Hay restaurantes que buscan sorprenderte con lo que llega a la mesa y los hay que empiezan a hacerlo desde el momento en que abres la puerta. A Lloc, en Torelló, la sorpresa no es estridente. Está en los detalles: la madera, el blanco, las baldosas verdes, una estética de casa mediterránea de los años setenta y una vajilla que también participa del juego. Piezas actuales conviven con dibujos florales azules, relieves, cenefas y algún ribete dorado que podría haber formado parte de la mesa de una casa de antes. Y delante de la cocina, un suelo y una pared de un verde profundo, casi el color del mar cuando se mira hacia el fondo. Todo parece pensado para recuperar una cierta memoria. Una casa reinterpretada. Una cocina también.
A Lloc es el proyecto de Ernest Sabatés Urgell y Pol Cordomí Altés, dos amigos de Torelló que han llegado al restaurante después de un recorrido poco convencional. Durante la pandemia empezaron cocinando para los amigos. Aquella actividad acabó convirtiéndose en Al Gra Càtering, proyecto que se profesionalizaría a partir de 2022. Después llegaría La Saïmeria, una food truck de ensaimadas saladas. Y, finalmente, A Lloc, abierto en enero de este 2026.
No hay que renunciar al recetario tradicional para hacer cocina contemporánea. A veces solo hay que cambiarle la forma

No es, por lo tanto, una aventura improvisada. Es el resultado de unos cuantos años de probar, cocinar, servir, organizar e ir descubriendo qué cocina quieren hacer. Ahora tienen un lugar propio donde concentrar toda esta experiencia. Y es en la mesa donde la propuesta acaba de tomar sentido. La cocina de A Lloc no parece querer demostrar que sabe hacer técnica; la técnica está, pero está al servicio de una idea más interesante: jugar con la memoria. Coger sabores que reconocemos y llevarlos hacia otro lugar. La cena empieza con pan de masa madre y mantequilla de grasa de pato. Un inicio aparentemente sencillo que ya deja entrever una manera de hacer: incluso aquello que acompaña puede tener personalidad. Después llega el crujiente de carbonara, un wanton con emulsión de carbonara, papada ibérica y queso El Barroc de la Formatgeria El Miracle. Italia y Asia pasan por Torelló, pero el plato no parece una suma arbitraria de referencias. Hay juego, técnica y también territorio.

La misma operación aparece en las croquetas de fricandó con alioli suave y seta de cardo escabechada. El fricandó es memoria catalana; la croqueta, otra manera de conservarla; el escabeche le pone la acidez y la seta de cardo, el bosque. No hay que renunciar al recetario tradicional para hacer cocina contemporánea. A veces solo hay que cambiarle la forma. La calabaza escalivada con kimchi de zanahoria y rábano, tahina de anacardos, brotes de mostaza y aceite de perejil insiste en esta manera de entender la cocina. La escalivada nos es cercana, casi doméstica. El kimchi y la tahina nos llevan mucho más lejos. Pero la gracia es precisamente esta conversación entre mundos: una técnica que reconocemos, reinterpretada con sabores que no forman parte de nuestro recetario más tradicional.
El arroz meloso de capipota con tirabeques, emulsión de azafrán y mostaza es probablemente uno de los platos que mejor resume la filosofía de A Lloc

Hay platos que, en cambio, ponen el territorio por delante. La ensalada de tomates sobre una cama de brandada de bacalao es un buen ejemplo de cómo construir un plato sencillo sin hacerlo simple. El tomate aporta frescura y la brandada hace de base cremosa, casi de salsa. Para acabar, unos microbrotes de albahaca thai de Can Garús de Llers (Alt Empordà). Una hierba que aromáticamente nos lleva lejos, pero que tiene raíces muy cerca. En otro plato, los microbrotes cultivados en el Alt Empordà vuelven a recordar que la proximidad también se puede explicar en pequeño formato. Los rebozuelos confitados con salsa de tupinambos y cebolla de Figueres nos devuelven a un paisaje más reconocible: bosque, tierra y huerta. Y el arroz meloso de capipota con tirabeques, emulsión de azafrán y mostaza es probablemente uno de los platos que mejor resume la filosofía de A Lloc. Una base inequívocamente nuestra, pero con ganas de salir de la línea recta. La tradición no desaparece: se transforma.

En los postres, el juego continúa. El flan de huevo cremoso llega con cinco especias —clavo de olor, pimienta de Sichuan, canela, anís estrellado y fenogreco— y convierte el final de la comida en una especie de concurso improvisado. "A ver si las encontráis", te proponen. Es una manera sencilla de entender qué significa esto de cocina y cultura: no limitarse a dar de comer, sino provocar conversación. El melocotón en almíbar con helado de yogur, limón y nata aromatizada con las pieles del mismo almíbar cierra la cena con otra idea que parece importante en la casa: el aprovechamiento. Incluso aquello que normalmente descartamos puede tener una segunda vida.
A Lloc no intenta hacer una cocina catalana estrictamente ortodoxa, ni necesita acumular ingredientes exóticos para demostrar que es contemporánea
Quizás lo más interesante de A Lloc es que esta voluntad de reinterpretar no queda limitada al plato. Se respira en el espacio y se ve en los detalles. Hay una mirada hacia el pasado, pero no hay nostalgia. La vajilla puede recordar la de casa de los abuelos, pero la cocina no quiere quedar atrapada en aquella mesa. El verde profundo puede evocar el mar, pero los platos tienen ganas de salir a navegar.

A Lloc no intenta hacer una cocina catalana estrictamente ortodoxa, ni necesita acumular ingredientes exóticos para demostrar que es contemporánea. Parte de aquello que conocemos y deja que otras culturas, técnicas y sabores entren a conversar. Y quizás esta es su gracia. Entender que mirar hacia fuera no significa dejar de mirar hacia casa. Que la tradición no es una fotografía que hay que conservar intacta, sino una historia que todavía se puede seguir escribiendo. A Lloc apenas ha empezado a escribir la suya.