El mes pasado decía que ir a un bar o a un restaurante siempre es una gran alegría para mí. Pero, por diversos motivos injustificables, a menudo hay personas que deciden hacer un infierno de su experiencia comiendo o bebiendo fuera, para ellos, para sus compañeros de mesa y para los profesionales que los atienden. Se enfadan, irritan al personal y, por si no fuera suficiente, todavía hay quienes consiguen salpicar al resto de clientes con su mala conducta. Hay clientes que son unos demonios porque no la hacen una vez, sino que la hacen siempre. Como decía Séneca o San Agustín (nunca ha quedado del todo claro): equivocarse es humano, persistir en el error es diabólico. Valga esta lista para detectar en uno mismo posibles maneras de meter la pata cuando visitamos cualquier tipo de establecimiento de hostelería, y para hacernos un poco más empáticos con sus trabajadores, que tienen que tratar con demonios día tras día.
1. Dar opiniones de manera poco sutil
“¡Esto es una mierda!” quizás lo hemos pensado alguna vez, pero sería mejor no decirlo en voz alta. Puede que el error sea garrafal, pero tampoco hay que incurrir en ser vulgar e insolente. Las cosas se pueden decir bien igual que se pueden decir mal, y es importante recordar que hablando, la gente se entiende (casi siempre).
2. Entrar y sentarse donde queremos
Nunca dejará de sorprenderme cuando veo a alguien que entra por la puerta, no saluda, no frena y se sienta donde le rota. La realidad es que hay países donde la operativa es esta, pero no es nuestro caso. El personal de sala debe tener controlado quién entra, y ver cómo ha crecido un cliente como una seta en una mesa es algo que le podemos ahorrar. Se saluda y se pide mesa, mucho más sencillo que entrar como un toro en un platos-y-ollas y tener que afrontar las consecuencias: que te cambien de mesa o que te llamen la atención, justamente, por haberte precipitado así.
3. Olvidar los básicos de la educación
Quien se olvida de saludar también se suele olvidar de decir ‘por favor’ y ‘gracias’. Es básico y es triste que ni las mínimas muestras de educación y de gratitud hagan acto de presencia en la mesa o en la barra. Recordemos que así deben ser todas las interacciones humanas, que no son más que quienes nos atienden y que la esclavitud se abolió hace ya muchos años.
4. Excesos de confianza
Por razones que no identifico, algunas personas tienen gestos o comentarios hacia el personal de sala que están fuera de lugar. ¿Por qué motivo deberías comentarle a una persona que no conoces de nada, o de muy poco, si tiene cara de cansado? ¿O si el uniforme le favorece una parte concreta de su cuerpo? Por ninguno.
5. Pedir un trato preferente
El clásico suele ser siempre el mismo: querer quedarse más tiempo en el lugar, a menudo bebiendo, porque apetece. Da igual si el horario del establecimiento ya hace rato que ha pasado y que para que tú sigas disfrutando hay personas trabajando más horas de la cuenta. Por favor: tened la bodega de casa bien llena e invitad a vuestros amigos a tomar la última en la comodidad de vuestro sofá, y dejad que los profesionales de la hostelería terminen la jornada cuando la tienen que terminar.
6. Devolver platos y copas porque no te han gustado
Cuando uno pide un plato, un vino, un cóctel, un café o cualquier otra cosa que se pueda comer o beber después de haber leído la descripción en la carta, está asumiendo una responsabilidad: ha tomado una decisión, ha hecho la solicitud, y si no se adapta a su gusto personal, es su problema. Siempre que no haya errores en la ejecución, que la elección no nos guste es algo que deberíamos ver como un aprendizaje porque, hasta que no lo pruebas, no sabes si te gustará. Es cierto que en algunas ocasiones, que normalmente se limitan a los vinos por copas y a los cócteles, la hospitalidad del lugar hace que nos ofrezcan un cambio si no nos hace el peso. Pero si uno lee “Campani, ginebra y vermut” y pide un Negroni, debe saber qué está pidiendo. Y si no lo sabe y tiene alguna duda, es necesario que pregunte. Hacerse el sabihondo en un bar o restaurante nunca ha salido bien.
7. Exigencias fuera de lugar
Ir a hacer un menú del día y esperar que no haya cierto grado de ruido en el ambiente es como ir a comprar el pan a un museo: no pasará. A pesar de todo, en estos y otros casos, uno pide la luna en un cesto cuando, de todas todas, no puede ser. La oferta del establecimiento y la identidad del mismo establecimiento determinan qué pueden dar y qué no, y debería ser de sentido común saberlo ver. Pero en el caso de que nos equivoquemos, no hagamos el demonio: se pregunta una vez y, si no te lo dan, es que no te lo pueden dar.
Y no creo que hayamos terminado aquí. Próximamente, más situaciones infernales de los clientes diabólicos por todas partes.