Desde que el pasado viernes 20 de febrero se reunieron Pedro Sánchez y Oriol Junqueras en el palacio de la Moncloa y el presidente de Esquerra Republicana trasladó a la opinión pública que aquella reunión había ido mal, y que no había ningún compromiso del PSOE para la transferencia a Catalunya de la recaudación y gestión del 100% del IRPF, las declaraciones cruzadas de reproches entre el PSC y ERC han aumentado sustancialmente. Tanto que el president Salvador Illa optó por presentar, sin acuerdo, en el Parlament los presupuestos de la Generalitat y, como respuesta, los republicanos formalizaron su enmienda a la totalidad y el mapa político catalán ha dado un giro de 180 grados. Hasta el extremo de que el entonces impensable adelanto electoral en Catalunya se ha ido abriendo paso y ya no se considera una cosa imposible.

El primero que detectó esta posibilidad fue Junqueras, que no ha dudado en ponerse abiertamente en modo electoral. Quiere presupuestos, pero no a cualquier precio, y no está dispuesto a aparecer como un pagafantas del actual momento político dando oxígeno al Govern sin un trueque equitativo. El PSC, obviamente, también juega su partida: sabe que la normalidad política va pareja a la presentación de presupuestos después de acceder a la presidencia en agosto de 2024 pero no ha podido presentar ante la Cámara catalana ni las cuentas de 2024, ni las de 2025. Otro año más sin ellos le asemejaría demasiado a Pedro Sánchez, una foto de la que Illa pretende huir. El choque, por tanto, parece evidente entre PSC y ERC, a menos que uno de los dos no rectifique o que ambos compartan la idea de que las elecciones igual no son el mal mayor si cada uno puede fijar bien cómo se ha llegado a ellas. El primero, por responsabilidad de lo que supone gobernar, y el segundo por haber sido intransigente en la defensa de sus posiciones políticas.

Estamos ante un eventual superdomingo electoral que una las catalanas, las andaluzas y las españolas

Además, hay dos factores más que confluyen en este análisis. En primer lugar, que Junqueras  haya dejado aparentemente de priorizar el indulto del gobierno para superar la inhabilitación a cargo público. En parte, porque el Tribunal Constitucional no hace más que retrasar su pronunciamiento sobre la ley de amnistía. Ahora, incluso, nadie tiene absolutamente claro que sea antes del verano. Una cosa no va vinculada a la otra, pero el pronunciamiento del TC era para Pedro Sánchez el aterrizaje perfecto. En estos momentos, el entorno de Junqueras prioriza poner a buen recaudo y preservar la presidencia del partido, alejándola de zonas de inestabilidad, cosa que podría suceder si pacta unos presupuestos en malas condiciones o así lo percibieran las bases de su partido.

En segundo lugar, está la guerra de Irán y el traje de buzo que se ha puesto Pedro Sánchez abanderando el no a la guerra. El pulso del presidente español con Donald Trump es tan burdo y preocupante para la economía y las empresas españolas que solo se puede entender en clave electoral. La Moncloa ha desatado una guerra con Estados Unidos y sus socios europeos —más allá de lo que estos últimos digan públicamente— que sabe que no puede ganar, pero que le permite poner el termómetro electoral y conocer si puede remover los pronósticos de derrota en las urnas y de un gobierno de PP-Vox. Sánchez maneja a la perfección el arte de calentar los espacios electorales, y aunque la situación no es la de la guerra de Irak, en 2004, también sabe que esa fue en el pasado un arma muy poderosa para la izquierda. En este tema, además, Catalunya siempre ha estado varios pasos por delante de España. 

No estamos, por tanto, ante un farol electoral de Illa coincidiendo con las andaluzas del mes de junio, sino, a lo mejor, ante un eventual superdomingo electoral que junte estos dos comicios e incluso unas hipotéticas españolas. Es una jugada para los socialistas, sobre todo para los catalanes, de enorme riesgo porque hoy la presidencia de la Generalitat no está ni mucho menos amenazada. Pero eso no las descarta y lo que es seguro es que Pedro Sánchez y Salvador Illa, que mantienen una relación excelente, irán de la mano en una decisión como esta y compartirán análisis llegado el momento, si no lo han hecho ya.

Hay, finalmente, un elemento aglutinador en cualquier análisis que puedan hacer PSC y Esquerra. Junts per Catalunya sería, a día de hoy, el principal damnificado. Carles Puigdemont aún en el exilio y su partido con unas encuestas claramente adversas y amenazado por Aliança Catalana. Con un perfil más definido en la política española que en la catalana, donde muchas de sus iniciativas políticas y económicas han ido a recuperar antiguos votantes convergentes. Es cierto que sus siete votos en el Congreso son trascendentales para apoyar o derrotar al Gobierno, pero tan importante como la aritmética en política es saber qué se quiere hacer. En Catalunya todo es más difícil, claro está, porque son el principal partido de la oposición. Pero a veces es más inteligente y también más rentable tratar de jugar la partida de los presupuestos catalanes en tu terreno de juego, aunque finalmente no los votes, que no atrincherarte en la enmienda a la totalidad.