Domingo 2 de abril. En unas declaraciones públicas, Dastis, el ministro de Asuntos Exteriores español, afirmaba que la Unión Europea ya no podía considerar la cuestión de Gibraltar como un conflicto estrictamente hispano-británico. Con el Brexit una de las dos partes del conflicto abandona su condición de socio comunitario, elemento suficiente para conseguir la complicidad de la Unión Europea en la reclamación española de Gibraltar. La respuesta no se hace esperar. Pero no llega de Bruselas, sino de Londres. La premier Theresa May y su Gobierno advierten que defenderán con las armas, si conviene, la soberanía británica del peñón. Y Norman Tebbit, un influyente formador de opinión que había sido presidente de los tories (el Partido Conservador) ha advertido a los españoles -en su columna en The Telegraph- que la reclamación de Gibraltar reabre el "caso de los catalanes", la revisión del Tratado de Utrecht de 1713. Gibraltar y Catalunya, se sitúan de nuevo, en la primera línea de la agenda europea.

Mapa francés de Gibraltar de 1733

Catalan Bay

Bajo el peñón de Gibraltar hay una playa denominada Catalan bay (bahía catalana). Llamada y rotulada en inglés riguroso. Una pintoresca curiosidad que no tiene ninguna relación con el binomio rumba catalana-turismo de masas. Catalan bay, a pesar de ser un punto importante de concentración turística, debe su nombre a un hecho histórico. El que marca el inicio de la relación moderna entre Catalunya y Gibraltar. En 1704, hace más de tres siglos, ya había estallado la Guerra de Sucesión hispánica, que enfrentaba al Borbón y al Habsburgo. Que significa la Corona de Castilla contra la Corona de Aragón, por el dominio del edificio imperial hispánico. Y que significa, también, Francia y la España castellana, contra media Europa. Gibraltar, plaza estratégica de primer orden, se convirtió en objetivo prioritario de los aliados anti-borbónicos. Inglaterra y Holanda, potencias navales, no entendían la guerra de otra forma que con el control de los mares.

La Catalan Bay, en un plano de 1830

La bandera de Gibraltar

El 4 de agosto de 1704 una armada aliada comandada por el inglés George Rooke -que poco antes había destruido la flota española del Tesoro ante las costas de Vigo- y por el alemán Georg von Hessen-Darmstad -que había sido lugarteniente de Catalunya con el último Habsburgo hispánico- bombardeó hasta la extenuación -por la costa de poniente- la plaza de Gibraltar. A su vez, una compañía formada por 400 infantes de marina catalanes, valencianos y mallorquines, dirigida por el valenciano Joan Baptista Basset -que alcanzaría la categoría de héroe en el Sitio de Barcelona de 1714- desembarcaba prácticamente sin oposición en el sector de levante del peñón y tomaba por la espalda las defensas de la fortaleza. La infantería de marina de Basset -que combatía en nombre del candidato Habsburgo y eso significa del proyecto confederal hispánico- significativamente plantaba la bandera cuatribarrada en la playa de La Caleta, que a partir de aquel momento se llamaría Catalan bay.

La ocupación aliada

El Gobierno de Londres tenía muy claro que Gibraltar no era una simple operación militar. Hesse -el alemán- ocupó el peñón en nombre del Habsburgo, y garantizó a los gibraltareños castellanos la vida y los bienes -un recurso habitual de la época- a cambio de rendir la plaza -otro protocolo recurrente- y de jurar lealtad al austríaco. Pero Rooke -el inglés- tenía otros planes. Los soldados ingleses -obedeciendo la oscura maniobra de Rooke- se pasaron por "el arco del triunfo" las promesas de Hesse y se entregaron al saqueo indiscriminado de los edificios religiosos del peñón. Los infantes de marina de Basset intervinieron para detener la orgía de sacrilegios. Pero ya era tarde. Los gibraltareños castellanos, asustados por los excesos ingleses y abandonados por las autoridades españolas, habían huido para fundar los pueblos modernos de La Línea y de San Roque. Obviamente, hasta que el conflicto se resolvió en las mesas de negociación de Utrecht, el peñón no fue más que un inmenso cuartel militar.

Gibraltar en 1750

Los nuevos gibraltareños

El Borbón regaló Gibraltar a los británicos. De buen grado y con todas las consecuencias. En la mesa de negociación de Utrecht renunciaba a Gibraltar a cambio de que los británicos retiraran el apoyo militar a los catalanes. A partir del hecho, el Gobierno de Londres consideró necesario crear una población estable que confirmara la soberanía en previsión a futuras reclamaciones. Malteses, genoveses y menorquines acudieron al llamamiento del Gobierno de Londres para repoblar, en condiciones muy beneficiosas, la colonia -entonces ya tenía este rango- de Gibraltar, territorio británico de ultramar. En cambio, los primeros británicos -al margen del personal funcionarial, por descontado- llegaron posteriormente. Serían, curiosamente, un grupo de la comunidad sefardí -descendientes de judíos hispánicos- de Londres. Todos juntos crearon una nueva realidad social, política, cultural y económica que no tenía ningún vínculo ni con los viejos gibraltareños castellanos, ni con la nueva España de fábrica borbónica.

 

El rompecabezas gibraltareño

 

Durante las centurias de 1700 y del 1800 Gibraltar fue un rompecabezas cultural -un refugio de libertad- que contrastaba con la ideología atávica y monolítica de la España borbónica. El inglés -la lengua de la administración- convivía con el ligur, el maltés y el catalán de las calles y plazas de la colonia. Si bien también es cierto que el inglés -elevado a propósito a la pretendida categoría de lengua de civilización- las arrinconaría progresivamente hasta provocar su desaparición. Todo en un espacio de poco más de 6 kilómetros cuadrados -el equivalente a la superficie de la antigua Vila de Gràcia. Un espacio que ha sido, históricamente, la ridícula divisa del nacionalismo español y pretexto recurrente de los gobiernos de Madrid a la contestación social. Con el Brexit, Gibraltar se ha convertido en una pieza incómoda dentro de un rompecabezas mayor: la Unión Europea. La cuestión es qué papel jugamos ahí los catalanes. Porque ya fuimos moneda de cambio en una ocasión: Utrecht, 1713. Y allí unos nos vendieron -los británicos-, y otros nos compraron -los españoles. Como si de esclavos habláramos.

Gibraltar en 1730