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A todo el mundo le gusta ganar. Una partida de cartas, una disputa política, un Mundial de fútbol. Uno de los argumentos que se ha usado estos días, también desde dentro del nacionalismo catalán, para explicar la adhesión de algunos catalanes a la selección española ha sido este: que a la gente le gusta ganar y que hace demasiado tiempo que la catalanidad es inseparable del sentimiento de derrota. A veces, sin embargo, la línea entre intentar explicar un fenómeno y justificarlo es demasiado fina. Argüir que experimentar la frescura de ganar un Mundial de fútbol hace válida la dimisión de la propia identidad, más que autocrítica, es autoodio. Desertar cuando la cosa se pone mal, abandonar cuando la resistencia se hace pesada, blanquear la debilidad mental y espiritual de quienes prefieren traicionarse que ser fieles a sí mismos, no nos acerca a ningún espíritu de victoria fecundo. Aceptar la dicotomía prefabricada de que hay que elegir entre la victoria o la pertenencia es negarse la posibilidad de ganar siendo uno mismo. Y es, de un modo sutil, pero cierto, comprar el marco mental de quien trabaja incesantemente para que abjures de tu identidad.

En este escenario, explicar sin matices que la catalanidad va vinculada a un sentimiento de derrota es aceptar la premisa de que la catalanidad son, sobre todo, los últimos diez años de vida política del país. Y se parece bastante a disculparlo. El problema de los últimos diez años de vida política es que, tratando de articular las aspiraciones nacionales de los catalanes, la clase política acabó secuestrándolas y desmantelándolas. Pero existe cierta pereza, creo, en el hecho de usar las renuncias de los políticos para justificar la renuncia a la catalanidad. O en proveerse de la caricatura del perdedor para dispensar la españolización. La robustez del sentido de pertenencia puede quedar tocada tras un chaparrón como el de esos años, pero para quedar sustituida hace falta algo más que una derrota política. Señalar el naufragio del independentismo como la causa principal y reciente de la adhesión acrítica de los catalanes a las victorias españolas —del tipo que sean— exculpa la violencia contra los catalanes que suele esconderse tras las victorias españolas en cuestión.

Argüir que experimentar la frescura de ganar un Mundial de fútbol hace válida la dimisión de la propia identidad, más que autocrítica, es autoodio

El problema no es que a la gente le guste más o menos ganar: el problema es que el sentido de pertenencia está tan tocado, tan desganado y, en algunos casos, tan poco cultivado, que hay catalanes incapaces de emplearlo de contrapeso cuando los cantos de sirena del españolismo hacen acto de presencia. Quien escribe no es catalana porque se deleite en las derrotas; quien escribe es catalana a pesar de las derrotas, que no es lo mismo. Antes de ganar nada políticamente, es trabajo del nacionalismo catalán construir un discurso en el que la catalanidad tenga un vínculo real con la historia, con la lengua, con el territorio, y con la comunidad que la hace. Un vínculo, quiero decir, que no sea intercambiable por victorias deportivas en momentos de aturdimiento político. Los años de procés fueron tiempo perdido para llevar a cabo esto que explico, y para socializar una idea de catalanidad menos volátil, verdaderamente profunda. Para socializar una catalanidad gruesa y menos dependiente de los vaivenes de la efervescencia.

A mí también me gusta ganar. Pero para sentir que una victoria —deportiva, por ejemplo— va conmigo tengo que entender que quienes la hacen efectiva pertenecen a mi comunidad —política, en este caso. Y ya entiendo que todo es nacionalismo banal y que su éxito radica en que consigue presentarse como una propuesta desvinculada de la política, pero un "es que a la gente le gusta ganar" frío y desnudo es el tipo de razonamiento que entrega las pocas armas que nos quedan a quien quiere vernos desarmados. Si para ganar tienes que corregir tu pertenencia y enmendar tu identidad, quien gana no eres tú. Si en la celebración de un Mundial de fútbol ninguno de los jugadores se relaciona con su afición en la lengua que usas para hablar con tus padres, con tus hijos, con tus amigos o contigo mismo, quien gana no eres tú. Normalizar la deserción en nombre de la sed de victoria, y ya me disculparéis el tono solemne, es legitimar la cobardía. Rendirse para no tener que resistir es el antónimo de imponerse. Y es la actitud radicalmente opuesta a la moral de combate que conduce a las victorias propias, palpables y efectivas. Quien se suma a la victoria del adversario —y quien justifica a los que se suman a ellas— ya ha perdido.