El histórico encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín se ha cerrado con muchas imágenes de distensión, algunos anuncios económicos y, sobre todo, con la sensación de que los grandes conflictos entre Estados Unidos y China continúan lejos de una solución definitiva. Después de dos días de reuniones y negociaciones, el presidente estadounidense aseguró que se habían resuelto “muchos problemas diferentes”, pero la realidad es que, de momento, los acuerdos concretos continúan siendo limitados y rodeados de incertidumbre.
La cumbre llegaba marcada por una relación especialmente delicada entre las dos principales potencias del planeta. Las disputas comerciales, la batalla tecnológica, la situación de Taiwán y la guerra abierta entre Israel e Irán habían elevado la tensión internacional durante las últimas semanas. En este contexto, Pekín se convertía en un escenario clave para comprobar si Washington y China eran capaces de reconstruir mínimamente los puentes diplomáticos.
A pesar del tono cordial mostrado durante las comparecencias públicas, las diferencias de fondo continúan intactas. Trump anunció que Xi había aceptado impulsar la compra de 200 aviones Boeing e incrementar las adquisiciones de productos agrícolas estadounidenses por valor de decenas de miles de millones de dólares. Unos compromisos que permiten a los dos gobiernos exhibir resultados rápidos, pero que muchos analistas observan con prudencia después de varios precedentes fallidos.
Acuerdos bajo sospecha
La memoria del anterior mandato de Trump continúa muy presente. Durante su visita de Estado a China en el año 2017 ya se anunciaron inversiones multimillonarias y grandes pactos energéticos que nunca llegaron a materializarse a causa del deterioro progresivo de las relaciones bilaterales. Por eso, los expertos consideran que los anuncios actuales pueden acabar quedando atrapados nuevamente en un escenario de desconfianza mutua.
Y es que la relación entre Washington y Pekín continúa funcionando bajo una lógica de rivalidad estructural. Cada aproximación diplomática convive con nuevas fricciones comerciales, sanciones tecnológicas o disputas geopolíticas. La cuestión de Taiwán continúa siendo el gran punto rojo para China, y Xi Jinping lo volvió a dejar claro ante Trump. El líder chino advirtió que cualquier error de cálculo sobre la isla podría desencadenar una situación “altamente peligrosa”.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, intentó rebajar la tensión insistiendo en que la política de Estados Unidos respecto a Taiwán “no ha cambiado”. Pero el mensaje chino evidencia que Pekín sigue considerando esta cuestión como la línea más sensible de toda la relación bilateral.
Irán entra de lleno en la cumbre
Más allá del comercio o Taiwán, el gran elemento inesperado del encuentro ha sido el protagonismo de Irán. Con el conflicto en Oriente Próximo disparando los precios energéticos y amenazando la estabilidad global, Trump buscaba también implicar a China en cualquier posible salida diplomática.
Después de reunirse con Xi, el presidente estadounidense afirmó que ambos coincidían en que Teherán “no puede tener un arma nuclear”. También destacó la necesidad de mantener abierto el estrecho de Ormuz, una vía marítima esencial para el comercio mundial de petróleo y gas. Sin embargo, Trump dejó una frase especialmente reveladora: “Nosotros no necesitamos el estrecho tanto como China”.
La declaración subraya hasta qué punto Washington considera a Pekín vulnerable ante cualquier crisis energética prolongada. China es el principal comprador del petróleo iraní y depende enormemente de la estabilidad de la región. Pero, a pesar de las presiones estadounidenses, Pekín no parece dispuesta a modificar sustancialmente su posición.
El gobierno chino ha reiterado que la guerra “no debería haber pasado nunca” y sigue defendiendo el diálogo como única salida posible. Xi se mantiene en una posición calculada: evitar una ruptura con Irán, preservar sus intereses energéticos y, a la vez, proyectarse internacionalmente como un actor moderador.
Un equilibrio todavía frágil
La sensación final que deja la cumbre es la de una tregua más táctica que estructural. Tanto Trump como Xi necesitan estabilidad económica y evitar una escalada inmediata, pero ninguno de los dos parece dispuesto a renunciar a sus intereses estratégicos.
Por eso, más que un punto de inflexión definitivo, el viaje de Trump a Pekín dibuja una fotografía precisa del momento actual: dos superpotencias obligadas a entenderse, pero atrapadas en una competición global que sigue marcando cada gesto, cada acuerdo y cada palabra.