El conflicto entre Estados Unidos e Irán vuelve a escalar y ya no se limita al intercambio de misiles entre los dos países. En las últimas horas, Teherán ha respondido a los nuevos bombardeos norteamericanos con ataques contra intereses de EE.UU. en varios puntos de Oriente Próximo, en una cadena de acciones que amenaza con arrastrar a otros países de la región y de reabrir una crisis con consecuencias globales.
La Guardia Revolucionaria iraní ha asegurado que ha atacado instalaciones norteamericanas en Baréin, Kuwait, Jordania e Irak. En Jordania, el ejército ha informado de la intercepción de diez misiles balísticos lanzados desde Irán, aunque no ha confirmado impactos ni víctimas en el campo de entrenamiento norteamericano de Camp Titin, situado cerca de la frontera con Israel y Arabia Saudita. Tres misiles más habrían caído en zonas remotas.
En Kuwait también se han registrado ataques con misiles y drones, mientras que en Baréin las sirenas de alerta aérea han sonado durante la madrugada. La Guardia Revolucionaria afirma, además, haber atacado una base de los EE.UU. en Erbil, en el Kurdistán iraquí.
Washington, por su parte, ha confirmado una nueva oleada de bombardeos contra objetivos de la Guardia Revolucionaria. El Mando Central de los Estados Unidos asegura que la operación responde a los intentos de atacar barcos comerciales en el estrecho de Ormuz y a las acciones contra militares norteamericanos.
Una amenaza que va más allá
Pero es precisamente Ormuz, el paso marítimo por donde circula una parte esencial del petróleo mundial, lo que convierte esta nueva escalada en una amenaza que va mucho más allá de las fronteras de la región. Después de los ataques del fin de semana y de los informes sobre dos petroleros afectados, los precios del crudo ya han empezado a subir. Teherán ha ido todavía más lejos y ha advertido que, si Irán no puede exportar petróleo desde el Golfo, tampoco lo podrá hacer ningún otro país.
La tensión llega después de seis meses de conflicto en que la confrontación había ido desplazándose progresivamente del campo militar hacia las sanciones, los bloqueos y la presión económica. Ahora, sin embargo, esta tregua de facto parece romperse. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ha asegurado que Teherán está dispuesto a reanudar los compromisos del memorándum de junio si Washington hace lo mismo, pero las declaraciones de ambos bandos apuntan en sentido contrario.
Una guerra que no se acaba
Donald Trump ha advertido que cualquier nueva respuesta iraní recibirá un ataque "mucho más duro y a un nivel superior". En Teherán, la Guardia Revolucionaria ha prometido que Estados Unidos "lamentará" los nuevos bombardeos.
La consecuencia más inmediata es que el conflicto vuelve a tener una dimensión regional. La presencia militar estadounidense en varios países del Golfo convierte cualquier nueva operación iraní en un potencial detonante, mientras que el control del estrecho de Ormuz sitúa el mercado energético mundial ante un nuevo factor de incertidumbre.
Y mientras Washington y Teherán intercambian amenazas, el coste de la escalada ya empieza a salir del campo de batalla: cuatro personas, entre ellas un menor, han muerto en Kuhestak, según la Media Luna Roja iraní, después de que la metralla de un ataque estadounidense impactara en una vivienda donde se celebraba una boda.
