La telebasura, término coloquial para programas de televisión con contenido superficial, sensacionalista o repetitivo, ha sido objeto de debate durante décadas por su escasa calidad y su capacidad de mantener a la audiencia pegada a la pantalla sin aportar valor educativo o cultural. Este tipo de programación —popular en muchos canales— se caracteriza por formatos de baja profundidad, tertulias sin sustancia o reality shows que apelan más al morbo que al aprendizaje.
En muchas familias, la telebasura se cuela en la rutina diaria de los niños de forma inadvertida, convirtiéndose en una forma cómoda —pero pasiva— de entretenimiento. Sin embargo, estudios y profesionales en desarrollo infantil advierten que el exceso de pantallas y contenidos de baja calidad puede afectar la atención, la empatía y el desarrollo emocional de los niños pequeños, ya que reduce el tiempo dedicado a interacciones humanas y actividades significativas.
Qué efectos tiene la telebasura en el crecimiento de los niños
El consumo habitual de telebasura no es inocuo en la infancia. Las imágenes rápidas, las escenas repetitivas y la falta de narrativas enriquecedoras pueden contribuir a una atención dispersa y a una menor capacidad de concentración, especialmente cuando se combina con otros dispositivos como móviles o tablets. Además, sustituir tiempo de juego activo, lectura o interacción familiar por horas frente a la pantalla puede limitar el desarrollo del lenguaje, la imaginación y las habilidades sociales de los más pequeños —capacidades que se nutren de experiencias reales y dinámicas con cuidadores y compañeros.

La exposición continuada a contenidos sensacionalistas también puede normalizar conductas superficiales o reforzar estereotipos negativos, afectando la manera en que los niños interpretan y procesan la información de su entorno.
La alternativa de un padre creativo
Ante este panorama, un padre publicó en redes un proyecto simple, pero efectivo para sustituir la telebasura por recuerdos y vínculos familiares: en lugar de dejar la televisión sintonizada en programas de entretenimiento vacío, colocó una pantalla adornada con múltiples marcos digitales que muestran vídeos de la familia y momentos afectivos. La idea no era prohibir por decreto la televisión, sino transformar el contenido hacia algo que fortalezca la conexión emocional entre los hijos y sus padres (según lo compartido en el tuit de la cuenta Culturaliteral1). Al llenar la pantalla con imágenes y clips familiares —cumpleaños, juegos, abrazos o anécdotas cotidianas—, el ambiente visual de la casa se convierte en algo que atrae por su significado afectivo, no por la estimulación superficial de la telebasura.

Este enfoque se basa en principios de crianza respetuosa: reemplazar estímulos pasivos por experiencias que fomenten autoestima, memoria positiva y seguridad emocional. Cuando los niños ven representaciones de sí mismos dentro del contexto de la familia, se refuerza su sentido de pertenencia y se ofrece una alternativa más nutritiva a la programación de baja calidad.
Alternativas para padres
Más allá de este invento visual, existen otras estrategias para reducir el impacto de la telebasura y de las pantallas en general:
Establecer horarios de pantalla con límites claros y consistentes.
Seleccionar contenidos educativos o culturales, acordes a la edad.
Fomentar actividades que impliquen movimiento, lectura o juego creativo, en lugar de consumo pasivo.
Participar activamente con los hijos durante actividades fuera de pantalla, fortaleciendo la atención y la empatía.
En definitiva, cambiar lo que se ve no solo modifica hábitos superficiales, sino que puede transformar la experiencia familiar en una fuente de aprendizaje y afecto real, alejando a los niños de contenidos que no enriquecen su desarrollo.