Casi como si fueran los enanos o las mujeres barbudas que, buscando la gracia a base de menosprecio, se exhibían en ferias y circos, en las últimas horas a una parte de la prensa española le ha interesado, y mucho, el hecho de que en algunos entrenamientos de la selección española suene el catalán. A veces, aplicar la lógica y la matemática más elemental explica situaciones que a ojos del prejuicio resultan paranormales. Si en un entrenamiento se hace un rondo (un pequeño grupo de cuatro o cinco jugadores se van pasando el balón y el que está en el medio lo tiene que interceptar) y los jugadores que lo forman son Eric Garcia, Dani Olmo, Pau Cubarsí y Lamine Yamal, resulta bastante lógico que la lengua que suene sea la que habitualmente hablan entre ellos, la que han aprendido en la escuela y que dominan perfectamente: el catalán.
Lejos de ver este hecho como un elemento de riqueza e incluso de patrimonio a lucir, el statu quo español señala esta circunstancia como una anomalía. E incluso se echa las manos a la cabeza cuando en este rondo entra un jugador no catalán, como Nico Williams, y hace el gesto de intentar aprender algunas palabras para integrarse en este corro catalanohablante. Seguramente influido por la sensibilidad lingüística que tiene por el hecho de vivir en Bilbao, Nico Williams considera que no pasa nada por aprender algunas expresiones como "l'has tocat tu". De hecho, este ejercicio de entrenamiento tampoco es que acabe desembocando en la declamación de Les tombes flamejants de Ventura Gassol. En principio son solo unos cuantos toques de balón para practicar el pase al primer toque.
Que dos catalanes hablen el catalán entre sí es lo más normal del mundo, como en castellano
Muy al contrario, el españolismo considera que si Nico Williams entra en un círculo de cuatro catalanes que lo hablan, los cuatro tienen que ceder y dejar de hablar la lengua del 80 % de los integrantes para pasar a la del 20 %. Esta es la misma lógica que ha imperado en centenares de casos, como aquellas clases de universidad con nombre de filólogo en las que el 95 % de los alumnos entienden el catalán y, con un 5 % de Erasmus o latinoamericanos, el 100 % de la lección se acaba dictando en castellano. El quid de la cuestión es que cuando estos porcentajes mayoritarios pasan con cualquier otra lengua, como el castellano, nadie lo discute. Si en un aula de la Universidad Carlos III de Madrid hay un 95 % de alumnos que entienden el castellano y asiste un 5 % de holandeses, alemanes o norteamericanos que solo entienden el inglés, es evidente que la clase se seguirá haciendo en castellano. De la misma manera que si en el rondo están Marcos Llorente, Borja Iglesias y Rodri, y entra Marc Cucurella, el idioma del rondo seguirá siendo el castellano.
Este hecho se añade a otra situación lingüística muy gráfica que se ha visto en el Mundial. En la rueda de prensa previa al partido entre Brasil y Marruecos, un periodista español hizo una pregunta en castellano a Vinícius. El jefe de prensa de la selección brasileña cortó en seco la intervención y recordó que las dos únicas lenguas permitidas en la sala de prensa son la de la selección concreta (en este caso el portugués) o bien el inglés. La prensa española puso el grito en el cielo porque tanto Vinícius como el periodista se podían entender perfectamente en castellano. En este Mundial, la Liga española aporta 81 jugadores de 30 nacionalidades diferentes y es evidente que, en pleno mercado de fichajes, los periodistas españoles les quieran hacer preguntas. Así las cosas, por ejemplo, ante la disputa del Países Bajos – Suecia, es posible que el castellano esté presente porque el holandés De Jong —del Barça— y el sueco Starfelt —del Celta— lo hablan perfectamente. La FIFA ha cedido y ha entendido que, si dos interlocutores entienden el castellano, la pregunta se puede hacer en castellano. Ahora solo hace falta que quien lo entienda sea España: cuando dos catalanes hablan en catalán delante de alguien que no los entiende también es —como en el castellano— lo más normal del mundo. Del mundo mundial.
