"Una negociación política es como el amor: empieza en el preciso momento en el que te encuentras con el otro sentado en una mesa hablando del tiempo o de un disco que te ha gustado. No hay negociación real sin un larguísimo tiempo para generar relaciones de confianza". El nivel es bajísimo e Ismael Peña-López, director de la Escola d’Administració Pública de Catalunya, no está dispuesto a subirlo. El jueves pasado tuiteaba la tontería que acabas de leer aquí porque sabe que romantizar la mesa de diálogo y emocionalizar un proceso de negociación fallido es lo único que les queda para garantizar que los catalanes —o algunos catalanes— les sigan otorgando el privilegio de la duda. Explicar el diálogo en estos términos es una estrategia insultante y fácil. No pretende más que asegurarse de que el receptor pondrá en relación su experiencia de enamoramiento personal con la "negociación" que cita Peña-López y amansará su afición a analizar la situación política racionalmente.
El amor no empieza en el preciso momento en el que te sientas en una mesa. Así empieza el enamoramiento. Y cuando estás enamorado no ves nada, ni ordenas a las mariposas en el estómago que dejen de revolotear porque tienes que construir una relación de confianza, ni percibes las red flags. Si ciertos sectores del independentismo pasaran del enamoramiento al amor con España, verían que la confianza viene rota de serie y que así no se puede establecer ninguna relación. Somos la tía que se pasa horas escribiendo el mensaje larguísimo y exacto para explicarle al bobo de turno cómo le hace sentir que no le escuche, que no tenga en cuenta sus emociones, que sea poco sensible... y se siente satisfecha porque después de romperse la cabeza racionalizando lo que no es racional, él le ha contestado "ok". Si Ismael Peña-López quiere hablar del diálogo en estos términos, yo sé más.
Si ciertos sectores del independentismo pasaran del enamoramiento al amor con España, verían que la confianza viene rota de serie y que así no se puede establecer ninguna relación
Nuestro melenudo de proximidad intenta justificar la enésima muestra de sentimentalización de la política catalana —una más de las muchas consecuencias de la rendición— añadiendo un hilo de tuits suyo de hace un par de meses. Citarse a uno mismo siempre da cierta lástima porque denota incapacidad de buscar argumentos válidos fuera de todo lo que ya has pensado. A los de pocas luces siempre les oiréis decir algún "como yo siempre digo". El como yo siempre digo de Ismael Peña-López es un intento barato de vender la mesa de diálogo como "un altavoz de legitimidad inmejorable", una "garantia de que las instituciones actuarán de forma no violenta" y un espacio donde "hacer inventario de agravios y darlos a conocer". Es la fina línea entre el director de la Escola d’Administració Pública de 2022 y el Artur Mas que quería "cargarse de razones" de 2012. Es, otra vez, pensar que porque tienes razón y eres bueno y generoso, España se compadecerá de ti y se convertirá en todo aquello que deseas y hará todo lo que quieras. Es la estrategia del perezoso que piensa que la gracia divina trabaja sola. España es nuestro tío tóxico y nosotras somos la chica que confía en que cambiará. Lo siento.
En algún momento del hilo de tuits, Ismael tiene la cara de escribir que "uno de los problemas de la política actual es que el orgullo pasa por delante de la autoridad". Es una manera cínica de explicarnos cómo su falta de autoestima —que él llama orgullo para cargar de connotaciones negativas todo aquello que suena liberador— nos hipoteca a todos. El orgullo y el amor siempre tienen que ponerse al servicio de la defensa de lo que amas. Si no, son inútiles. Incluso cuando el resultado es la confrontación. Sobre todo cuando el resultado es la confrontación. No hay ningún soldado que luche por odio a quien tiene enfrente. Todos luchan por amor a los que tienen detrás. Excepto los nuestros, que luchan para que los que tienen enfrente entiendan que quizás, en todo caso, si les va bien, si piensan que lo que decimos tiene sentido, dejen de atacarnos. Ismael habla de orgullo porque sabe que si habla de autoestima, el relato se le desmonta y la alternativa es dejar de pactar documentos que fijen el marco de la mesa de negociación mientras se cargan el catalán en la escuela, dejar de ser pedagógica con el indigente emocional de turno, e irse. Si Ismael quiere jugar a las metáforas de baja estofa para hablar de la mesa de negociación y del diálogo con quien ha entendido perfectamente que la finalidad del diálogo es tenernos distraídos, yo sé más.