La guerra actual actúa no solo en el ámbito de los hechos prácticos, sino también en el ámbito de las ideas y de las proyecciones de futuro. Mientras que los objetivos de Israel parecen claros —la construcción irreversible del “gran Israel”—, los de EE.UU. aparecen difusos, poco claros y cambiantes. Se han aventurado hipótesis sobre por qué el actual gobierno estadounidense ha mostrado un comportamiento tan seguidista de los intereses del gobierno de Israel (expectativa de fáciles negocios futuros para algunas compañías estadounidenses, incluyendo las del presidente; información secreta de los israelíes sobre la vinculación de Trump con el caso Epstein, etc.), pero, de momento, no hay nada conclusivo al respecto. No obstante, en un plano más general, la guerra ha resaltado tres paradojas en relación con el papel político de EE.UU. en la escena internacional.
En primer lugar, EE.UU. ha supuesto un referente histórico innegable para las democracias liberales desde los tiempos de la revolución emancipadora estadounidense, tras ganar una guerra secesionista respecto a Gran Bretaña. Derechos de ciudadanía, libertades políticas constitucionalizadas, separación de poderes y el federalismo han sido ideas e instituciones básicas en la evolución del liberalismo político en la época contemporánea. Sin embargo, la administración Trump está contribuyendo, por un lado, a la erosión del Estado de derecho de la democracia estadounidense y, por otro, a que un régimen autocrático y teocrático como el de Irán —alejado al máximo de los valores, instituciones y procedimientos liberal-democráticos— se perciba como un sistema menos abominable de lo que sigue siendo.
En segundo lugar, parece que el actual gobierno estadounidense tenga la percepción de que la legitimidad de sus comportamientos resulta innegable y casi un deber de su liderazgo, en tanto que “nación escogida” (American exceptionalism) por un Dios particular. Y siempre en alianza con Israel, un pretendido “pueblo escogido” por otro Dios particular, que algunos dicen o creen que está más o menos emparentado, de forma ciertamente curiosa, con el Dios de los cristianos. Este vínculo religioso de los designios políticos, además de infantil, resulta totalmente contradictorio con el carácter ilustrado que imbuye el pensamiento liberal-democrático. A veces, los errores analíticos no se encuentran ni en los datos ni en lo que se dice, sino en lo que se presupone en la interpretación de los datos y en lo que se dice.
En tercer lugar, la guerra de Irán constituye un ejemplo más de la lista de errores internacionales de las administraciones estadounidenses tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo es posible que el país más poderoso del planeta se haya equivocado tanto en sus intervenciones militares exteriores? Aparte del empate registrado en Corea, la mayoría de sus guerras han terminado en derrotas o han propiciado situaciones de caos (Vietnam, Irak, Libia, Afganistán). Y la actual guerra en Irán tampoco parece que, en términos prácticos, EE.UU. la esté ganando. En cambio, Irán parece que está consiguiendo tres objetivos básicos: resistir —también el régimen de los ayatolás—, exportar la guerra a los Estados del golfo Pérsico aliados de EE.UU., y establecer la hegemonía en el estratégico estrecho de Ormuz. La política exterior estadounidense de carácter militar supone una acumulación de errores y de fracasos, a pesar de los cientos de asesores con los que ha contado el gobierno de ese país desde el año 1945.
¿Cómo es posible que el país más poderoso del planeta se haya equivocado tanto en sus intervenciones militares exteriores?
La legitimidad política hay que trabajarla. Y el gobierno de EE.UU. la está perdiendo, tanto a escala global como también en el interior de su país, dadas las repercusiones económicas, energéticas e internacionales de la guerra, hasta el punto de que existen iniciativas que piden la sustitución del presidente a partir de la aplicación de la enmienda XXV de la Constitución (ratificada en el año 1967). Una iniciativa que no parece, sin embargo, que de momento tenga mucho recorrido práctico.
El dominio militar no te hace precisamente más inteligente. Estados Unidos solo ha ganado la “guerra fría”, es decir, la guerra que no se disputó en el campo de batalla. Sin embargo, en su voluntad de ganar también la “posguerra fría” en el período 1990-2005 (expansión de la OTAN hacia el este de Europa, desprecio de la colaboración propuesta por Rusia y de su seguridad), ha propiciado la guerra de Ucrania. Una guerra que resulta poco sorprendente en términos de política internacional. En la guerra de Irán, EE.UU. está mostrando más sus limitaciones militares efectivas que su fuerza.
Paralelamente, EE.UU. han dado carta blanca militar al gobierno de Israel como potencia hegemónica en Oriente Medio. Pero tampoco parece que este pueda erradicar las milicias chiitas proiraníes de la zona. La guerra actual corre el riesgo de tener como consecuencia implicar cambios en las estrategias de actores de toda una segunda corona de estados (Egipto, Sudán, Somalia, Somalilandia, Pakistán, Afganistán, India). Y parece probable que incentive la intervención directa o indirecta de Rusia y China en una región históricamente inestable.
Incentivar una inestabilidad que no puedes controlar no parece una política precisamente inteligente. Lo dice Yago en el Otelo de Shakespeare: “En la matriz del tiempo, hay acontecimientos que pronto serán paridos”.
