Hay cenas que parecen mucho más contundentes de lo que realmente son, y esta combinación de berenjena, tomate y queso es un buen ejemplo. A primera vista recuerda una lasaña porque se prepara por capas, queda gratinada por encima y conserva una textura melosa en el centro, pero no lleva ni una sola lámina de pasta. La berenjena hace de base, el tomate aporta jugo y acidez y el queso acaba de darle ese punto cremoso que convierte el plato en una opción mucho más atractiva que una simple bandeja de verduras al horno. Además, se puede preparar con pocos ingredientes, es fácil de adaptar y encaja muy bien en una cena ligera.
Una cena que recuerda a la lasaña de siempre y que se puede hacer cada día sin miedo
La berenjena sustituye la pasta y hace el plato más ligero
La clave es cortar la berenjena en láminas finas, preferiblemente a lo largo, para que después se puedan ir superponiendo como si fueran placas de lasaña. Antes de montar el plato conviene cocinarlas un poco para que pierdan parte del agua y queden tiernas. Se pueden pasar por la plancha con una cantidad mínima de aceite o poner directamente en el horno durante unos minutos, vigilando que no queden excesivamente blandas.
Este paso es importante porque la berenjena contiene mucha agua. Si la ponemos completamente cruda entre las capas, puede soltar líquido durante la cocción y hacer que el resultado final quede demasiado aguado. También se puede salar ligeramente antes, dejarla reposar unos minutos y secarla con papel de cocina antes de cocinarla.
Una vez tenemos las láminas preparadas, podemos empezar a montar el plato. Primero una capa fina de tomate triturado o salsa de tomate, después berenjena y, a continuación, una pequeña cantidad de queso. Se repite la operación hasta llenar el recipiente. Para mantener la cena más ligera, no hay que abusar del queso: una cantidad moderada es suficiente para aportar cremosidad y conseguir un buen gratinado.
El tomate y el gratinado marcan la diferencia
El tomate debe tener una textura lo suficientemente espesa. Si utilizamos una salsa muy líquida, la preparación perderá consistencia. Funciona mejor un tomate reducido unos minutos al fuego y condimentado con sal, pimienta, orégano, albahaca o ajo, según el gusto. Esto permite dar mucha profundidad de sabor sin recurrir a salsas más pesadas como la bechamel.
Cuando todas las capas están montadas, solo hay que acabar con un poco de queso por encima y llevarlo al horno hasta que la superficie quede dorada. Unos minutos de gratinado final harán que aparezca esa capa ligeramente crujiente que hace que el plato recuerde aún más a una lasaña tradicional.
La receta también admite variaciones. Se puede añadir calabacín, espinacas, cebolla, setas o un poco de carne picada magra si queremos convertirla en una cena más completa. También podemos jugar con diferentes quesos, como mozzarella, ricotta o una pequeña cantidad de parmesano. El resultado es un plato caliente, reconfortante y muy fácil de preparar. Berenjena, tomate y queso bien equilibrados son suficientes para conseguir una especie de lasaña sin pasta, más ligera y perfecta para una cena sencilla.
