Atravesar la puerta del número 2 de la calle Petritxol —aquella callejuela llena de turistas, chocolaterías y souvenirs— es un poco como entrar en el armario que te lleva a Narnias desconocidas. La vorágine del Barri Gòtic queda atrás por un momento, y de repente te encuentras en un espacio que habla catalán, que respira historia y que mezcla el silencio del papel con el ruido cálido de las conversaciones que tienen lugar en la mesa. Este es el Espai Quera, la librería más antigua de Barcelona, abierta ininterrumpidamente desde 1916 y reconocida como tal —con libros, mapas, guías y miles de historias apiladas en estantes que hacen saber desde el primer segundo que este lugar es especial.

La historia del Quera es un relato de adaptación y pasión. Fundada por Josep Quera como L’Escon, una pequeña librería dedicada al teatro y a la literatura catalana, rápidamente encontró un nicho propio dedicándose al mundo de la montaña —guiados por la pasión por el excursionismo familiar— y se convirtió en un referente dentro de esta comunidad. Con cuatro generaciones al frente, el local ha sobrevivido a guerras, transformaciones urbanas y crisis culturales, manteniendo siempre un compromiso profundo con los libros y la cultura impresa.

Es justamente esta historia la que impregna cada rincón del espacio: paredes con fotos de los antepasados que hicieron posible este legado, mapas antiguos que invitan a imaginar rutas a cumbres lejanas y estantes llenos de títulos que abarcan desde la narrativa de montaña hasta las guías más especializadas. Me senté a la mesa al lado de un mapa del Pirineo, y lo primero que hice fue situar allí casa —la Seu d’Urgell—, sintiéndome, por un instante, acompañada por aquellas montañas impresas y las voces de los miles de otros que también han pasado por aquí.

Mesa mixta
Embutidos y quesos

Pero el Espai Quera no es solo una librería histórica y fascinante: desde 2019, cuando la familia decidió incorporar un restaurante en la trastienda —donde antes estaba la antigua cocina de casa— este espacio se ha convertido también en un lugar donde comer cocina catalana de proximidad, sincera y de producto y donde la gastronomía acompaña igual de bien la lectura que la conversación entre amigos.

La oferta gastronómica sigue este espíritu: nada de filigranas, pero con producto de calidad y sabor real. Empecé con unas brava hechas al horno: patatas pequeñas, tiernas y sabrosas, servidas con un alioli suave y una salsa de tomate que no pica, pero que es rica y llena de cuerpo. Estas bravas son el perfecto aperitivo para abrir boca mientras te rodeas de libros e historias. Después, una tortilla de alcachofa sencillamente deliciosa: hecha con generosidad, con trozos abundantes de alcachofa, finita pero de gusto redondo, que recuerda aquellas recetas sencillas de casa que te hacen sonreír.

Buenos embutidos y mejores quesos

Un plato imprescindible si vas al Espai Quera es la tabla mixta: embutidos y quesos que pueden venir combinados o servirse por separado, pero que en conjunto son un homenaje a la tradición catalana. Nuestra tabla llevaba un chorizo que sudaba —de sabor potente pero equilibrado—, longaniza cortada muy finita y un queso de leche cruda de la Cerdanya junto con un seco de Teruel, acompañados de un pan de coca con tomate perfecto para mojar. Esta combinación de sabores es tan clásica como satisfactoria, y cada bocado es una pequeña celebración de productos locales.

Después llegaron unas albóndigas con tomate que me hicieron pensar en mi infancia, en las albóndigas que hacía mi abuela: sencillas pero llenas de alma. La salsa, hecha con un buen chup-chup, era de aquellas que piden pan extra para poder mojarla hasta la última gota. También hay una versión con sepia, pero el clásico siempre es un acierto y aquí se nota el respeto por la tradición.

Otro plato que me cautivó fue un planchado espectacular con pan de coca de cristal, sobrasada, brie y miel. La combinación de estos tres ingredientes —la salinidad y grasa de la sobrasada, la cremosidad del brie y la dulzura delicada de la miel— crea una armonía que es simple, pero fascinante: es de esos platos que no olvidarás fácilmente.

Pastel de queso
Pastel de queso

Y, por supuesto, el final dulce: un coulant de chocolate casero espectacular, con un toque que recuerda la avellana, cremoso e intenso, y un pastelito de queso que cierra la comida con elegancia y ligereza. Son postres que, como toda la comida de aquí, no son complicadas, pero están hechas con cuidado y con ingrediente de primera.

Visitar el Espai Quera significa, sobre todo, vivir una experiencia. No vas solo a comer; vas a compartir mesa entre libros de montaña, a perderte en conversaciones lentas, a recordar historias y a crear nuevas. Es un lugar donde la cocina catalana de proximidad se encuentra con la cultura y donde el tiempo parece haberse detenido, intacto como un libro viejo en la estantería, esperando que alguien abra sus páginas y se lo haga suyo. Y eso —comer bien, rodeado de libros y con el aire de tradición que solo un local centenario puede tener— es una razón más que suficiente para volver una y otra vez.