Isabel II ha muerto. Su figura ha trascendido naciones y generaciones y ha sido uno de los principales referentes del mundo de mis abuelos, de mis padres y, hasta el jueves, del mío. La reina era una constante en el imaginario colectivo y, por su condición de constante, ha justificado con su presencia aquello que le ha tocado encarnar: la historia avanza y todo cambia, pero la monarquía británica perdura por encima de todo lo que es material. Esta es la clave del éxito de una institución que para algunos hoy no tiene ningún tipo de sentido pero que, por costumbre y por la solidez de los referentes que lega, sigue siendo como mínimo aceptada y a menudo respetada.
El reinado de Isabel II ha durado 71 años y eso le ha dado margen para hacerse perdonar malas decisiones, muertes, polémicas y escándalos familiares porque, tras calmarse las aguas, ella todavía se sentaba en el trono. Todo lo que los hombres no le han perdonado se lo ha perdonado el tiempo. Es sesgado juzgar el reinado de la difunta reina de Inglaterra desde una óptica actual, como si de una legislatura de cuatro años cualquiera se tratara, porque un reinado como el suyo es una carrera de fondo donde gana quien entiende la mecánica del poder y los tempos de la historia. Y quien con eso sabe siempre mantener el equilibrio entre la persona que es y la corona que lleva, incluso cuando hay que apartar la primera para abrazar la segunda. Saberse mortal y representante de una institución con vocación de eternidad, es saberse servidor de unos intereses a favor de los cuales permanentemente se tiene que ceder. Es dejar de ser una persona y ser una herramienta hasta el final. Isabel II ha reinado 71 años porque ha leído los cambios del reino y del mundo y ha acomodado la corona sin acomodarse en la corona. Le ha salido bien porque mantener la ponderación entre conservar aquello que hay que conservar para preservarte y cambiar aquello que hay que cambiar para sobrevivir —y entender la diferencia— es la fórmula de la permanencia.
La reina de Inglaterra ha sido un poco la Moreneta del mundo. De un símbolo que trasciende la religiosidad y se convierte en un elemento cultural más a un referente que va más allá de su condición de monarca para ser admirada incluso por los que no se definirían nunca como monárquicos. Igual que en la práctica de la tradición y la celebración de una cultura hay una aceptación casi inevitable de los elementos religiosos que la conforman más allá de la fe que personalmente practica cada uno, en la admiración y sencilla aceptación de una reina como referente dentro del imaginario colectivo puede haber una legitimación inconsciente de la monarquía.
Formando todavía parte del reino de España, duele decir hasta qué punto eso ha sido así para nosotros, porque en la historia reciente de la familia real española no hay ni un miembro que pueda servir de inspiración de nada y porque llevan la corona de la nación que nos somete. Pero desde una visión desnacionalizada del concepto de monarquía —si es que tal cosa existe— Isabel II ha sido de largo el activo externo más distinguido del siglo para todo el resto de monarquías europeas. Desde su trono y desde nuestro subconsciente, ha construido un símbolo que ha traspasado su propia condición de anacronismo y ha dejado que nuestra psique lo proyectara más o menos intensamente sobre las otras coronas del continente. Con una sola monarquía las ha legitimado a todas —o ha contribuido a ello— porque ha hecho creer al mundo que todavía pueden existir reyes con sentido del deber, del servicio y de la autoridad. Ahora que ella está muerta, cada monarca está en sus propias manos.