Durante décadas, los científicos han utilizado una extraña señal química conservada en rocas de hace unos 2.000 millones de años como una de las principales pistas para reconstruir cómo cambió la Tierra primitiva. Ahora, un equipo de investigadores del Instituto de Tecnología de California (Caltech) plantea que aquella señal podría no haber sido provocada por un acontecimiento global, sino por una serie de procesos geológicos y biológicos que tuvieron lugar en una zona mucho más pequeña.
La investigación, publicada en ScienceDaily, se centra en unas rocas de la formación de Zaonega, en Karelia (Rusia), que pertenecieron a un antiguo fondo marino. Los científicos han analizado gases atrapados durante miles de millones de años en pequeñas cavidades microscópicas de estas rocas y han encontrado indicios que apuntan hacia un escenario diferente al que se había planteado hasta ahora.
Una señal que parecía contar otra historia
Entre hace aproximadamente 2.500 y 2.000 millones de años, la Tierra atravesó una de las mayores transformaciones químicas de su historia. El oxígeno comenzó a acumularse de forma importante en la atmósfera y este proceso modificó profundamente el funcionamiento del planeta. En las rocas de aquella época quedó registrada una anomalía en la composición de los isótopos de carbono. Esta señal, conocida como el evento Shunga-Francevilliano, aparece en muestras procedentes tanto de Karelia como de la cuenca Francevilliana de Gabón.
Durante años, esta coincidencia se ha interpretado como una posible evidencia de una alteración global del ciclo del carbono. En otras palabras, la señal parecía indicar que algo había cambiado a escala planetaria en un momento especialmente importante de la evolución de la Tierra.
Los investigadores creen que una intrusión de magma atravesó los antiguos sedimentos marinos de la región. El calor generado por esta masa de roca fundida habría calentado materiales ricos en materia orgánica que estaban enterrados bajo el fondo del océano. Como consecuencia, se habrían generado diferentes hidrocarburos, entre ellos metano y propano. Estos gases habrían ascendido a través de los sedimentos hasta alcanzar zonas próximas al antiguo fondo marino.
Allí entró en juego otro elemento: microorganismos capaces de consumir metano. El metabolismo de estos microbios habría generado biomasa con una composición isotópica particular, dejando finalmente una señal que podría explicar la anomalía encontrada en las rocas.
Las temperaturas registradas en las muestras también respaldan este escenario. Los investigadores encontraron evidencias de un importante cambio térmico: cerca de la intrusión de magma se habrían alcanzado temperaturas de unos 350 grados Celsius, mientras que aproximadamente 300 metros más arriba, en una antigua zona de asfalto del fondo marino, las temperaturas habrían descendido hasta unos 72 grados.
El estudio no descarta completamente que otros procesos pudieran haber contribuido a la señal. No obstante, los resultados indican que la anomalía encontrada en Zaonega estuvo principalmente relacionada con acontecimientos ocurridos dentro de una cuenca sedimentaria de varios cientos de kilómetros cuadrados. Los investigadores señalan que será necesario estudiar las rocas de Gabón para comprobar si allí existe una explicación similar. Los nuevos materiales obtenidos durante una campaña internacional de perforación serán analizados por un equipo formado por investigadores de 18 países.
