Los calamares a la romana son uno de esos platos que parecen infalibles. Están presentes en prácticamente cualquier carta, desde bares tradicionales hasta restaurantes modernos, y forman parte del imaginario gastronómico de toda España. Sin embargo, lo que muchos clientes no saben es que, precisamente por su popularidad, también se han convertido en una de las elecciones más arriesgadas cuando se prueba un local por primera vez. Y es que, según coinciden numerosos chefs y profesionales del sector, este plato esconde más trampas de las que parece por su simplicidad. Aunque su preparación es sencilla, el resultado final depende en gran medida de la calidad del producto y de la técnica empleada. Cuando alguno de estos elementos falla, el cliente suele acabar pagando más por menos.

Un plato tradicional que se ha convertido en un producto trampa

Un plato barato convertido en negocio rentable

La base del problema está en el coste del producto. El calamar, especialmente en ciertas calidades, no es caro, lo que lo convierte en un plato muy rentable para muchos establecimientos. Sin embargo, en lugar de apostar por una materia prima de calidad, algunos locales optan por alternativas más económicas, como la pota, que tiene una textura y sabor inferiores.

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Calamar a la romana. Foto: Pexels

A esto se suma el uso excesivo de rebozado. En muchas ocasiones, gran parte de la ración es simplemente harina frita, lo que reduce la presencia real del calamar. El resultado es un plato que parece abundante, pero que en realidad ofrece poco producto de calidad. Además, el auge de los productos de quinta gama ha empeorado la situación. Cada vez es más habitual que los calamares lleguen ya precocinados, listos para freír y servir. Esto elimina cualquier margen de elaboración propia y, en muchos casos, repercute directamente en el sabor y la textura.

El error de confiar en locales desconocidos

La realidad es que el riesgo aumenta especialmente en restaurantes nuevos o con propuestas más modernas. En estos espacios, los calamares a la romana suelen aparecer como un plato “seguro” para atraer a todo tipo de clientes, pero no siempre están a la altura. Muchos establecimientos intentan justificar precios elevados añadiendo elementos que suenan sofisticados, como salsas especiales o presentaciones más elaboradas. Sin embargo, estos extras rara vez compensan una mala fritura o una materia prima mediocre.

Y es que la fritura es clave. Un buen calamar debe ser ligero, crujiente y nada aceitoso. Cuando esto no se cumple, el plato pierde toda su esencia. Por eso, los expertos recomiendan apostar por bares de toda la vida, donde este tipo de recetas forman parte de su identidad. Lugares donde la experiencia, la rotación del producto y el cuidado en la cocina marcan la diferencia en la calidad del plato final.

Así pues, aunque parezca una elección fácil, pedir calamares a la romana en un local nuevo puede ser un error. Conocer dónde se come es, en este caso, casi tan importante como saber qué pedir.