Muchos de vosotros seguramente habréis oído hablar de un restaurante que hay en Santa Perpètua de Mogoda (Barcelona) donde hacen unas brochetas de carne y marisco muy particulares (servidas en vertical). Es uno de esos lugares históricos que se han hecho un nombre a base de constancia y de hacer bien las cosas. Un lugar que ya casi es patrimonio de la humanidad, por lo menos para los mismos clientes. De hecho, estas brochetas, de por sí, hacen del lugar una atracción turística.
Pero el tiempo pasa. Las cosas cambian y, desgraciadamente, la vida, que es tan larga como corta, pasa su factura. Como pasa con muchos otros negocios, los propietarios se acaban jubilando y traspasando el negocio. Un negocio que explica toda una vida de éxito, y de hacer feliz a muchas personas durante mucho tiempo.
Y, de nuevo, desgraciadamente, las segundas partes no siempre funcionan. De hecho, casi nunca funcionan. Y así estamos ahora. Este, precisamente, ha sido el motivo que me ha llevado a publicar la receta de hoy: las típicas "brochetas catalanas" de cerdo. De hecho, no dejan de ser los pinchos morunos de toda la vida, pero con el toque personal de este lugar.
La importancia, pues, de esta receta radica en el adobo. He podido conseguir la auténtica receta compartida por gente cercana al restaurante (entre ellos mi cuñado Oscar Peral). Y, hoy, me hace mucha ilusión deciros que el resultado ha sido prácticamente el mismo. ¡Son estos aquellos pinchos que recordaba!
Cabe decir que hay factores que son imposibles de conseguir en un entorno doméstico, y me explicaré. La cocción en plancha industrial, la presentación en vertical, el hecho de comerlo una noche de verano en un agradable jardín, después de hacer un rato de cola, el chorro de agua de la fuente y aquellos camareros que han perdurado años y años, demostrando fidelidad y saber hacer. Todo ello conforma un espectáculo único, un lugar de reunión con la familia y los amigos, una experiencia vital que siempre recordarás. Y, curiosamente, lo que comes, los sabores, también quedan grabados en la memoria.
Y ahora, de verdad, créeme cuando te diga que estos pinchitos hechos en tu destartalada vitrocerámica de tu pisito, ¡también te quedarán de cine!
¡Vamos !
- 1 kg de carne magra de cerdo (cabeza de lomo)
- Patatas para freír
Para hacer el adobo:
- 10 g de ajo morado triturado
- 100 ml de aceite de oliva virgen extra
- 40 ml de zumo de limón o lima natural
- 3,5 g de comino molido
- 3,5 g de cilantro molido
- 2,5 g de jengibre molido
- 2,5 g de cúrcuma en polvo
- 3,5 g de pimentón
- 10 g de sal fina
- 2 g de pimienta negra molida
Prepara todos los ingredientes
Mide bien las cantidades. Es muy importante si quieres garantizar un resultado óptimo.
El zumo puede ser de lima o de limón. Yo he puesto de los dos.
Pica el ajo. Yo tengo este artefacto que te ahorra trabajo, pero no es necesario.
En un bol, echa el aceite, el ajo picado y la sal.
Ahora, échale el resto de las especias.
Mézclalo bien.
El zumo de la lima.
Déjalo reposar.
Ahora toca trabajar la carne de cerdo.
Retira la grasa más visible.
Corta el cerdo en trozos de unos 3cm x 3cm aprox. Yo los he hecho más grandes, pero eso va a gustos.
Retira toda la grasa que puedas y listo.
Como puedes ver, es importante que la carne tenga una cierta infiltración de grasa.
Y ahora sí, pon la carne a adobar.
Procura darle un buen masaje. Que penetre bien.
Y ahora sí, hay que dejar reposar la carne un mínimo de 8 horas. Yo te aconsejo prepararlo el día anterior. Y darle un par de vueltas.
Al día siguiente ya podrás preparar unas buenas patatas para acompañar la carne.
En este caso, me gusta hacerlas cuadradas al estilo brava. Déjalas en remojo un rato. Después, una vez secas, las podrás freír.
Ya puedes preparar una paella o plancha y empezar a cocer la carne.
Hay que dorar muy bien la carne por fuera, a fuego fuerte, y garantizar así que el interior no quede seco.
Cuando el cerdo esté bien dorado, directo a la mesa.
No dejes de acompañar el plato de pan con tomate e, incluso, un buen alioli.
¡Y a disfrutar amigos míos!
¡Buen provecho!
