La conversación política ha dejado de interesar porque los agentes que la componen no tienen ningún tipo de credibilidad. El gesto de confianza implícito en democracia —el de decidir quién manda y, por lo tanto, delegarle una serie de responsabilidades— hoy es un gesto desconfiado. O ni siquiera lo es. El único vínculo que muchos catalanes preservan con la vida política del país es el de la desesperanza que lleva a una frustración enquistada: leemos la manera de gobernarnos desde la certeza de que nada puede ser radicalmente cambiado. La sensación de que las decisiones importantes no pasan por las manos de la ciudadanía es compartida en todas partes, pero en nuestro caso, el desencanto es doble: hay decisiones colectivas que en otras circunstancias podríamos tomar que, al no tener un Estado, aún nos quedan más lejos. A partir de aquí, cualquier reparto de las migajas es rascar el fondo de la sartén de forma estéril. Es comprensible que alguien no se interese por lo que nunca le satisfará del todo, o que escoja aquellas opciones políticas que le garanticen acumular la frustración acumulada.
En este escenario, el acuerdo de financiación con el que ERC procura renacer de las cenizas o el pretendido traspaso de Rodalies que la mayoría miramos de reojo solo hacen evidente que la paella tiene cada vez menos superficie para rascar. Y que los responsables de esta nada, de esta muerte del vínculo con la política de muchos catalanes, son quienes hoy pretenden redimirse con un autonomismo tronado que no solo se revela incapaz de rehacer ningún tipo de confianza, sino que además es imposible de ser interpretado sin ponerlo a la luz del contexto político de los últimos quince años. No lo lograrán. Ni con trenes, ni con la poca pasta que querían que fuera un concierto económico, ni con eslóganes de geriátrico sobre cuidar a la gente y poner a la gente en el centro. Porque la gente está cansada, Oriol, y los cuatro andrajos que ahora blandís para poder continuar haciendo la guerra a Junts solo son el espejo de todo lo que hubierais podido poner en manos de la gente si en el año diecisiete hubierais hecho lo que prometisteis.
No lo lograrán. Ni con trenes, ni con la poca pasta que querían que fuera un concierto económico, ni con eslóganes de geriátrico sobre cuidar a la gente y poner a la gente en el centro. Porque la gente está cansada, Oriol.
De ERC da pereza escribir incluso para decir que da pereza. Junqueras ha purgado el partido una y otra vez cada vez que ha necesitado modificar el rumbo ideológico para dirigirlo hacia donde parecían haber más votantes. El problema principal de este gobierno autoritario de un señor resentido con la posición en la que la vida lo ha colocado es que convierte la estructura viva del partido —un lugar con una cierta posibilidad de confrontación de ideas, o un lugar donde imaginar un argumentario que beba de tradiciones políticas anteriores— en una guarida de mediocres con un único talento: mantener su posición elogiando a Junqueras. Solo hay que hacer el ejercicio de prestar atención a los nombres que quedan en las primeras filas de ERC para darse cuenta de que el fanatismo que los ha llevado hasta donde están, a la hora de la verdad, se traduce en una medianía transversal. No querría abusar de la severidad, porque me parece que la mayoría de los que me leéis sois conscientes de la situación que estoy intentando exponer aquí. Seré breve: cerca de Junqueras, en la cima de ERC, quedan personas más bien justitas. No son ningún activo político, pero son las más fáciles de dominar
No se puede hacer palanca con un churro: si la respuesta a la apatía, y al desinterés, y a la frustración, y al desencanto es el relato de la política útil dificilísima de explicar —porque en realidad está toda hecha de renuncias—, la apatía, y el desinterés, y la frustración y el desencanto de quien había sido tu electorado potencial no hará más que crecer. Diría que Junqueras lo sabe, pero para renunciar a esa manera de hacer tendría que renunciar a su propio liderazgo, y esa es una línea roja que en ningún caso está dispuesto a cruzar. El curso que ha tomado el partido es radicalmente estéril en términos electorales y, por lo que parece hoy, solo puede tener un final posible. Gabriel Rufián también lo sabe, por eso se metamorfoseará una vez más para sobrevivir. Nadie se cree nada, Oriol. Ni gesticulando para ocupar titulares atraparéis una sola migaja de atención de quien ya no os quiere dar ni media.
