Laura Borràs no es exactamente la Kamala Harris de Catalunya pero las similitudes entre ambas son más de las que se detectan a primera vista. De entrada, las dos son mujeres. No entiendo el viaje desde la diversidad -que es un hecho constitutivo del género humano- hasta la equidad -estadio aún inalcanzado- sin la afirmación de lo que se es. Por ejemplo, mujer. Hay que ser algo: mujer, hombre, o ni una cosa ni la otra. Pero hay que ser, para reconocerse, reconocer y ser reconocido. Es pura dialéctica. Laura Borràs, y Kamala Harris, que ya es vicepresidenta, son mujeres de un mismo tiempo, un tiempo de empoderamiento para las mujeres y en pos de un mismo objetivo: presidir sus respectivos países, liderar sus “tribus”, que diría Bernat Dedeu. Ambas han sido/son candidatas a hacer historia. Ambas pueden ser las primeras en lograr esa silla reservada a hombres en la eternamente joven república norteamericana de los hasta ahora 47 comandantes en jefe y en la vieja Catalunya que quiere y no quiere y no la dejan ni para lo uno ni para lo otro, con sus hasta ahora 131 presidents. Y ambas, Kamala y Laura, han competido / compiten en elecciones primero internas en sus respectivos partidos y, después, nacionales, las de verdad, celebradas o a punto de celebrarse en condiciones extrañas, muy extrañas. Rodeadas de virus. Y no solo el de la covid, también el del trumpismo en sus diversas mutaciones y variantes globales y locales: el virus de la posverdad o la mentira viralizada en redes (in)sociales, y los del odio y la intolerancia, sea por ser mujer y negra o por ser mujer y catalana indepe.
Hace dos semanas, cuando todos los focos estaban puestos en la decisión del TSJC sobre la fecha electoral, la cuestión era si Salvador Illa podría hacerse con el trofeo. Gane o no, no le faltan apoyos. Además de los del PSC, el ya ex-ministro-candidato cuenta, de saque, con el sí de los comunes de Jéssica Albiach y su mentora, Ada Colau, esa otra Kamala en versión tahúr del Misisipi; de los ciudadanos de Carrizosa y Arrimadas, otra que se quedó en proyecto de Kamala del españolismo de aquí aunque estuvo cerca, a lomos del 155; e, incluso, del candidato de la ultraderecha de Vox, Ignacio Garriga. El afrocatalán, como dirían en los USA, le regalará la investidura gratis total al vallesano Illa, para impedir que, o bien, Laura, o bien Pere Aragonès, de Esquerra Republicana, candidato favorito aunque declinante en los sondeos preelectorales, presidan la Generalitat. Exactamente igual como Abascal le ha regalado la abstención a Pedro Sánchez para gestionar los fondos europeos anti-covid, Garriga le puede regalar la investidura a Illa. Y la misma lógica Spain first podría aplicar ante una eventual investidura del sucesor de Miquel Iceta, aunque aún no osa confesarlo, el elocuente Alejandro Fernández, del PP, el primer emoji candidato a presidente de la Generalitat.
La verdadera cuestión de fondo es si para el independentismo, Laura, una victoria de Junts, de nuevo, contra pronóstico, es el nuevo plebiscito en unas urnas perfectamente legales, aunque tuteladas por los jueces y empañadas por la pandemia, y en Madrid lo saben
Estaría bien que mientras una parte del gremio periodístico local se fustiga en el FAQS sobre si se debe o no dar cobertura electoral a Vox mientras ignora la invisibilización -en algún caso, como el de TVE, total- a que se somete a Laura y los candidatos de Junts, Illa respondiera si renunciaría a la presidencia de la Generalitat en caso de llegar a ella con los votos del partido verde guardia civil. Illa o quien sea: ¿Por qué no se atreven los candidatos y candidatas a la Generalitat de los partidos demócratas a aplicar un cordón sanitario a Vox en la investidura? En estas elecciones tuteladas por los jueces donde YouTube y la pandemia nos han metido los mítines en el comedor o la sala de estar, el caso es que, sin dejar de estar en el top ten de las incógnitas electorales el llamado efecto Illa, la cuestión que empieza a emerger ahora es si ganará Laura.
Por el camino puede haber caído ya el tripartito de izquierdas que Aragonès sabe que ERC no puede permitirse salvo que le corresponda la presidencia y el PSC se limite a votarle la investidura
El tema no es tanto que la candidata de Junts ha prometido reactivar la congelada declaración de independencia si el independentismo supera el 50% de los votos el 14-F. La verdadera cuestión de fondo es si para el independentismo, Laura, una victoria de Junts, de nuevo, contra pronóstico, es el nuevo plebiscito en unas urnas perfectamente legales, aunque tuteladas por los jueces y empañadas por la pandemia, y en Madrid lo saben. Todo va muy rápido y por el camino puede haber caído ya el tripartito de izquierdas que Aragonès sabe que ERC no puede permitirse salvo que le corresponda la presidencia y el PSC se limite a votarle la investidura. En todo caso, Aragonès, aspira -como el también antiguo vicepresidente Biden- a una reconstrucción tranquila del país, postrado por las consecuencias de la pandemia y que, sin renunciar a ella, deja la independencia -y el mito de la unilateralidad- en segundo término. La estrategia posprocés de ERC quizás le puede permitir navegar e incluso pescar en las aguas del PDeCAT pero le alejará de los grandes caladeros de votos de Junts.
A Illa se le entiende todo, aunque habla lo justo. Y si en el independentismo hay una gran masa de electores indecisos y cabreados, no le van a la zaga los que no lo tienen claro en el españolismo. Ahora, el tema es Laura, y las catalanas y los catalanes decidirán si, como Kamala, se convierte en vicepresidenta de Joe Aragonès o bien ocupa ya directamente el Despacho Oval, es decir, la Casa dels Canonges. Aunque el efecto Illa no se ha disipado del todo y con el permiso de Carles Puigdemont i Oriol Junqueras, estas elecciones empiezan a ser las de Laura Harris y Joe Aragonès.