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Sant Antoni de Calonge es uno de los destinos de la Costa Brava más interesantes. Su historia no difiere de otras poblaciones costeras cercanas: un pequeño núcleo marinero que dependía de una población de interior y que, con el boom turístico de los años 60 del siglo pasado, inició un camino que lo ha convertido en destino ideal para turismo de familias. Calella, de Palafrugell o Platja d’Aro, de Castell d’Aro, son otros ejemplos, sin olvidarnos del s'Agaró conceptualmente creado por el empresario Josep Ensesa i Gubert y ejecutado por el genial arquitecto Rafael Masó. Y que, cien años después, continúa siendo faro de un ideal de belleza de la Costa Brava que todos los veraneantes, locales y foráneos, compramos y disfrutamos.

De entre una población eminentemente dedicada a la agricultura, la pesca y dependiendo de cómo, del corcho, algunas familias pioneras vieron el potencial del turismo y alternaron sus oficios y tareas profesionales habituales con una nueva, para los meses de verano. A menudo, implicando a toda la familia, abriendo su casa de forma humilde y, poco a poco, profesionalizándose. Así fue para los Comas, en el Hotel Aradi de Platja d’Aro, para los Camós en el Vostra Llar de Palamós o incluso para los Colomer del Hotel Trias de Palamós (antes Trias). Los Badosa no fueron ajenos y Carme toma el relevo en el Hostal Olga, en Sant Antoni de Calonge.

La bandeja de pescado del Hostal Olga. / Foto: Marta Garreta

"El Hostal Olga se sigue nutriendo de la calidez, la hospitalidad y el anfitrionaje de Carme, unos valores de fonda y de gestión familiar que para nosotros son como un faro". Quien lo asevera no es ningún sobrino, nieto ni hijo de primo, es Francesc Guarro. Es de Sabadell, hijo de una estirpe de empresarios del textil que, con la crisis, se reinventó en el sector de la restauración y que al conocer el Hostal Olga, su historia y a Carme, entendió que compraría el hostal de los Badosa para hacerlo crecer desde el homenaje. Lo adquirió hará cinco años, un junio caluroso, y con su familia embistieron la temporada de verano para entender qué era el Olga, cuál era su esencia y qué perfil de cliente tenía. Sus clientes habituales, que volvían al Olga sin contar con la memoria, tacto y elegancia de Carme, fueron los testimonios que permitieron a los Guarro decidir el futuro del Hostal Olga.

El Hostal Olga sigue siendo de gestión familiar: a Francesc se le une Pau Guarro, uno de sus dos hijos, formado en el Basque Culinary Center

El gran paso adelante radica en incorporar un restaurante, capitaneado por Francesc. Y es quizás su historia personal la que mejor puede definir qué se puede encontrar el comensal: se forma con oficio, de la mano de Jesús Jiménez ("un cocinero de cazuelas que me enseñó a cocinar"), trabajando juntos codo con codo para sacar adelante el restaurante La Rambla de Sabadell, erigido en la finca familiar que previamente, alojaba una carnicería que no acababa de funcionar del todo bien. Corren los años 90 y Francesc, habiendo participado como socio minoritario de la formación de lo que en unos años se convertiría en el Grup Andilana, decide arriesgarse, añadir un restaurante a La Rambla e inspirarse en un modelo de éxito que conocía de primera mano: La Fonda, el primer proyecto del Grup Andilana que abre en la calle Escudellers. Un 'bueno, bonito, barato' que la también sabadellense Carme Casas (periodista y la primera en ejercer la crítica gastronómica) acuñó para definir este particular estilo, destacando un ticket medio accesible, la profesionalidad de su servicio y el encanto de su comedor con grandes vidrieras.

La ensaladilla rusa del Hostal Olga. / Foto: Marta Garreta

Cuando Jesús se jubila, Francesc siente que hay que evolucionar y se matricula en la Hoffmann. La Rambla despega como un cohete, y no pasarían más de diez años hasta que el destino volviera a poner un proyecto ilusionante delante del chef y empresario: el Hostal Olga se traspasa, es pandemia y tiene muchos "novios". Pasará más de un año hasta que, pasados unos días desde una conversación final con Carme en la que Francesc le asegura que el Olga seguirá llamándose igual y siendo un pequeño hotel familiar, recibiría la noticia de que los Badosa le aceptaban la oferta. Los ojos de Francesc brillan cuando explica esta historia y da gusto acompañarlo por el hotel saludando a los huéspedes, cálido y solícito, haciéndolos sentir como en casa.

Sepionetas con papada ibérica y rebozuelos del Hostal Olga. / Foto: Marta Garreta

El Hostal Olga sigue siendo de gestión familiar: a Francesc se le une Pau Guarro, uno de sus dos hijos, formado en el Basque Culinary Center y con trayectoria en el mítico Narru de Donosti y en el Desde 1911 madrileño. Se mueve por la sala como pez en el agua, desplegando carisma y vendiendo el producto fresco de lonja del día que muestra en una bandeja (y que se cocinan enteros, hechos a la donostiarra): "Besugos, rodaballo, gamba roja de Palamós, calamares de potera de Blanes", seduce Pau con la lista. La escorpena, que pocos días falla, se cocina al estilo de Cesc (Francesc), a medio camino entre la tradición thai y la peruana, con las escamas bien crujientes y comestibles.

Para los amantes de los arroces, no faltan ni la paella marinera o el caldoso de bogavante ni una fideuá tradicional, con medallones de rape, muselina de ajo y gambas del vecino Palamós

Un rodaballo braseado, listo para limpiar y comer, en el Hostal Olga. / Foto: Marta Garreta

Así pues, la gastronomía del Olga es un compendio de la historia de Francesc, un cocinero y empresario de gran intuición y olfato: una carta corta de cocina marinera que se complementa con los fuera de carta de producto, donde se encuentran las piezas grandes y especiales, siguiendo el modelo vasco (fantástico rodaballo a la donostiarra con una parmentier clásica y pimientos rojos confitados). Como entrantes, hay que disfrutar del servicio de pan con mantequilla casera de oliva kalamata y aceite local (de A Pasito Lento, proyecto de Calonge) o de la magnífica ensaladilla rusa. Si están en los fuera de carta, imprescindible probar las sepionetas con papada ibérica, rebozuelos y salsa de su tinta, un bocado meloso y sabroso.

Para los amantes de los arroces, no faltan ni la paella marinera o el caldoso de bogavante ni una fideuá tradicional, con medallones de rape, muselina de ajo y gambas del vecino Palamós. Una carta pensada para muchas tipologías de comensales que tengan en común unos rasgos muy concretos: gourmets, disfrutadores de la sobremesa y de los buenos vinos. Para todos ellos, el Hostal Olga es y será su casa: una casa en construcción ("Olga todavía me dice qué necesita", apunta Francesc, responsable también del interiorismo) que recientemente ha incorporado un spa, una azotea elegante y acogedora para alargar las sobremesas hasta la caída del sol y unas habitaciones modernas, funcionales, estéticas y cómodas. Si Guillem, el hermano de Pau e ingeniero industrial, sigue el gusanillo que le nace dentro, pronto se sumará a un proyecto que dará continuidad, calidez y un sentido elegante de la hospitalidad a un Sant Antoni de Calonge que necesita proyectos así para no perder su esencia.