Nunca una constitución de la Mesa del Congreso había dado tanto juego político. Esto no es una opinión, sino un hecho contrastable, siendo como es la XV legislatura constituida en España desde 1977. En algunos casos porque ha habido mayoría absoluta o se ha acercado mucho el partido ganador, como son la gran mayoría de las de Felipe González (1982-1989), la segunda de José María Aznar (2000-2004) y la primera de Mariano Rajoy (2011-2015). En otras, porque las negociaciones versaban básicamente de dinero para los grupos parlamentarios o de puestos en la Mesa, que también acaba teniendo una parte nada menos que de recursos económicos.
En esta ocasión, la negociación ha sido radicalmente diferente: el gobierno en funciones ha tenido que sentarse a negociar y aceptar las demandas que el independentismo catalán le ha planteado. Es obvio, que la presencia del president Puigdemont ha tirado hacia arriba —no solo geográficamente— la negociación con el PSOE y que a la espera que los dos temas acaben bien y se encarrilen pronto ha sido un acierto situar en este punto el del catalán en el Congreso y en las instituciones europeas como idioma oficial.
He leído estos días que donde se tiene que defender el catalán es en Catalunya y no puedo estar más de acuerdo. Hay que intentar cortar de raíz el retroceso social de la lengua catalana, acabar con el bombardeo de leyes estatales que lo encorsetan y devolver a las escuelas catalanas la paz lingüística que había hasta la aparición de Ciudadanos. A estas tres cosas va a ayudar que lleguen a buen puerto el catalán en el Congreso —a la presidenta Armengol va a haber que recordarle que en su toma de posesión dijo que se podría utilizar desde aquel mismo momento y los temas técnicos se van a tener que arreglar como se hace en todos los países en los que existen varias lenguas oficiales—. Mucho más que el catalán sea oficial en Europa, ya que muchísimas normativas europeas que en estos momentos perjudican al catalán porque no es lengua oficial, con un simple cambio pasarán a beneficiarla.
El acuerdo de la Mesa ha facilitado, en consecuencia, que se ponga el reloj en marcha de la investidura. Como nunca antes se había obtenido nada por la Mesa, el beneficio logrado —que unos valorarán más y otros menos— es objetivamente muy alto. ¿Es ello suficiente para negociar con superioridad y confianza en un final feliz? Ni mucho menos. Solo desde la modestia, el acierto, el escepticismo y la suspicacia hacia tu adversario se puede llegar a un acuerdo razonable.
El gobierno español, este y todos, está acostumbrado a abusar de acuerdos que luego no traducen en el BOE. Solo desde una preparación técnica superior a la de un estado que basa históricamente su política en los incumplimientos habrá un camino transitable para el independentismo. He seguido muchas negociaciones entre España y Catalunya desde 1977 y las únicas que han funcionado, y no siempre, han sido aquellas que han tenido un papel firmado y público. Ahora, fruto de una coyuntura política ciertamente peculiar, hay un margen pequeño para ser optimistas y, en este momento, lo que tiene más sentido es estar en contra de los catastrofismos.
