Tengo la enorme suerte (cruzo los dedos mientras escribo) de no ser un usuario habitual de Rodalies. Mi hermana mayor, por el contrario, no la tiene: las sufre a diario. Pero, bien mirado, las sufrimos todos. Diría que no es demasiado atrevido afirmar que la red ferroviaria de un país define bastante bien, en todos sus componentes (historia, innovación tecnológica, extensión, diseño y distribución territorial, modernidad, estándares de seguridad, perfil de los usuarios, gestión política, etc.), al pueblo que la disfruta o la sufre. Si esto es cierto, Catalunya no sale hoy muy favorecida en la foto. Las cosas como son.
Pero antes de apresurarnos a injuriar y menospreciar a los responsables (de fuera, pero también de aquí) de este desbarajuste ya descomunal, creo que a los catalanes nos conviene, una vez cumplido el primer cuarto del siglo XXI y superado el trauma de 2017, cambiar, me atrevería a decir que radicalmente, la actitud con la que últimamente hemos estado analizando nuestra dura realidad. Es muy difícil precisar cuáles deben ser, exactamente, las coordenadas (la magnitud y la dirección) del cambio, pero sin duda alguna se encontrará entre dos polos, en algún lugar entre la inocencia de las sonrisas del ni-un-paper-a-terra de 2010-2017 y la fealdad y alta improductividad del victimismo y las quejas constantes que han regido, por el momento, el período 2017-2026.
Sí puedo precisar cuál es mi propuesta. No entusiasmará a los sentimentalistas a quienes tanto gusta recordar cada efeméride (anual, bianual o quinquenal) de cualquier acontecimiento sucedido alrededor de 2017, para poder hurgar improductivamente en las heridas que de ello derivaron. Propongo, por el contrario, elevar la mirada e insertar, de una vez, los hechos de 2017 en la normalidad del curso general de la historia España-Cataluña. Propongo también no escandalizarnos tanto por el documental de Filmin Ícaro: la semana en llamas, que ennoblece e idolatra, parece, la actuación policial en Catalunya. No es necesariamente negativo que existan productos de esta índole: nos dotarán de más munición que molestarán. De eso se trata, precisamente, de ir recopilando y ordenando conocimientos y argumentos. Sobre todo, de ordenarlos todos de tal modo que podamos captarlos con una sola mirada que (aquí radica lo más complicado, pero no imposible) no por exhaustiva, comprensiva e hilvanada deje de ser, a la vez, analítica y rigurosa.
Los catalanes podríamos ser, según el máximo tribunal europeo, un Grupo Objetivamente Identificable de Personas, un GOIP, un colectivo sistemáticamente perjudicado
Dicho de otra forma, hay que darse cuenta —aspavientos al margen— y exponer fríamente que existe un hilo muy nítido entre las hostias del 1-O, el enésimo encarcelamiento de un gobierno catalán, la Nova Planta del 155, la aniquilación judicial de la ley de amnistía, el déficit fiscal estructural, los porcentajes paupérrimos de ejecución presupuestaria, el ahogamiento judicial del catalán en la escuela, el gol anulado a Fermín en el pasado partido de Liga en el que se decidía el campeonato (¿recordáis el "menos mal" del VAR?), la inminente destrucción judicial de las obras de Sijena y, sí, también, las carencias de inversión en la red ferroviaria.
¿Cómo entrelazar todo esto? Yo lo tengo muy claro. Los exiliados nos han mostrado la vía: a raíz de los frustrados intentos de Madrid de sujetarlos a la autarquía judicial española, ha sido el propio Tribunal de Justicia de la UE quien nos ha explicado, en enero de 2023, el motivo por el que no se les puede obligar a visitar el Tribunal Supremo: porque España trata a los ‘catalanes catalanistas’ de forma distinta y perjudicial en comparación con el resto de españoles y, por ello, pueden sufrir un juicio injusto. Los catalanes podríamos ser, según el máximo tribunal europeo, un Grupo Objetivamente Identificable de Personas, un GOIP, un colectivo sistemáticamente perjudicado. Podemos sufrir juicios injustos, pero también, añado yo, unos trenes tercermundistas a consecuencia de una infrafinanciación crónica y deliberada. Aquí es, precisamente, donde hay que establecer el vínculo del que hablo.
Hace tiempo que estudio la posibilidad de extender el GOIP a otras esferas más allá del derecho a la libertad y las euroórdenes de los exiliados. Si todo va bien, pronto habrá noticias en este sentido. Inicialmente, dudé sobre si incluir también en el GOIP catalán las cuestiones económicas (déficit fiscal, porcentajes de ejecución, corredor mediterráneo, Rodalies, etc.). Me parecía algo forzado. Ahora me asombra que pudiera dudar un solo instante sobre la pertinencia de incluirlas. Es clamoroso. No olvidemos que esta tipología de fechorías hacia Catalunya trascienden la esfera económica: ¿alguien ha valorado los daños (efectivos y morales) que los catalanes podrían reclamar al Estado por las pérdidas de tiempo y de dinero en las estaciones de tren en los últimos veinte años? Una eventual reclamación hundiría la economía estatal (claro que lo pagarían los propios catalanes y no creo que la flamante financiación 'singular casi ordinal' que se nos propone en estos momentos mitigara mucho la cosa). Termino. Dicen que hasta que Cataluña no asuma que 'puede haber muertos', no podrá iniciar ninguna vía seria de emancipación real. Pues bien, desgraciadamente, el muerto ya lo tenemos. Era un maquinista. Tenía 28 años y estaba en prácticas. Es indiferente de dónde era.
