Tal día como hoy del año 1847, hace 179 años, en Sevilla (Andalucía, España), los operarios del ayuntamiento, presidido por el alcalde constitucional Francisco Javier Cavestany y Catalán (Sevilla, 1812), comenzaban los trabajos de preparación de la que sería la primera edición de un evento ferial que, enseguida, adquiriría una gran trascendencia. Aquella propuesta había sido presentada por los concejales consistoriales Narcís Bonaplata i Curiol (Barcelona, 1807) y José María Ybarra y Gutierrez de Caviedes (Bilbao, 1816) y había sido aprobada el 15 de septiembre del año anterior.
Aquel evento ferial sería llamado Feria de Primavera o Feria de Abril y se desplegaría en el Prado de San Sebastián, un espacio no urbanizado situado al sureste de la trama histórica, entre el Reales Alcázares y el arenal del río Guadalquivir, y que, durante el siglo XVI, había sido el Quemadero, el lugar donde la Inquisición hispánica quemaba a los condenados por herejía, y que a partir de aquel momento se llamaría el Real de la Feria. Aquella feria, enseguida, reuniría a los agricultores y ganaderos más importantes del sur peninsular y se convertiría en un centro de negocios.
Tres siglos antes (finales del XV y todo el XVI), Sevilla había sido la plataforma de lanzamiento de todos los viajes atlánticos —buena parte de los cuales eran de naturaleza mercantil— y la ciudad se había convertido en uno de los principales focos comerciales del mundo conocido. Sería la época dorada de la ciudad. Pero, después de la repentina desaparición de aquellas dinámicas clases mercantiles —de origen extranjero— y, sobre todo, después de las crisis político-económicas hispánicas (inicios del siglo XVII), había perdido aquella condición puntera.
Pasados tres siglos, Sevilla no había experimentado una recuperación económica que impulsara su crecimiento demográfico. Tenía 100.000 habitantes, la misma población que en el siglo XVI. Con la Feria de Abril, Bonaplata e Ybarra impulsarían un proyecto que quería contribuir a recuperar el relieve que había tenido la ciudad en su época dorada. Y aquella feria, enseguida, se transformó en una gran exposición de productos locales y en un gran espacio de ocio y esparcimiento, con una extraordinaria fuerza de atracción tanto de población local como forastera.
Narcís Bonaplata venía de una experiencia negativa en Barcelona. Doce años antes (6 de agosto de 1835), una revuelta popular había incendiado y destruido la fábrica Bonaplata —en la calle Tallers, de Barcelona—, que había sido la primera, en la península Ibérica, en introducir la máquina de vapor en la cadena de producción. El Gobierno del momento lo compensaría adjudicándole —a precio de saldo— una fundición de titularidad pública en Sevilla, llamada Fundición San Antón, que lo llevaría a Sevilla y que sería la constructora del actual puente de Triana.
