El orden mundial se desordena cuando a demasiados participantes deja de interesarles el antiguo orden. La condición natural de la especie humana es el conflicto, en términos de estadística histórica, aunque cueste digerirlo después de “ochenta años de paz” o del sistema mundial acordado desde 1945. Antes incluso, las grandes guerras napoleónicas concluyeron con la necesidad imperiosa de un Congreso de Viena (por parte de las potencias vencedoras), o la Primera Guerra Mundial con el Tratado de Versalles, o la Guerra de los Treinta Años con la Paz de Westfalia, o nuestra Guerra de Sucesión con su dimensión europea del Tratado de Utrecht. Todas estas “paces” se firman después de un trauma, de un desorden. Ahora hemos decidido que el orden establecido en los últimos ochenta años ya no funciona: de acuerdo. Veamos qué implica eso y cómo debe afrontarlo Catalunya.
La visión catalana del asunto no puede dejar de tener presentes dos cosas: en primer lugar, Catalunya es el preludio de la grieta mundial surgida tras la COVID. En casa ya experimentamos lo que supone caer en el desorden, o en la ausencia de orden, o en la imposición del autoritarismo ante la debilidad del orden establecido: la Constitución del 78, si recapitulamos, demostró en 2017 haber dejado de ser un pacto y haberse transformado en una verdadera jaula donde unos imponían las normas a otros. Desde entonces, Catalunya no tiene un Estatut votado por sus ciudadanos y, desde entonces, no existe pacto territorial en España: hay un texto legal interpretado siempre de una sola manera y sin salida ni variación posible. Por tanto, lógicamente, la “gente de orden” catalana se sentía (y aún se siente) perdida: ¿de qué “orden” estábamos hablando ya en 2017? Si no se puede votar un 1-O, pero tampoco un Estatut, ni tampoco una reforma constitucional amplia, ¿de qué maldito “orden” estamos hablando, si no más bien de un nuevo desorden que solo favorece la inercia, es decir, al Estado? España fue entonces la antesala de la ruptura de los órdenes y los pactos. No entro en culpas: es un hecho.
En segundo lugar, el Orden Mundial surgido de la Conferencia de Yalta (el nuestro) se basaba en el respeto a los derechos humanos y la democracia, con primacía de las Naciones Unidas en caso de conflicto. Pero no se nos puede escapar que fue bajo ese orden supuestamente inmaculado cuando se reconoció internacionalmente el régimen de Francisco Franco (en 1952), cuando se produjeron diversas guerras injustificables —con genocidios incluidos, incluso dentro de Europa— y cuando se inició una Guerra Fría que con el tiempo se ha demostrado que no iba de comunistas contra capitalistas, sino de Asia contra Occidente (y por eso aún dura). No solo eso: ha sido en Europa, dentro de la democrática e impoluta Europa, donde se ha encarcelado y forzado al exilio a un Govern democrático entero por el simple hecho de haber querido promover el voto en un referéndum. No en Rusia, no en China, no en Cuba, ni siquiera bajo la Administración Trump: en Europa. En España. En la misma España cuyo presidente, Pedro Sánchez, afirma hoy estar siempre “del lado de la paz”, pero que entonces votaba el 155 con las mismas manos socialistas y la misma boca socialista. Con convicción, con rotundidad y ante la pasividad absoluta del resto de la highly concerned UE.
El mundo (con España y Catalunya dentro) entra en una etapa de bloques difusos, de soberanías tensionadas y de reglas cada vez más interpretables
Por tanto, los órdenes mundiales pueden ser tan convenientes o inconvenientes como los desórdenes: lo que hace falta es aprovecharlos bien, porque, una vez pasado el trauma, las paces posteriores suelen durar décadas. ¿Aprovechó Catalunya bien el “orden” de 1978? Durante los años de Pujol, creo que sí, incluso durante el mandato de Maragall, pero aquello solo pudo estirarse un poco más hasta desembocar en el conflicto real del procés. Ese antiguo régimen está reventado, y lo que correspondería ahora es aprovechar el desorden actual. España ya no es un pacto, y el mundo tampoco: el mundo (con España y Catalunya dentro) entra en una etapa de bloques difusos, de soberanías tensionadas y de reglas cada vez más interpretables. Los grandes consensos multilaterales se agrietan, las instituciones internacionales pierden capacidad coercitiva y los Estados buscan refugio en alianzas flexibles. En este contexto, las naciones sin Estado tienen dos opciones: esperar a que alguien las invite a la mesa o construir los instrumentos para que su presencia sea necesaria.
