Tienes los genes para ser un buen padre?. Esta podría ser exactamente la pregunta que puede hacer una hembra a su macho antes de aparejarse y tener hijos. Sobre todo si tenemos en cuenta los resultados de una publicación de justo la semana pasada donde se estudian las diferencias de comportamiento entre dos especies de ratones, unos que son cosmopolitas y se encuentran por todas partes y otros que viven más restringidos en terrenos arenosos.

Cuando yo era joven vi un corto de dibujos animados de Walt Disney protagonizado por dos ratones, uno de campo y uno de ciudad, basado en una fábula de Esopo, que glosaba con todo detalle las ventajas de la humilde y tranquila vida en el campo, en contraposición a la estresada vida de ciudad en medio de riesgos imponderables. Pues bien, lejos de esta visión bucólica, los científicos a los que me refiero analizan por qué hay especies de mamífero (en este caso, ratones) donde unos machos son monógamos y cuidan de sus crías, mientras que otros machos, de una especie tan parecida que es difícil distinguirlos, son polígamos y se hacen el sordo a la hora de cuidar a sus hijos.

La genética permite saber por qué hay machos monógamos que cuidan de las crías mientras que machos de especies muy parecidas son promiscuos y olvidan a los hijos

Los científicos ya averiguaron en su momento que las diferencias en estos ratones son principalmente neuroendocrinas, es decir, presentan diferencias hormonales y físicas del cerebro relacionadas con estas tareas. Si hay diferencias en la producción y en la recepción de hormonas, es muy probable que las diferencias estén en el manual de instrucciones que controla qué células tienen que producir y cuáles tienen que recibir estas hormonas. Y si hablamos de manual de instrucciones, hablamos de ADN, es decir, de genes. Así pues, los científicos creen que detrás del comportamiento diferencial de monogamia o poligamia, hay una diferencia genética. Y si hay una diferencia genética, la podemos buscar, averiguar, estudiar, diseccionar y, finalmente, entender.

Es bastante probable que al leer esta introducción, muchos sintamos un escalofrío de emoción intrigante que no sabemos exactamente cómo interpretar... si es de fascinación o de incredulidad, ya que no se nos puede esconder el hecho de que cuando se realizan estudios de comportamiento en animales, tenemos la tendencia de sentirnos identificados y de extrapolar directamente los resultados al comportamiento humano. ¿Existe un gen detrás de nuestra tendencia monogámica o en los deseos poligámicos...?

Hay que decir que hace mucho tiempo que se realizan estudios científicos sobre monogamia y genética. No entraremos en las causas que explicarían esta selección natural en los animales a favor de la monogamia o la poligamia (¡donde la polémica entre científicos del campo es dura!), sino que nos centraremos en cómo lo podemos explicar. Algunos de los estudios más interesantes se han realizado con otros roedores muy parecidos a los ratones, los talpons Microtus, donde los topons de prado son monógamos y los de montaña, no lo son. Mirando sus diferencias a nivel de cerebro, los investigadores observaron que existían diferencias en las producciones de dos hormonas muy relacionadas, la vasopresina (que entre otras funciones, controla la presión arterial) y la oxitocina (que entre otras funciones, controla las contracciones del parto y la producción de leche), así como del neurotransmisor dopamina (que entre otras funciones, regula comportamientos de satisfacción y placer). Simplificando, vieron que las diferencias principales se encontraban en una región reguladora del gen receptor de la vasopresina (Avpr1a) que causaba que unas neuronas del cerebro pudieran, o no, ser estimuladas, modificando así su capacidad de crear nuevas conexiones neuronales. Así, los ratones que eran monógamos tenían unas determinadas neuronas que al ser estimuladas por la vasopresina, producían sensación de placer.

En el comportamiento intervienen genética y aprendizaje, los genes y el ambiente

El cerebro del mamífero no sólo está preparado para sentir placer, sino que busca activamente la forma de repetir las condiciones que le dan este placer (ay, el vicio... pero de eso hablaremos otro día). Así los ratones macho aprendían que cuando mantenían una pareja y compartían la crianza de las crías, tenían mayor estimulación de estas neuronas debido a la recepción de vasopresina, y ello les proporcionaba placer. Este punto es muy importante. No es sólo el gen. La genética permite efectuar ciertas conexiones neuronales, que son las que permiten responder a los estímulos ambientales (internos y externos). Así, pues, no es que los ratones nazcan monógamos y sepan cuidar sus crías innatamente, sino que la variante genética que han heredado les permite aprender a ser monógamos porque así son más felices. Por lo tanto, son las dos cosas, genética y aprendizaje, genes y ambiente. A esta aportación del ambiente sobre la genética se le llama epigenética. Como siempre se dice en clase, el fenotipo (las características aparentes de los individuos) es el resultado de la interacción del genotipo (sus genes concretos) con el ambiente.

