan tal cual, con el puro sabor de la verdura”. Nada de disfrazar texturas con nata, ni de suavizar en exceso con mantequilla. Para él, la cremosidad no es una cuestión de lácteos, sino de técnica y de un buen aceite de oliva virgen extra trabajado con paciencia. Su crema de calabaza es el ejemplo perfecto de esa filosofía: sencillez bien entendida, sabor limpio y equilibrio natural, coronados además por un toque inesperado de mar que eleva el plato sin restarle autenticidad.
La crema de calabaza ideal del Chef José Andrés
La base arranca con media calabaza de Castilla, la variedad Cucurbita moschata, originaria de Perú y cultivada ampliamente en México, pelada y troceada. Esta calabaza destaca por su dulzor natural y su textura mantecosa. En la olla, se sofríen lentamente cebolla y puerro picados en abundante aceite de oliva virgen extra, creando un fondo aromático delicado. Se incorpora después un diente de ajo y la calabaza, dejando que todo se impregne bien de grasa. Aquí está uno de los secretos: añadir aceite con generosidad, porque será lo que aporte cremosidad al triturar.

Cuando las verduras empiezan a ablandarse, se vierte un chorro de agua mineral y se tapa la olla dejando una pequeña salida para el vapor. La cocción se mantiene durante unos 30 minutos a fuego medio desde que rompe a hervir. El tiempo permite que los sabores se concentren sin necesidad de lácteos. Tras ese reposo al fuego, se tritura añadiendo un poco más de aceite hasta lograr una textura sedosa y brillante. Es una crema limpia, donde la calabaza manda sin distracciones.
La cocción se mantiene durante unos 30 minutos a fuego medio desde que rompe a hervir
Pero lo que convierte esta receta en algo especial es el acompañamiento. Las puntillitas, calamares pequeños y tiernos, se colocan separadas sobre papel de horno con una gota de aceite y se cubren con otro papel ligeramente engrasado antes de cocinarlas, logrando que queden delicadas y en su punto. En paralelo, se doran unas setas troceadas en una sartén bien caliente, aportando un matiz terroso que equilibra el dulzor vegetal. Esa combinación crea un contraste elegante entre mar y huerta en el mismo plato.

Para servir, se disponen las puntillitas y las setas en el fondo de un plato sopero y se cubren con la crema bien caliente. Al mezclar, el comensal descubre capas de sabor que van mucho más allá de una crema tradicional. No hay nata, no hay artificio: solo verdura, aceite y técnica. Y, como resume el propio José Andrés, cuando el producto es bueno y se trata con respeto, el sabor es puro.