En las últimas décadas, los modelos educativos han cambiado de forma notable. Muchos padres buscan relaciones más cercanas y horizontales con sus hijos, alejadas del autoritarismo del pasado. Sin embargo, el pediatra y ensayista francés Aldo Naouri advierte de los riesgos de llevar esta tendencia demasiado lejos. Para Naouri, intentar ser amigo de los hijos no solo es innecesario, sino perjudicial, porque “deja a los padres sin autoridad sobre ellos” y debilita una función esencial en el desarrollo infantil: la de marcar límites claros y firmes.
Naouri no cuestiona el afecto, la cercanía emocional ni la escucha activa, sino la confusión de roles. Padres y amigos cumplen funciones muy distintas en la vida de un niño, y mezclar ambas puede generar inseguridad, falta de referentes y conflictos en la adolescencia.
La amistad malentendida y la pérdida de límites
Según Aldo Naouri, cuando los padres se colocan al mismo nivel que sus hijos en nombre de una supuesta amistad, renuncian a su posición de adultos responsables. La amistad implica igualdad, reciprocidad y ausencia de jerarquía; la crianza, en cambio, necesita asimetría. El niño requiere una figura que decida, proteja y ponga límites, incluso cuando estos no gustan.
Naouri sostiene que esta “amistad malentendida” provoca que los límites se vuelvan negociables o inconsistentes. El padre que quiere caer bien evita el conflicto, posterga las normas o las explica en exceso, esperando aprobación. El resultado es un niño que no sabe hasta dónde puede llegar, que prueba constantemente la autoridad adulta y que, paradójicamente, se siente más inseguro.
Para el pediatra, los límites no son una forma de opresión, sino una estructura necesaria. Permiten al niño organizar su mundo interno, aprender a tolerar la frustración y entender que no todo deseo puede satisfacerse de inmediato. Cuando los padres renuncian a imponerlos, dejan al menor sin una referencia sólida.
Autoridad, fuerza y responsabilidad parental
Naouri diferencia claramente autoridad de autoritarismo. La autoridad no se basa en el miedo, sino en la coherencia, la constancia y la responsabilidad. Un padre con autoridad no necesita gritar ni castigar de forma desproporcionada; su fuerza reside en que sus palabras tienen peso, porque sus actos son firmes y previsibles.
Cuando los padres buscan ser amigos, explica Naouri, pierden esa fuerza simbólica. El niño deja de verlos como figuras capaces de sostener decisiones difíciles y empieza a ocupar un lugar que no le corresponde. Esta inversión de roles puede generar ansiedad, conductas desafiantes y dificultades para aceptar normas externas, como las del colegio o la sociedad.
El pediatra insiste en que los hijos no necesitan padres simpáticos, sino padres fiables. La cercanía emocional es fundamental, pero debe convivir con una clara asunción del rol adulto: decidir, decir “no” cuando es necesario y mantener la norma, aunque provoque enfado.
En definitiva, Aldo Naouri defiende que ser padre no es ser amigo, sino ejercer una responsabilidad que permite al niño crecer con seguridad. La verdadera muestra de amor no es evitar el conflicto, sino sostener límites que ayuden al hijo a construirse como persona autónoma, segura y capaz de convivir con los demás.
