Rodrigo Hernández vive rodeado de focos, estadios y rumores. Su rendimiento lo ha situado entre los mejores centrocampistas del mundo. Sin embargo, su identidad nunca ha quedado limitada al balón. Fuera del campo mantiene una vida marcada por la formación, la familia y el deseo de conservar contacto con la realidad.
El futbolista explicó esta filosofía durante una entrevista con el diario AS. Estudiaba Administración y Dirección de Empresas mientras avanzaba profesionalmente. No entendía la universidad como un plan alternativo. Le servía para desconectar, conocer otros ambientes y evitar que las conversaciones terminaran girando alrededor de entrenamientos, resultados o contratos.
El fútbol no eclipsó su formación personal
“Nunca he dejado de lado los estudios”, aseguró. Reconocía que compaginar ambas obligaciones exigía voluntad y sacrificios. Su calendario estaba lleno. Había sesiones de trabajo, desplazamientos y partidos. Aun así, encontraba tiempo para continuar con las asignaturas. Era difícil, pero consideraba que aportaba equilibrio a su vida.
Rodri tampoco sostiene que todos los jóvenes deban completar una carrera. Su mensaje es más directo. Cree que “sacarse el bachillerato es esencial”. Un futbolista es observado por personas. Necesita herramientas para expresarse, tomar decisiones y transmitir valores a quienes lo consideran un ejemplo.
Esta convicción nació en casa. “La educación era muy importante en mi familia”, recordó en The Players’ Tribune. Sus padres aceptaron que persiguiera el fútbol profesional, pero establecieron una condición. No debía abandonar su formación. El acuerdo le permitió perseguir dos objetivos y construir una personalidad alejada de la burbuja del deporte.
Siempre con los pies en el suelo
Cuando llegó al Villarreal con 17 años, se matriculó en la Universidad Jaume I. Eligió vivir en una residencia universitaria. Podía haber buscado un piso y una rutina más aislada. Prefirió compartir espacios con estudiantes. Allí encontraba conversaciones, preocupaciones y experiencias que no dependían del fútbol.
Sus jornadas tenían poco que ver con las de otros jugadores. Entrenaba por la mañana. Después asistía a clase y regresaba a la residencia. Mientras algunos compañeros descansaban solos, él convivía con universitarios. Esa normalidad le ayudó a mantener los pies en el suelo incluso cuando empezó a competir regularmente en Primera División.
La influencia de Pep Guardiola llegó después y transformó su interpretación táctica. Rodri lo considera el entrenador más determinante de su trayectoria. Pero su manera de comprender la vida ya estaba formada. El técnico mejoró al jugador. La educación protegió a la persona y le recordó que el éxito profesional no sustituye todo lo demás.
