Siempre es buen momento para acercarse al Raval, y aún más si es para visitar uno de los locales emblemáticos de la ciudad, como es el caso de Can Lluís, el conocido restaurante de cocina catalana que, a punto de cumplir cien años, tuvo que cerrar hace unos años por un conflicto con la propiedad del inmueble —un fondo israelí de inversión, de los considerados buitre— que acabó con casi un siglo de existencia.

Por suerte, reabrió puertas el 17 de diciembre de 2025 con un nuevo equipo liderado por Albert Güell al frente de la cocina, y he aquí que, como todavía no lo he pisado desde su reapertura, hoy me lanzo de cabeza —casco en mano, por aquello de la inseguridad— después de ver la serie Ravalejar, creada por Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta, que, como sabéis, está inspirada directamente en la historia real del cierre y desahucio de Can Lluís.
Tras un cierre que conmocionó al barrio, esta histórica casa de comidas del Raval vuelve a reivindicar la cocina catalana tradicional, el producto de temporada y los platos de siempre

No deja de ser curioso que los propietarios actuales sean unos antiguos vecinos del barrio, Denís y Olga, que antes habían sido clientes de la casa. Tener el despacho en el Raval les acabó de empujar a tomar la decisión de reabrir el mítico restaurante familiar del barrio, recuperando una parte de la carta y, por qué no, también de la clientela. Y así, entre nosotros, de momento se las arreglan bastante bien. Hoy martes, por ejemplo, el comedor está lleno de gente del país que se atiborra con el menú del día.

El producto de temporada está bien presente en la carta, y empiezo con una ensalada de tomate con ventresca, aceituna Gordal y piparras y unos erizos de mar gratinados, una de las especialidades de la casa, aprovechando, como decía, el inicio de temporada, que va de finales de octubre a febrero.

La carta, igual que el espacio y el ambiente, intenta preservar la historia del local, y por eso va bien surtida de recetas tradicionales catalanas, como la butifarra ibérica artesana con alubias de Santa Pau, las albóndigas con sepia y guisantes, el cabrito de Rasquera rebozado, los canelones a la catalana o el capipota con garbanzos de Sant Antoni. También tienen muy buena mano con el bacalao con samfaina, el suquet de pescado o los arroces, si lo prefieres.

Elijo las manitas de cerdo guisadas con caracoles, un guiso intenso y tradicional, y la lubina a la espalda con ajo y guindilla al estilo de la Barceloneta. Los pies están bien elaborados, con la salsa bien ligada, los caracoles bien cocidos y sin sensación grasosa excesiva. Y en cuanto al pescado, con la piel crujiente, se ve realzado por el ajo dorado, el punto picante de la guindilla y el aceite caliente, que aporta un toque de vinagre suave que le da esa nota ácida que tanto nos gusta.

Cerramos con un pan con chocolate, aceite y sal, una crema catalana quemada con carquinyolis —muy buenos, por cierto— y, por último, un Sandokan, el postre de la casa, con flan casero, helado de chocolate, almendras tostadas y Cointreau.

Por la noche, en Can Lluís la cosa se anima con los noctámbulos que salen del Teatre Apolo, el Condal, el Victòria, el Romea o el Liceu. No dudéis en llamar si la función acaba tarde, porque os esperarán para cenar, siempre que no sea un Wagner y acabe pasada la una de la madrugada; en ese caso, es mejor ir con la panza llena antes de la función.