Ubasart

Podemos pasará un otoño muy duro, mucho. Le pasarán factura el fiasco de las elecciones en el Parlament de Catalunya y entretenerse en ganar a Izquierda Unida el pulso por el liderazgo de la izquierda alternativa en España, en lugar de entregarse a hacer campaña de cara a las generales del 20D. Por encima de todo planea como un buitre la sombra de Ciudadanos, partido con el cual se disputa el voto indignado.

Quizás se veía venir. Dicho sin benevolencia ni matiz, desde que se transformaron en partido para “asaltar los cielos” por la vía de las urnas, Podemos no acierta ni una. Echan a Juan Carlos Monedero, que es todavía el ídolo del 15M; no ven venir las turbinadas de C's y de la CUP; Pablo Iglesias tiene poco cuidado de sus obligaciones en el Parlamento Europeo y da lecciones al nuevo líder laborista Jeremy Corbyn; renuncian con arrogancia adolescente a mancharse con el PSOE pactando el gobierno de la Junta de Andalucía (ahora los socialistas gobiernan... con C's); se han creído que era todo suyo el mérito de candidaturas victoriosas como Barcelona en Comú, las Mareas gallegas, Compromís per València o Ahora Madrid; confunden el tocino con la velocidad en la campaña del 27S perpetrando el discurso del extrarradio y los charnegos... Hay más pero ya basta. La última: reprochar a la Casa Real que no inviten a Iglesias a la recepción de la Hispanidad en la Zarzuela. El líder revolucionario mendigando que lo dejen pasar al sarao de la casta.

En resumen: Podemos ya no da miedo y pierde tracción electoral.

La dimisión de Gemma Ubasart al frente de la rama catalana hay que verla en este contexto.

Ubasart se forma en la acción política en las Candidatures Alternatives del Vallès. Es un mundo próximo a la CUP, activista, con más identidad de movimiento social que de partido político. “Ponen énfasis en cuestiones como la transparencia, la participación y la proximidad”, explicaba ella misma a Crític. Los acontecimientos del 15M dirigen su mirada hacia Podemos, entonces una plataforma parecida impulsada por un viejo colega de estudios: Pablo Iglesias. “El 15M es un grito de indignación y de dignidad al mismo tiempo. [...] Cuatro años después, este grito de indignación y de dignidad se materializa en un dispositivo político que es Podemos”, remachaba.

Todo este amor indignado ya no será para Podemos.

Ubasart asegura que “la organización ya cuenta con dirigentes que se pueden hacer cargo del reto”. O no, a la vista del calvario que pasaron para encontrar a alguien que encabezara la lista del 27S, el nombre del cual ni se menciona en la carta que Iglesias y Errejón escribieron a la militancia para explicar el porrazo electoral en Catalunya. La culpa es del nombre, que era complicado.

Este es el drama que la dimisión de Ubasart pone al descubierto. Podemos tiene ahora mismo en la sala de espera 120.000 ubasarts, los militantes que trabajaron como voluntarios con la entrega de un misionero en las elecciones europeas y municipales. Son 120.000 activistas con un celo que los consume –recuerda el de Ubasart: “este odio contra Mas es el que utilizaremos contra él en la campaña”– y que, desde hace meses esperan una orden que no llega. Lo que llega son cartas teñidas de retórica marcial (“hemos nacido en la adversidad y nos crecemos en ella”, etcétera) mientras un líder se pelea con Alberto Garzón (IU) para ser el macho alfa de la izquierda-izquierda y el otro teoriza sobre la necesidad de que el partido viaje al centro.

Son 120.000 almas en pena.

Desde hoy son 119.999.