La ofensiva lanzada por Estados Unidos e Israel ha desembocado en una guerra con Irán que ya se alarga dos semanas y que ha superado con creces el marco inicial del conflicto. La contraofensiva de la República Islámica ha golpeado hasta catorce países y ha derivado en una crisis regional con consecuencias globales. El primer impacto ya es visible en los mercados energéticos. El precio del petróleo se ha disparado y la tensión en el Golfo Pérsico no ha dejado de aumentar. Mientras tanto, Teherán aún conserva la mitad de su arsenal de misiles y reservas de uranio enriquecido. La muerte de el ayatolá Ali Khamenei, lejos de provocar el colapso del régimen, parece haberlo endurecido. No hay colapso y todo ello se ha convertido en un auténtico quebradero de cabeza para la Casa Blanca. Donald Trump aún no tiene un plan claro para poner fin a la guerra. Washington ha estudiado diferentes escenarios —desde apoyar una rebelión kurda hasta controlar la isla de Kharg, clave para la exportación de petróleo iraní— pero continúa sin tomar ninguna decisión. Aunque el presidente afirma que Estados Unidos ya ha ganado “en muchos sentidos”, la realidad es que aún no sabe cómo terminará esta guerra.

Trump ha intentado calmar los mercados en medio de esta escalada. El lunes aseguró que el conflicto terminaría “muy pronto” y, dos días después, en una entrevista telefónica con Axios, insistió en que la guerra con Irán no se alargaría porque ya no queda “prácticamente nada” por atacar. El Pentágono también descartó la posibilidad de una guerra prolongada. Lo dijeron después de que el petróleo superara los 100 dólares por barril por primera vez desde 2022, una medida claramente orientada a relajar los mercados. Sin embargo, mientras Washington intenta transmitir calma, Teherán golpea allí donde hace más daño a la economía: oleoductos, petroleros y, sobre todo, el estrecho de Ormuz, desencadenando una nueva crisis global del petróleo. La estrategia es también un aviso a los países del Golfo, que observan con inquietud el impacto del conflicto en sus intereses energéticos y presionan a Washington para que la guerra deje de alterar el mercado.

El estrecho de Ormuz es una arteria clave del sistema energético mundial. Por este paso marítimo circula aproximadamente el 20% del petróleo y el gas que se comercia en el planeta, y países como Irak, Kuwait o Catar dependen completamente de esta ruta para exportar su crudo. Además de cortar el tráfico por el estrecho, Irán ha empezado esta semana a colocar minas navales en la zona. Eliminarlas podría requerir semanas, aunque el ejército estadounidense afirma haber destruido varios barcos mineros iraníes. La tensión ha sacudido los mercados energéticos y ha obligado a reaccionar a la comunidad internacional. Los miembros de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) han acordado desbloquear 400 millones de barriles de reservas estratégicas —el equivalente a unos 20 días de tráfico normal por Ormuz— en la que sería la operación más grande de este tipo en la historia. La Casa Blanca, preocupada por la crisis, participará. El secretario de Energía, Chris Wright, ha anunciado que aportarán 172 millones de barriles procedentes de su Reserva Estratégica. El proceso tardará unos 120 días en completarse.

Disminució del trànsit marítim a l'estret d'Ormuz / EFE
Disminución del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz / EFE

“Una guerra sin fin”

Más allá del discurso triunfalista de Trump, diversas comunicaciones internas apuntan a un escenario mucho menos optimista. Según han explicado a Axios altos funcionarios estadounidenses e israelíes, Washington y Tel-Aviv ya se preparan para al menos “dos semanas más de ataques” contra Irán. Al mismo tiempo, en los pasillos del Congreso crece la percepción de que la administración está improvisando. El senador demócrata Chris Murphy, representante de Connecticut, relató después de una sesión informativa con el ejecutivo republicano que las reuniones con el gobierno se hacen a puerta cerrada porque “Trump no puede defender esta guerra en público”. Según Murphy, en aquel encuentro los responsables de la administración admitieron que “no tienen ningún plan” para reabrir el estrecho de Ormuz y que tampoco saben cómo hacerlo “de manera segura”. La estrategia actual de Washington pasa por destruir misiles, barcos y fábricas de drones iraníes de manera masiva. Pero, según el senador, hay una pregunta que nadie sabe responder: ¿qué pasará cuando cesen los bombardeos e Irán vuelva a producir armamento? La respuesta del gabinete de Trump fue continuar atacando, un escenario que Murphy resume como “una guerra sin fin”.

En cuanto a la estabilidad del régimen persa, durante las semanas previas al estallido de la guerra, Trump había instado a los iraníes que habían salido a las calles para protestar contra la crisis económica a rebelarse contra el poder. Aquellas movilizaciones, sin embargo, fueron reprimidas con una dureza extrema por las fuerzas de seguridad, con decenas de miles de muertos. Después de los primeros bombardeos de Estados Unidos e Israel, el presidente estadounidense volvió a animar a la población a iniciar una revolución, aprovechando que Khamenei había muerto en uno de los ataques. Pero la realidad sobre el terreno ha sido muy diferente. Las calles de Teherán continúan prácticamente desiertas. El temor a los bombardeos pesa más que el espíritu revolucionario, así como el profundo antiamericanismo arraigado en una parte de la sociedad a raíz de la dictadura del Sha Mohammed Reza Pahlavi.

En este contexto, Trump ha ido rebajando sus aspiraciones. Sin tropas sobre el terreno y limitándose a los bombardeos aéreos, la misma Casa Blanca asume que la República Islámica difícilmente se desmoronará. El presidente ya no habla abiertamente de un cambio de régimen y ha pasado a aspirar, como mucho, a influir en la elección del nuevo líder, como ya hizo en Venezuela después de la captura de Nicolás Maduro. Tampoco lo ha conseguido. La Asamblea de Expertos ha designado finalmente Mojtaba Khamenei como nuevo líder supremo, un perfil que no agrada a Trump. De puertas adentro, el senador presente en la sesión informativa sobre la guerra añadió que “el cambio de régimen tampoco está en la lista”.

Los norteamericanos rechazan la guerra

La guerra es profundamente impopular entre la opinión pública estadounidense. Según un sondeo de Reuters/Ipsos, solo un 25% de los ciudadanos apoyan los ataques de Estados Unidos contra Irán. Paralelamente, el índice de aprobación de Trump como presidente también se mantiene muy bajo. El sondeo de la CNN del 11 de marzo situaba el voto favorable alrededor del 38%, mientras que un 59% lo desaprobaban. El líder de la Casa Blanca se encuentra en una posición muy complicada. Mientras continúa reivindicando éxitos militares en Oriente Medio, Irán mantiene su capacidad de respuesta y la crisis energética continúa tensionando los mercados. El relato de Washington habla de un conflicto a punto de terminar, pero los hechos apuntan a lo contrario. Trump se encuentra en un callejón sin salida, y es aún más preocupante para el actual gabinete republicano teniendo en cuenta que las midterm están cada vez más cerca. Unos malos resultados podrían debilitar aún más la posición del presidente en el Congreso y abrir la puerta a iniciativas como un eventual impeachment.