Comámonos el bosque antes de que el fuego lo haga por nosotros

Con una sola frase ya podría dar por terminado este artículo: llenad la cesta con producto de proximidad. Pero insistiré. Porque, cuando voy al supermercado y miro qué hay en los carros de la compra, todavía me cuesta encontrar productos locales. Cada verano asistimos al mismo ritual. Catalunya quema. Las imágenes son escalofriantes, las redes sociales se llenan de indignación, los expertos reclaman más gestión forestal y las administraciones prometen actuaciones. Cuando llegan las primeras lluvias, el debate se apaga hasta el siguiente incendio. Quizás es porque buscamos la solución solo en los despachos, cuando una parte importante está en el supermercado. La cesta de la compra es, probablemente, el cortafuegos más poderoso que tenemos.

Hemos perdido el mosaico agrícola y forestal que durante siglos caracterizó Catalunya

Durante siglos, el bosque proporcionó leña, madera, carbón, pastos y trabajo. Era una fuente de riqueza y, precisamente porque tenía valor, se gestionaba. Hoy muchos propietarios forestales no pueden asumir el mantenimiento porque ya no les da ningún rendimiento. Al mismo tiempo, los campos se abandonan, los cultivos retroceden y la masa forestal avanza sin control. Hemos perdido el mosaico agrícola y forestal que durante siglos caracterizó Catalunya. Cada hectárea de cultivo abandonada es una hectárea más de masa boscosa continua y densa: el combustible perfecto para que cualquier chispa se convierta en devastadora. Por eso la mejor política forestal no empieza cuando se enciende el fuego, sino mucho antes: recuperando cultivos, haciendo viable el sector primario y dando valor económico al territorio. Solo aquello que genera actividad se conserva.

Foto reportaje Gerard Cardona ramader Pallars Foto Oriol Foix Duaigües
Gerard Cardona, ganadero, cuidando sus ovejas en el Pallars. / Foto: Oriol Foix Duaigües

La paradoja es enorme. Mientras aquí abandonamos tierras agrícolas, en la otra punta del mundo se talan millones de hectáreas para convertirlas en campos de cultivo. En treinta años, el planeta ha perdido cerca del 10% de su superficie forestal. Y no es un detalle menor: viven el 80% de las especies terrestres, regulan el clima, retienen carbono y son claves en la lucha contra el cambio climático. Bosques que desaparecen para producir soja, maíz, carne de bovino o aceite de palma, materias primas que acaban convertidas en los bistecs que llenarán nuestro plato. Defendemos la Amazonia mientras llenamos el carro con productos que contribuyen a destruirla.

La solución, pues, no tiene mucho misterio: recuperar los cultivos y dejar de importar productos procedentes de tierras deforestadas. Debemos volver a valorar aquello que produce nuestro territorio. Y esto también significa recuperar alimentos que habíamos dejado de valorar. Hace pocos días hablaba de ello con Eudald, de Innovacc, el clúster catalán de la innovación del sector cárnico. Me comentaba la fuerte caída del consumo de cordero —y que el poco que se vende viene de Nueva Zelanda. Quizás si supiéramos que cada rebaño es una desbrozadora con patas, que limpia el sotobosque, abre claros y reduce la carga de combustible, cambiaríamos de hábitos. Cada pastor que perdemos es un poco menos de gestión del territorio. Pensemos en ello.

Ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quién apagará el próximo incendio. La pregunta es quién mantendrá vivo el territorio antes de que el fuego llegue

Con la madera ocurre un desorden similar. Hemos dejado perder buena parte de la industria de transformación porque no es lo suficientemente rentable, y ahora, si queremos madera local, la tenemos que importar del País Vasco o de los países nórdicos, mientras la nuestra queda abandonada o acaba convertida en combustible de los incendios. ¿Qué sentido tiene todo esto? Creemos que proteger la naturaleza es no tocarla. Pero el paisaje que admiramos hoy no es fruto del abandono, sino de siglos de trabajo de agricultores, ganaderos y silvicultores. Aquel equilibrio entre campos y bosque hacía el territorio más rico, más biodiverso y mucho más resistente al fuego.

Ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quién apagará el próximo incendio. La pregunta es quién mantendrá vivo el territorio antes de que el fuego llegue. La respuesta está en la cesta. Cuando la llenamos, decidimos si queremos más agricultura; más rebaños o más sotobosque; más cultivos o más combustible; más producto local o más dependencia exterior. La mejor política forestal se hace delante de los estantes del supermercado. El paisaje no solo se contempla. También se compra.