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Regreso de vacaciones y sin sorpresas: España sigue dando una imagen de Estado desaliñado, nada confiable y gobernado por personajes que creen que un cargo político es un derecho divino y no un servicio ciudadano. Todo lo que ha pasado este verano no hace más que remachar el clavo que los catalanes ya habíamos probado en propia piel cuando intentamos ejercer nuestro derecho democrático: el absoluto desprecio hacia las reglas de la democracia. Y no solo en lo que se refiere al evidente control ideológico de los diversos poderes del Estado, sino sobre todo por el desacomplejo con que se saltan las normas básicas del ABC democrático.

Pongo la lupa en estos días de agosto que personalmente he vivido a miles de kilómetros, con la mirada limpia que otorga la distancia física. Me fui cuando empezaban a quemar cientos de miles de hectáreas, devoradas por unos incendios que parecían no tener fin. Desesperación de la gente, destrucción de patrimonio, catástrofe ecológica y, justo en aquel momento, el presidente Pedro Sánchez decidía que se iba de vacaciones. Uno pensaría que no era el momento, que había que dar explicaciones por la falta absoluta de previsión, desde los incendios del año pasado a los de este año; por la pérdida del dinero de Next Generation que había destinado y se había perdido en los agujeros de la ineptitud; por la inexistencia de un plan básico de coordinación; por… No era el momento, pero La Mareta lo esperaba y, como ha demostrado sobradamente, a Sánchez nada lo despeina.

No era el momento, pero La Mareta lo esperaba y, como ha demostrado sobradamente, a Sánchez nada lo despeina

Dos semanas fuera, y de regreso de vacaciones, estalla la invasión de Ceuta por parte de decenas de miles de migrantes, la imagen internacional de España se arrastra por el fango y el presidente… continúa de vacaciones. Si su ausencia en plena ola de fuegos resultaba un gesto brutal de falta de empatía, su ausencia en plena crisis fronteriza es un acto de grave irresponsabilidad que remacha el escaso prurito democrático que respira la cultura política española. Los hechos, sumados uno tras otro, son una multiplicación de despropósitos. Primero el Gobierno es incapaz de detener la avalancha migratoria que literalmente asalta la frontera e invade Ceuta. En este punto ya se perciben dos causas, a cual más grave: o los servicios de inteligencia no se enteraron de la avalancha y, por lo tanto, demuestran una inutilidad severa, o lo sabían, informaron y la Moncloa es incapaz de detenerlo. Al mismo tiempo hay que sumar un tercer punto también grave: la demostración reiterada de que Marruecos mueve la política exterior española como si fuera un títere. De ahí que España se pelee con Italia, y ni siquiera pida explicaciones a Marruecos. A partir de aquí, todo rueda hacia abajo. No saben cómo gestionar la crisis de los miles de personas que todavía están dentro; abandonan a la gente de Ceuta a su desesperación; minimizan la crisis social y sanitaria que todo ello representa, y se niegan a dar explicaciones públicas, a pesar de la obligación que tienen legalmente. Y el presidente continúa de vacaciones…

Algunas conclusiones rápidas. La primera: la política exterior de Sánchez —errada en gestos y alianzas— ha añadido más vulnerabilidad a la solidez internacional de España. La segunda: la política interior, presionada ideológicamente sin ningún filtro —como ahora la regulación de más de un millón de personas—, envía mensajes de colador migratorio que tienen a la mayoría de los países de la UE horrorizados. La tercera: empeora la imagen de país poco confiable, incapaz de controlar las fronteras más vulnerables, poniendo en peligro la misma frontera de Schengen. La cuarta: Marruecos gana por goleada y confirma públicamente la vulnerabilidad de España, la cual usará cada vez que lo necesite. Y la quinta: la probabilidad de que se vuelva a producir una avalancha migratoria de esta naturaleza y dimensiones es tan alta como evidente la falta de previsión del Estado para impedirlo.

Queda una última conclusión: la confirmación de que Sánchez se burla de todo, convertido en un presidente pegado a la trona con cemento, indiferente al juego democrático que exige las explicaciones públicas de los errores, las responsabilidades asumidas y las dimisiones pertinentes cuando ocurre un hecho de esta gravedad. Por el contrario, se permite negar las respuestas obligadas, impide la presencia de los ministros en las convocatorias del Senado y se entretiene inaugurando eclipses mientras continúa de vacaciones. ¿Nos imaginamos al primer ministro alemán yéndose de vacaciones con media Alemania ardiendo y con su frontera vulnerada por la entrada de cientos de miles de personas? ¿Nos lo podemos imaginar negando las explicaciones públicas pertinentes? ¿Podemos imaginar que no se produzcan dimisiones? Etcétera...

La Mareta como símbolo del poder indecente, aquel que se asienta en la idea del privilegio y no en el servicio al ciudadano.