Hubo un tiempo en que los franquistas imponían el castellano a hostias al grito de “¡hable usted en cristiano!”. Alberto Oliart, un barcelonés para nada catalanista y que fue ministro de Adolfo Suárez, cuenta en sus memorias una escena que le quedó grabada en la que unos falangistas abofetearon a un anciano en medio del paseo de Gracia porque le oyeron dirigirse a su mujer en catalán. Esos energúmenos fascistas reproducían la imposición de otros bárbaros, los soldados de la monarquía hispánica, que en el siglo XVII perseguían a los moriscos para prohibirles hablar —en público y en privado— en árabe o en bereber, dos lenguas de la algarabía, según ellos. El diccionario de la RAE especifica que “algarabía” significa tanto la lengua árabe como una “lengua atropellada o ininteligible”. A los judíos también se les mencionaba con desprecio antes de su expulsión en 1492. Lo que no se comprende a menudo se ignora y en otras ocasiones se ataca en nombre de cualquier estupidez. Las imposiciones lingüísticas estuvieron —y siguen estando— en el orden del día del etnicismo genocida. El mundo moderno aniquila, sin que se note, con la misma precisión y voluntad destructora que anteriormente.

Aunque parezca surrealista, bajo el franquismo, cuando el furor cristiano lingüístico seguía vivo, surgió otra tendencia, impuesta por la extrema izquierda universitaria, la que se alimentó de los hijos de los gerifaltes franquistas y de los burgueses con apellidos catalanísimos que habían renegado de la catalanidad. Esos izquierdistas no solo estaban escolarizados en castellano, como todo quisque en aquellos años, como yo mismo, sino que el castellano se había convertido en su idioma familiar. La castellanización de Cataluña es, por lo menos desde la Guerra Civil, una imposición franquista y de las clases altas que renegaron del catalanismo. Pues bien, si los papás de esos señoritos de extrema izquierda gritaban “hable usted en cristiano” siguiendo la tradición de la intransigencia española, los hijos izquierdistas gritaban a los estudiantes como servidor, de izquierdas pero nacionalistas catalanes, “hablad el idioma de la clase obrera” cuando en las asambleas universitarias intentábamos dirigirnos en catalán a los congregados para protestar por la falta de libertad. ¡Qué contradicción esa de pedir libertad cercenando la de la minoría!

Si los papás de los señoritos de extrema izquierda gritaban “hable usted en cristiano”, siguiendo la tradición de la intransigencia española; los hijos izquierdistas gritaban a los estudiantes como servidor, de izquierdas pero nacionalistas catalanes, “hablad el idioma de la clase obrera” 

La izquierda independentista nació para acabar con el discurso de la extrema izquierda española que en Cataluña nos quería tan españolizados como lo deseaban los franquistas. Conservo en casa un libro, editado en 1978, que es para mí una biblia. Su título, Per l’alliberament nacional i de classe, resume la filosofía de lo que era —y todavía es— la izquierda nacional que convirtió ERC en un partido independentista de izquierdas bajo el empuje de Josep-Lluís Carod Rovira y Àngel Colom, entre otros, como el consejero Josep Bargalló. El libro consiste en una agrupación de artículos, escritos entre 1966 y 1975 por Josep Ferrer, alias “Ferrer petit” o "el nen". Ferrer era un antiguo militante del FNC —el de verdad, el que fue fundado en 1940 por antiguos combatientes republicanos, y no este engendro racista que lidera Sílvia Orriols desde Ripoll—, que evolucionó hacia el marxismo-leninismo siguiendo la estela de otros muchos movimientos de liberación nacional. Liberación nacional y anticapitalismo, las tesis africanas de Frantz Fanon en versión catalana. El PSAN, el partido socialista de liberación nacional, nació de esa reflexión. Ser catalán y de izquierdas, ser nacionalista y marxista, no eran incompatibles como aseguraban los hijos de papá militantes de Bandera Roja, de la Organización de Izquierda Comunista, del PORE, del PCI o del MCC, antes de que abrazasen el independentismo, o del Partido del Trabajo, cuyos militantes más ilustres fueron el MHP José Montilla, cornellanense nacido en Iznájar, y Josep Antoni Sánchez Carreté, el asesor fiscal de la familia Pujol desde los tiempos andorranos.

Gabriel Rufián es el nuevo Juan Pich y Pon de la política catalana. La piquiponadas de Rufían ya no son los errores de pronunciación o la sustitución de una palabra por otra eufónica pero de diferente significado que caracterizó al viejo líder lerrouxista que acabó muriendo, en un sentido metafórico, en el lodo del estraperlo. La contraposición de Rufián entre los catalanes de Cornellá y los que asistieron al acto de Perpiñán —cuyo inspirador fue Eduard Voltas, que lo tuiteó primero—, es algo más que un chiste. Es una forma de cargarse las bases ideológicas que inspiraron la aparición de la izquierda independentista en los países catalanes. Cuenta Rufián que sus padres se conocieron en un mitin de Bandera Roja. Yo también pertenecí a esa organización de extrema izquierda y fui el responsable de sus juventudes en Santa Coloma de Gramanet. Me expulsaron por “nacionalista pequeñoburgués”. Un gran pecado por aquel entonces. Puede que Rufián siga la estela de sus padres —no en un sentido de clase teniendo en cuenta su ritmo de vida en Madrid— y siga creyendo que la liberación nacional y de clase son incompatibles. Cuando leí que Josep Ferrer, mi amigo Josep, era uno de los firmantes del grupo recién nacido Independentistes d’Esquerra, no me cupo la menor duda de que en Perpiñán estábamos todos los catalanes —fuéramos de izquierdas o de derechas— sin las distinciones étnicas típicas de franquistas o de la extrema izquierda española, ahora revisitada por Rufián y sus mentores. Si admitiéramos la piquiponada de Rufián, la algarabía catalana de mis columnas se perdería, como hoy, que publico este artículo solo en la lengua de Cervantes esperando que cuando menos el célebre republicano me aplauda porque sigo sus consejos y “escribo en la lengua de la clase obrera”.

Agustí Colomines
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