Catalunya ya no puede confiar en el orden del 78, como está demostrado, ni tampoco confiar en que el nuevo orden (sea cual sea) le repare los agravios por simple inercia moral. Ningún Congreso de Viena tuvo en cuenta a las pequeñas naciones si estas no formaban parte de la ecuación de poder. Ningún Tratado de Versalles se redactó pensando en la autodeterminación universal, sino en el interés de los vencedores. Y ninguna arquitectura surgida de Yalta puso por delante los derechos nacionales de las minorías si eso incomodaba los equilibrios geopolíticos.
En tiempos de reordenación, solo cuentan los actores que tienen capacidad de incidir. Trump ha calificado a España de “aliado terrible”. Muy bien. ¿Es eso aprovechable de algún modo, cuando la UE ha respaldado a Pedro Sánchez (como club de Estados que es)? Primero: cualquier circunstancia mundial solo puede aprovecharse desde Catalunya si se derriba el Govern Illa. Cualquier discurso aquí queda sucursalizado al PSOE mientras eso no cambie. Y segundo: solo puede aprovecharse esta atmósfera si interés y valores confluyen mínimamente. Eso de que “en diplomacia no hay amigos, solo intereses” es tan cínico como falso: los intereses tienden a confluir con los valores o, como decía Winston Churchill, si renunciamos a tener un Ministerio de Cultura, ¿para qué demonios estamos luchando? No es tan cierto, por tanto, que solo cuenten los intereses: lo que ocurre es que cuentan tanto como los valores. Y hay que intentar que no se contradigan, si no se quiere perder la partida.
¿Qué quiero decir? Que Pedro Sánchez no es que crea en el “no a la guerra”, sino que esta guerra no le interesa. Y por eso no cree en ella. Por tanto, si Catalunya quiere tener un discurso alternativo o lograr que el nuevo orden se interese por ella, debe determinar en qué cree y, a partir de ahí, gestionar sus intereses en función de esa creencia. Y viceversa. Encontrar su propio equilibrio, y también sus propias contradicciones, entre valores e interés. Catalunya debería evitar quedar atrapada entre la subordinación resignada y la gesticulación estéril. Construir una nueva legitimidad interna sólida (mayorías claras, cohesión social real, sin las extravagancias racistas ni las artificialidades de los Premios Goya) y, a partir de ahí, tejer complicidades externas discretas. No amistades: acuerdos de buena fe. No, no es lo mismo. Para las amistades, Trump ya tiene a Vox u Orriols. Catalunya, en cambio, debe poder mirar a la UE y mirar al mismo tiempo a Estados Unidos bajo los mismos criterios y condiciones. Los valores, como decía, deben coincidir con el interés. Porque, si no, son pura retórica: si lo recordamos, en 2017 también España defendía invocar “la democracia”.
¿Puede este nuevo desorden (mundial y español) abrir grietas? Sí. Pero solo atraviesan esas grietas quienes llegan preparados. Si el orden de 1978 ya es historia y el de 1945 se erosiona semana a semana, Catalunya no puede limitarse a esperar que el próximo congreso internacional resuelva su encaje. Tendrá que decidir si quiere formar parte del nuevo orden, a su manera (y no a la manera del PSOE o del PP). Y, por tanto, debe hacerse valer rápido, sea desde el gobierno o desde la oposición. El mar Báltico, ya se sabe, vuelve a helarse con una rapidez estremecedora.