Iñigo Errejón usó ayer su turno en la sesión de control al Gobierno de los miércoles para pedir a Pedro Sánchez que se doble el número de psicólogos en la salud pública. Errejón esgrimió datos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para decir que cada día se suicidan 10 personas en España, que seis de cada 10 tienen síntomas de depresión y ansiedad, pero que hay demasiada gente que no puede pagar un psicólogo. Y en la pública hay seis por cada 100.000 habitantes, tres veces menos que la media europea. Mientras el líder de Más País se esforzaba en hacer evidente esta realidad, el diputado del PP por Huelva, Carmelo Romero, supongo que tras el carajillo del desayuno, le gritó a Errejón: "Vete al médico". Pedro Sánchez tuvo al menos la dignidad de decirle que la pregunta dignificaba la cámara y, eso sí, prometió humo con una aportación económica miserable.

Una vez metabolizado el coñac, Carmelo Romero, alcalde de Palos de la Frontera que tiene una larga lista de hits, pidió disculpas. Ya había quedado retratado. Su grito con el palillo en la boca, recriminado incluso por algunos de sus compañeros de bancada, llega justo en el momento en que se recupera el concepto de cuñadismo para referirse al nivel de los que nos gobiernan, dedicados a su onanismo a pleno rendimiento. Como siempre, pero esta vez en plena pandemia y a un ritmo de vacunación pésimo. Y esto es algo que está pasando en Madrid Distrito Federal, pero también está pasando en Barcelona. De hecho, en Barcelona aún hace más tiempo que pasa. Y si los independentistas, preocupados sólo por solucionar sus problemas particulares y tener la poltrona, mantienen la mayoría, es por incomparecencia del rival, a pesar del premio a Salvador Illa por una gestión en el Ministerio de Sanidad más que discutible.

En la pregunta de Errejón está implícito que la respuesta a la pandemia en nombre de la salud no ha tenido en cuenta en ningún momento la mental, pero Sánchez no se da por aludido

Sucede que en Madrid y en Barcelona los políticos hacen ver que la pandemia no ha existido. En la pregunta de Errejón, por ejemplo, está implícito que la respuesta a la pandemia en nombre de la salud no ha tenido en cuenta en ningún momento la mental, pero Sánchez no se da por aludido. Ningún político parece reflexionar sobre si se han dedicado a tratar cálidamente a los ciudadanos. Y no lo han hecho. Por mucho discursito de vergüenza ajena al inicio del confinamiento, con militares ahora ya vacunados, sólo ha habido prohibiciones (y multas) y idas y venidas que han tenido efectos económicos y mentales devastadores para los administrados. Lo que demuestra una grave incapacidad para gobernar. Hasta el punto que da miedo pensar que, en Catalunya, el president de la Generalitat se encontraba al borde de la depresión, según él mismo, cuando tenía que tomar decisiones muy delicadas para el bien común. Y cualquier estudiante del PIR los que examinan el día 27 y querrían que se haga caso a Errejón, sabe que en este estado hay que posponer las decisiones. Y lo más sorprendente es que a nadie le parece escandaloso.

Pero, en fin, si el mismo Govern que nos dijo que había sido un error querer salvar la Navidad, ahora, en un ejercicio de una coherencia perfectamente descriptible, levanta el confinamiento comarcal y la portavoz dice que quizás los restaurantes abrirán para cenar y alargarán el toque de queda, en lugar de esperar que pase —entiéndase el sentido de la palabra— la puta Semana Santa, es para arrancar a correr. Práctica que al menos genera endorfinas, serotonina, dopamina y oxitocina, neurotransmisores del placer que nuestros simpáticos gobernantes nos prohibieron durante semanas en nombre de la salud, y gracias a los cuales no tendremos que ir al médico como nos recomienda el simpático alcalde de la cuna del descubrimiento de América y del fresón.

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