Durante décadas, la búsqueda de un embarazo ha puesto el foco casi exclusivamente en la mujer. Sin embargo, la medicina reproductiva actual ha dado un giro decisivo hacia un enfoque compartido de la pareja. Según el Dr. Ramón Aurell, jefe del Servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital Quirónsalud Barcelona, incorporar la evaluación urológica del varón desde el inicio del estudio de fertilidad no es una opción, sino una necesidad: “Es fundamental. La esterilidad es causa femenina en un 40 % y masculina en un 40 %”.
Esta paridad en las cifras rompe con viejos mitos y obliga a un cambio de paradigma: el estudio masculino no debe ser el último paso, sino parte del punto de partida. En palabras del especialista, “es muy relevante asegurar que el factor masculino está bien estudiado previo a un tratamiento de esterilidad”.
Este enfoque integral permite detectar antes posibles causas que podrían retrasar el éxito del tratamiento. No se trata solo de cumplir un protocolo, sino de entender que el diagnóstico del varón es clave para personalizar la estrategia desde el inicio. “Hoy el hombre lo sabe y se preocupa”, apunta el Dr. Aurell, destacando una evolución hacia un abordaje conjunto de la infertilidad.
El seminograma, prueba clave
La herramienta diagnóstica principal para evaluar la fertilidad masculina es el seminograma (o espermiograma), que analiza tres parámetros fundamentales: la concentración de espermatozoides, su motilidad y su morfología. Según el Dr. Aurell, los valores considerados normales por la Organización Mundial de la Salud incluyen una concentración superior a 15 millones/ml, una motilidad por encima del 32 % y más del 4 % de las formas normales.
Cuando estos parámetros no se cumplen, pueden aparecer diagnósticos como la oligozoospermia (baja concentración), la azoospermia (ausencia de espermatozoides en el eyaculado), la astenozoospermia (baja movilidad) o la teratozoospermia (alteraciones morfológicas que dificultan la fecundación).
¿Se puede mejorar la calidad seminal?
A diferencia de la reserva ovárica femenina, el factor masculino es en muchos casos dinámico. El Dr. Aurell es claro al respecto: ante la pregunta de si puede mejorarse la calidad seminal, responde que “siempre”.
El primer paso pasa por el estilo de vida. Hábitos tóxicos, alimentación, estrés o determinados fármacos pueden influir directamente en la calidad del semen. Factores como el tabaco o el sobrepeso también afectan de forma significativa a la fertilidad masculina.
El especialista recomienda además el uso de antioxidantes durante aproximadamente tres meses, tras los cuales puede repetirse el seminograma para evaluar posibles mejoras. En algunos casos concretos, como el varicocele —una dilatación de las venas del escroto que eleva la temperatura testicular—, puede plantearse una intervención quirúrgica para restaurar la función testicular.
Avances que marcan la diferencia
El abordaje del factor masculino ha pasado de ser secundario a convertirse en un campo clave de innovación en reproducción asistida. Según el Dr. Aurell, hoy “se ha avanzado mucho en técnicas de selección espermática”. Entre ellas destacan los chips de microfluidos, dispositivos que imitan el recorrido natural de los espermatozoides en el aparato reproductor femenino.
En estos sistemas, solo los espermatozoides más móviles y con mejor calidad logran atravesar los microcanales, mientras que aquellos con alteraciones quedan descartados. El resultado es una selección más precisa y fisiológica, que mejora las probabilidades de éxito en técnicas de reproducción asistida.
En los casos más severos, como la azoospermia, la medicina recurre a técnicas de recuperación espermática como la TESA o la TESE, que permiten obtener espermatozoides directamente del testículo mediante procedimientos mínimamente invasivos. “Hoy se valora siempre la calidad espermática; sabemos que es un 50 % responsable de la fertilidad de las parejas”, resume el especialista.
Un cambio de paradigma
La medicina reproductiva actual ya no se centra en un único paciente, sino en la pareja como unidad. Entender que el factor masculino es tan determinante como el femenino no solo mejora los resultados clínicos, sino que acorta tiempos y humaniza el proceso hacia la paternidad.
