La idea rectora que legitimó y dio fuerza al procés, más allá de la propia independencia, fue la democracia. En este punto, el catalanismo (en el arco histórico que va de la primera consulta de Arenys a la gran votación de Barcelona) ofreció un conjunto de argumentos que todavía hoy se mantienen incontestables. Primero, que no existe ningún motivo legal que impida votar sobre la independencia del país y, en segundo término, que no existe mejor manera de contar a los independentistas catalanes —y a los contrarios a la secesión— que poner urnas y permitir a los ciudadanos responder a una pregunta muy clara sobre el tema (con respuesta binaria, no como el 9N). A su vez, la idea de participación democrática dejó fuera de juego a los propios partidos independentistas, que intentaron hacer la puta i la Ramoneta (en palabras de Artur Mas, "pedir un 10 para que te den un 7") hasta que la fuerza del 1-O los sobrepasó.
Por mucho que el independentismo ahora presente a unos líderes muy próximos al cesarismo, con Puigdemont y Junqueras decidiéndolo todo dentro de su búnker existencial, la democracia también contagió la propia dinámica de los partidos como un virus juguetón. Esto pasó en Junts pel Sí —ese chiringuito formado por los dos grandes partidos indepes y un grupo de gente prestigiosa que acabó siendo más papista que el papa—, pero también se ha manifestado en el millón de votos esquerrojuntaires que han optado por la abstención en los últimos comicios. Como los partidos cada vez representan a menos electores, resulta muy normal que tiren por la calle de en medio sin consultar ni a su propia militancia. Así ha ocurrido, por poner un ejemplo reciente, con la aprobación de los presupuestos por vía el invento de la línea orbital, decisión que Junqueras ha tomado él solito, sin consultarla con la ejecutiva de Esquerra ni, of course, con la propia militancia.
Si yo me incluyera en las categorías ahora citadas, me sorprendería ver al líder de mi partido protagonizando un acto la mar de pomposo con el president Illa y unos cuantos alcaldes del extrarradio, vociferando las ventajas del tren orbital, justo un día antes de la reunión del Consell Nacional de mi propio partido, el cual —dice la teoría— se convoca para algo más que para repartir besitos. Pero Junqueras es un alumno orgulloso de Jordi Pujol y la metódica del Molt Honorable 126 consistía no en irrumpir en las reuniones de partido para aprobar o suspender los pactos, sino más bien por si alguien tenía que discutir por qué ya se habían acordado. El propio Junqueras ha sido muy sincero en este aspecto, diciéndole a los díscolos de la formación que este tipo de cosas son las que se votan en los congresos de la propia formación. Dicho de otro modo, que si alguien tiene enmiendas a la coña orbital esta, que haga el puto favor de callar…
Eso de tener partidos con un sentido tan relativo de la democracia, que ni la dejen ejercer a su propia militancia, me parece un poco excesivo
Esquerra no está sola en esta estructuración pseudorrusa de su democracia interna. También lo hemos visto en Junts per Catalunya, un partido que —temeroso del auge de Aliança Catalana en Barcelona— ha presenciado un bonito baile de candidatos de cara a las próximas municipales de la capital. Se sabía que el escogido por el entorno juntaire de Barcelona era Jordi Martí Galbis, un buen concejal que tiene la excelente cualidad de ser absolutamente desconocido por la mayoría de mis conciudadanos y de poseer el carisma de una patata aguada con salsa Espinaler. Conscientes de ello, los chicos de Waterloo promocionaron a Josep Rius, que no es que sea gran cosa… pero, al menos, aparece más a menudo en la tele. Poco antes, el abogado Jaume Alonso-Cuevillas, visto que no lo proponía ni Dios, también decidió optar al trono de Sant Jaume. Esto de rebajar los resultados de Xavier Trias, como veis, parece tentador.
Josep Rius acaba de decir que se retira de la carrera para no causar confrontación entre candidatos (de hecho, la pugna de todo el asunto ya venía de lejos, porque Puigdemont había intentado pescar a algún aspirante entre el mundo de los empresarios…), pero diría que los electores, contrariamente a la atonía, estaríamos encantados de asistir a un proceso de primarias que confronte proyectos distintos dentro de un mismo partido. No digo que los independentistas de mi querida ciudad compren la espléndida tesis del estimado Jordi Graupera, según la cual unas primarias abiertas a la ciudadanía entre todos los indepes nos asegurarían un alcalde de nuestra cuerda. Ya sé que las ideas buenas no acaban de cuajar, pero eso de tener partidos con un sentido tan relativo de la democracia (que ni la dejen ejercer a su propia militancia) me parece un poco excesivo. Después, cuando no los vote ni puñetero Dios, todo serán lágrimas.
Todo esto sería muy preocupante, me atrevo a insistir, si los partidos catalanes fueran los máximos órganos de representación de nuestro pueblo. Pero la desconexión entre líderes, aparatos, propaganda, etcétera, y los electores cada día es más sideral. Y yo que me alegro —faltaría más—, porque si algo está claro, a estas alturas, es que nos hará falta empezar a edificar la casa, de nuevo, por la base. Y la base siempre es la democracia.