Para acabar de demostrarlo, unos investigadores realizaron un experimento de transgénesis en cerebro de estos pequeños animales. Introdujeron la instrucción genética para ser receptivos a la vasopresina, directamente en las neuronas de los cerebros de machos topos polígamos. ¿Y entonces, qué pasó? Pues que muchos de los machos topos transgénicos modificaron sustancialmente su comportamiento, decantándose hacia la monogamia porque muchos de ellos, gracias al transgén, rehicieron ciertas conexiones neuronales, aprendiendo que ahora les gustaba ser monógamos.

Evidentemente, este no fue un efecto de todo o nada. Es lógico pensar que un comportamiento como la monogamia y el cuidar de la descendencia es bastante complejo, y no lo puede explicar un único gen o una variante genética. Para empezar, hay muchas características a considerar además de tener una única pareja, como la construcción de la guarida donde tener los hijos, calentar y vigilar las crías, darles de comida, lamerlas y limpiarlas... así que no se puede inferir que sólo existe un gen responsable de todas estas actividades. Y aquí es donde encajan los resultados presentados en este nuevo artículo, donde se hace un análisis más esmerado del comportamiento, en este caso, de ratones de campo (Peromyscus). Los investigadores han demostrado que, como mínimo, intervienen 12 genes diferentes, y que los genes que regulan este comportamiento son diferentes entre machos y hembras. La genética del comportamiento es compleja y además el ambiente interviene y modula la respuesta. Así que la genética no son números contados. Pero, evidentemente, como nos interesa el comportamiento humano, ya podéis suponer que hay investigadores que han estudiado estos mismos genes en poblaciones humanas. Los resultados constatan una cierta relación entre el mismo gen receptor de la vasopresina (AVPR1A) y la capacidad de los hombres de establecer una relación de pareja estable (según las opiniones de sus parejas mujeres. ¿Y en las mujeres, qué gen influye en su comportamiento monogámico y de cuidado de las crías? Eso todavía hay que investigarlo...

No hay un único gen para la monogamia y el cuidado de las crías, sino muchos

¿Resumiendo, es el gen receptor de la vasopresina realmente el gen de la monogamia? Está claro que las variantes de este gen tienen un efecto sobre el comportamiento en muchos mamíferos, pero no se pueden extraer conclusiones directas con respecto a humanos, porque intervienen muchos genes. Los resultados parecen muy llamativos, pero habría que repetirlos con un mayor número de individuos, menos subjetividad en los datos, más profundidad científica y más solidez estadística. Y sobre todo, hay que encontrar los otros genes que intervienen en este tipo de comportamiento. Por lo tanto, no existe un gen de la monogamia sino muchos.

Sea como sea y si ya habéis llegado hasta aquí, ahora querría haceros una pregunta. Paraos a pensar, ni que sólo sea unos instantes... habéis preguntado alguna vez a vuestra pareja: ¿"Si nos juntamos y tenemos descendencia, te quedarás conmigo y cuidarás conjuntamente de nuestros hijos?". Puestos a pensar, todavía sé menos qué haríamos si... imaginad que existe un test genético para conocer las variantes genéticas de nuestra pareja (hombre o mujer, que hay variantes del comportamiento para los dos) que influencian en la monogamia y el cuidado de los hijos, sabiendo cómo sabemos que interviene la genética y el ambiente y que nos faltan datos, pero si lo tuviéramos a toque de clic, ¿no lo pediríais ni que fuera por curiosidad?

¿Tenéis los genes para ser un buen padre (o madre)?

¿Te ha parecido interesante este artículo? Para seguir garantizando una información comprometida, valiente y rigurosa, necesitamos tu apoyo. Nuestra independencia también depende de ti.
Suscríbete a ElNacional.cat