El pensamiento único, ese que teje su red sobre individuos y colectividades haciendo irrespirable cualquier aire que no quede teñido con sus colores, abarca muy diversos fenómenos respecto de los cuales sin duda pueden compartirse diagnósticos de partida, pero no necesariamente las soluciones propuestas y mucho menos las supuestas verdades científicas que avalen estas últimas.

Un ejemplo de dichos fenómenos es el feminismo. Nadie pondrá en duda la invisibilidad que durante siglos ha padecido la mujer en los ámbitos profesionales, ni el hecho de que en la vida privada se haya visto mayoritariamente sometida. Tampoco cabe ninguna duda de que un cerebro reptiliano, condicionado durante milenios para ese tipo de comportamientos, en muchos casos propiciadores de la supervivencia del grupo por la división del trabajo, se adapta con dificultad al contexto presente, en el que, en palabras de Harari, es difícil sustraerse a la tentación de creer, por enésima vez, que hemos topado con la verdad absoluta. El neocórtex tiene esas cosas.

A partir de esas constataciones, todo lo que las sigue suele ser opinión y, en algunos casos, interés. Se ha acumulado en el entorno de los dignos objetivos del feminismo una pléyade de personas que han encontrado acomodo social y sustento económico en la constelación institucional y asociativa que reproduce con automatismo semiverdades de conveniencia o directamente falsedades. Pero criticarlo es anatema, porque se han impuesto por encima de la razón unos extraños sentimientos de culpa masculinos y la legitimidad para condenar a cualquier mujer que no los siga a pies juntillas.

Un ejemplo, por no cansar: ¿cuál es el fundamento científico de la afirmación tan repetida de que toda muerte de hombre sobre mujer, cuando viven juntos, lo es por el hecho de que esta lo sea? Ello equivaldría a pensar que cada pareja está constituida por un asesino en potencia, y que ninguna discusión que entre dos personas cualquiera habría derivado en muerte como efecto de la propia reyerta pueda ser en el ámbito del domicilio considerada de modo alternativo. El dogma generó el protocolo y se llevó por delante la verdad, que suele ser más compleja.

La convivencia es erosión en muchos casos. Fenómenos como la venganza, el resentimiento, la eliminación de un estorbo (como el pececito Gabriel), ¿no caben en el ámbito familiar? ¿No será, más bien, al menos una parte de los dramas, una situación de abuso del fuerte sobre el débil, que puede ser niño, o anciana, o travestido, pero en todo caso vulnerable por su condición y no por su sexo? Sí, sé que las mujeres arrastramos siglos de condición sumisa, pero, ¿no es extraño que se hable de crímenes machistas a mansalva en una supuestamente liberada Suecia?

Mención aparte merece el tratamiento de los datos sobre denuncias de maltrato de mujeres por parte de sus parejas. Es este un campo sembrado de minas en el que los datos lacerantes sobre muertes se mezclan con utilizaciones espurias de los protocolos policiales y judiciales que alejan a los padres de sus hijos y del domicilio familiar de forma automática cuando se ha producido una denuncia. Basta ser hija, hermana, amiga o madre de alguien acusado con falsedad, para comprobar dos cosas: que los datos de fiscalía sobre denuncias falsas se refieren a las que han acabado siendo juzgadas y condenadas (que son, como en el caso de la violación de un secreto sumarial, una minoría ridícula, vaya a saber por qué) y que es pedir a las mujeres heroicidad suma, si, puesto a su disposición un instrumento para el aplastamiento del adversario, que no se vean tentadas de utilizarlo, aunque sea de manera poco ética, para solucionar problemas no directamente relacionados con él. Y con ello, por supuesto, acaban pagando justas por pecadoras, porque utilizar de forma equivocada instrumentos legítimos de defensa contra la violencia no hace sino generarla en quienes se sienten injustamente tratados.

A ello se añade la incoherencia de explicar en una supuesta condicionante sociológica cualquier delito que no sea este, de modo que nunca alcanza justificación alguna a la que probablemente es la más atávica e irracional forma de condicionamiento de la conducta humana, anclada en los siglos, por ello difícil de erradicar, como es la consideración desigual de los seres humanos en cuanto a su valor.

Bueno sería que en la lucha por conseguir que ese tipo de violencia dejara de existir, mirasen con mayor detenimiento quienes se dedican a su combate hacia aquellos países que peor se comportan. Resulta irónico que el tan traído y llevado convenio de Estambul sobre materia de violencia sobre la mujer haya sido acordado en una ciudad y en un país que no son precisamente ejemplares a ese respecto.

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