Cuando hace un mes del inicio de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, el balance actual dibuja un escenario mucho más complejo de lo que había previsto la Casa Blanca. En estas cuatro semanas, el relato de Donald Trump ha evolucionado al ritmo de una respuesta iraní que ha complicado los planes iniciales de Washington. Lo que debía ser una victoria rápida —con el asesinato de Alí Jamenei como detonante— ha derivado en una búnkerización del poder en Teherán, donde las interminables líneas de sucesión y el paso adelante de la Guardia Revolucionaria han alejado la posibilidad de un cambio de régimen. Ahora, el conflicto se abre a dos escenarios inciertos: una salida negociada o un “golpe final” norteamericano, que podría implicar incluso el despliegue de tropas terrestres. 

En este mes, Trump ha ido modulando su discurso en un intento de esquivar el callejón sin salida en el que ha quedado atrapada la administración republicana. Inicialmente, insistía en que el conflicto estaba “prácticamente terminado”; después rebajó el tono asegurando que “se acabaría pronto”. Los mensajes del republicano, sin embargo, han chocado reiteradamente con la realidad sobre el terreno. El presidente, que antes de volver a la Casa Blanca prometía acabar la guerra de Ucrania en 24 horas —cuando el conflicto ya acumula cuatro años—, intenta proyectar una imagen de control que no se corresponde con la percepción que se respira en Washington, donde diversos sectores del Congreso aseguran que el ejecutivo no ha dejado de improvisar. La prueba más evidente es el bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, una vía por donde circulaba cerca del 20% del petróleo y el gas mundial y que se ha convertido en el principal punto de presión de Teherán. La interrupción de esta arteria clave del sistema energético global ha desencadenado una crisis inmediata en los mercados, con el precio del barril de Brent superando los 100 dólares por primera vez desde 2022.

Pérdida de confianza

A la crisis económica se añade otro elemento que preocupa a Washington: la erosión de la confianza de sus aliados en el Golfo. Durante décadas, países como Emiratos Árabes Unidos habían construido su atractivo económico y turístico sobre la estabilidad que les proporcionaba la alianza con Estados Unidos. Pero los ataques reiterados de Irán han roto esta percepción de seguridad. Este mismo jueves, un ataque en Abu Dabi ha dejado dos víctimas mortales más. Ciudades como Dubái, convertidas en grandes hubs internacionales, ven ahora cómo su imagen se deteriora rápidamente. El impacto de la guerra ha sido inmediato, con los inversores extranjeros atrapados o buscando salir del país y la sensación de que la protección norteamericana ya no es garantía ante la escalada militar.

Un hombre camina por terrazas vacías en el centro de Doha, Catar / EFE

Codo con codo con Israel, Estados Unidos ha conseguido victorias relevantes sobre la estructura del régimen iraní, decapitando la cúpula del régimen y golpeando su infraestructura militar. Según el Comando Central norteamericano, desde el inicio de la guerra se han atacado más de 10.000 objetivos en Irán. Sin embargo, la estrategia de Teherán con ataques quirúrgicos allí donde hace más daño a la economía mundial y sirviéndose de la ayuda de aliados como Rusia y Hizbulá ha desestabilizado los planes de Washington. El escenario ha obligado a Trump a rebajar el tono triunfalista y a abrir la puerta a una salida negociada. De hecho, Estados Unidos ya ha trasladado a Irán un plan de 15 puntos para poner fin al conflicto, que incluye limitaciones al programa nuclear y garantías sobre el tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz.

“No tildes de acuerdo tu derrota”

Teherán ha rechazado frontalmente esta propuesta y ha dejado claro que no aceptará condiciones impuestas desde Washington. Según fuentes del régimen citadas por medios estatales, el plan estadounidense es “excesivo” y “no es positivo”, e insisten en que el final de la guerra solo llegará cuando lo decida la República Islámica. En lugar de aceptar la iniciativa de Estados Unidos, Irán ha fijado sus propias líneas rojas, como el fin inmediato de los ataques estadounidenses e israelíes, garantías de no agresión, compensaciones por los daños causados y el reconocimiento de su soberanía sobre el estrecho de Ormuz. "No llames acuerdo a tu derrota. La era de tus promesas ha terminado", ha dicho Irán a Trump.

A escala interna, la guerra ha abierto fisuras políticas y malestar en Estados Unidos, especialmente por la percepción de que Israel ha arrastrado a Washington hacia un conflicto que era evitable. Ya en la primera semana, Reuters recogía que el secretario de Estado, Marco Rubio, admitió que la implicación estadounidense respondía en parte a la certeza de que Israel actuaría igualmente y al temor de una eventual represalia iraní contra instalaciones estadounidenses en la región. Con el paso de los días, la tensión se ha acentuado, hasta el punto de que el funcionario de más rango en materia de antiterrorismo dimitió por no estar de acuerdo con la guerra en Irán. El ya exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, escribió en su carta de renuncia que Irán “no representaba ninguna amenaza inminente” para Estados Unidos y que la guerra había comenzado “a causa de la presión de Israel y de su poderoso lobby estadounidense”. Ahora bien, cabe decir que son conocidos los vínculos de Kent con el supremacismo blanco y círculos antisemitas.

El exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent / Europa Press

En Israel, en cambio, el gran beneficiado políticamente del conflicto es el primer ministro Benjamin Netanyahu. Aunque el país vive ahogado por los constantes bombardeos iraníes y los ciudadanos están agotados por las horas pasadas en los búnkeres, el ejecutivo hebreo ha conseguido redirigir el foco político. La guerra ha relegado a un segundo plano la crisis de la Franja de Gaza y ha impulsado la invasión israelí del sur del Líbano, a la vez que ha reforzado un clima de mayor consenso nacional. En este contexto, Netanyahu ha vuelto a situarse en el terreno donde se siente más cómodo, el de la seguridad, desplazando el foco de la erosión interna que arrastraba, un factor clave a las puertas de un año electoral, con elecciones previstas para octubre.