Al hombre al que siempre le ha acompañado la suerte desde su segunda vida política, se le ha abierto un cráter de dimensiones aún desconocidas, y atraviesa la que es, sin duda, su principal crisis desde que accedió a la presidencia del Gobierno a través de una moción de censura, en junio de 2018. Si en aquella ocasión accedió a la Moncloa después de que se hiciera evidente la corrupción del Partido Popular en el Caso Gürtel, un sistema de financiación irregular que llenaba las finanzas del partido a través de una caja B, ahora ha estallado con una virulencia imprevista una corrupción a gran escala en el PSOE que por lo que vamos sabiendo puede acabar salpicando al propio Pedro Sánchez y a varios de sus ministros durante la pandemia del coronavirus.
Es obvio que Sánchez ha pasado su peor semana desde que llegó a la Moncloa. Ya están perfilados, claramente, hacia donde van a ir los disparos del Partido Popular, de los medios de comunicación afines y de la judicatura. De hecho, ya se han empezado a demandar las dimisiones del presidente del Gobierno y de la presidenta de las Cortes, los dos principales representantes institucionales tras el jefe del Estado, al ser respectivamente los números dos y tres. Hay por en medio varios ministros socialistas, pero que solo van a ser el dique de contención de una operación que no se ha urdido en unas semanas.
Todo el mundo sabe que es la torna a los acuerdos de investidura de Pedro Sánchez y a las promesas que allí se hicieron. Como siempre, más revuelo que realidades. Pero la política vive mucho de lo volátil, del regate corto, de una frase en un documento prolijo en idas y vueltas para que cada parte pueda explicar lo que más le convenga. Y así están unos y otros, discutiendo aún. Y mientras, otros, han ido trenzando una malla a partir del caso Koldo, de su jefe, el exministro Ábalos, y de empresarios afines que ha llenado de podredumbre los despachos del poder socialista.
El hombre al que siempre le ha acompañado la suerte desde su segunda vida política, atraviesa su principal crisis desde que accedió a la presidencia del Gobierno
Y lo que es más preocupante: mientras se extendían esta última semana noticias a cada cual peor, el PSOE ha ofrecido a la opinión pública una sensación inequívoca de estar grogui, de encontrarse KO. Como si no pudieran controlar el vendaval de corrupción que les sobrevolaba y prefirieran refugiarse en su madriguera. Ello ha trasladado una sensación de que muchas de las cosas que se han ido publicando podían ser verdad, que no estamos al final de las noticias nocivas para los socialistas y las encuestas que se han realizado así lo han confirmado.
Mucha gente se empieza a preguntar, en estas circunstancias, cuál va a ser el nivel de resistencia de Pedro Sánchez. Y también su capacidad de seducción a sus imprescindibles socios, en medio de esta tormenta. Fundamentalmente, a aquellos que son a priori partidos más bisagras, como pueden ser el PNV, Junts per Catalunya y Coalición Canaria. Socios, por otro lado, imprescindibles —los dos primeros— para que la legislatura no colapse definitivamente. No es solo la ley de amnistía que deberá recuperar enmiendas que el PSOE no quiso votar hace unas semanas para tirar adelante, sino los presupuestos generales del Estado.
Sin olvidar, el traspaso integral de inmigración a Catalunya, una cuestión acordada primero y negada después por los socialistas y que Junts quiere que se haga utilizando el artículo 150.2 de la Constitución, que contempla la delegación de competencias a las comunidades autónomas y que fue utilizado por José María Aznar y Jordi Pujol en 1996 para ceder a Catalunya, por ejemplo, las competencias de tráfico. Muchas carpetas para un presidente con el agua al cuello, sobrepasado por las circunstancias y habiendo dado el Estado muestras suficientes de invitarle a dejarlo. Porque, si no, el futuro del matrimonio Sánchez puede acabar siendo bastante peor.
