Diez días después de las elecciones españolas, el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, no sabe aún con quién negociar ni qué ofertas poner encima de la mesa. Con un escenario político como el actual, donde sólo Albert Rivera y Ciudadanos se le han ofrecido para lo que haga falta y mucho más, las posibilidades de mantener el cargo se van reduciendo. Casi a la misma velocidad que se abre paso la opción de unas nuevas elecciones en el mes de mayo. Se podría decir que, hoy por hoy, paradojas de la vida, las dificultades del Partido Popular son superiores a las de Junts pel Sí, ya que, al menos, los soberanistas catalanes tienen una fuerza política, la CUP, que dice que quiere negociar la investidura con ellos y rechaza, al menos de boquilla, ir a unas nuevas elecciones.

En medio de este barullo, el Madrid político baja lo suficientemente revuelto en el centroderecha como para que nadie se atreva a hacer pronósticos definitivos. Tampoco sobre la viabilidad de una nueva candidatura de Rajoy en caso de nuevas elecciones, como ha planteado públicamente el presidente en funciones. El PP se mueve inquieto después del inesperado paso al frente de Rajoy. Los sectores más jóvenes del partido consideran precipitado este movimiento y se mueven discretamente pensando en alternativas en un congreso abierto a la militancia –como pidió/exigió Aznar– si se convocan nuevas elecciones. Los malos resultados del PP han tensionado la organización y en voz baja se oyen críticas contra Rajoy que no se escuchaban desde el año 2008, fecha en que dobló a todos sus críticos en el congreso de Valencia. Atención al nombre de Pablo Casado, un nombre que está subiendo en todas las quinielas y que consiguió los mejores resultados para el PP el pasado día 20 como cabeza de lista por la circunscripción de Ávila.

Y mientras se hace evidente que el acuerdo en España es prácticamente imposible, las miradas se dirigen a Catalunya. La CUP aplaza hasta el domingo su decisión sobre el proceso catalán y la investidura de Mas, con una cierta sensación de que la asamblea de Sabadell sirvió de bastante poco y que los duros vuelven a controlar la situación y a situar de nuevo muy lejos el acuerdo con Junts pel Sí.