La plaza Rovira es una de las plazas más emblemáticas y tranquilas de la Vila de Gracia, doy fe porque estuve viviendo unos años muy cerca de allí. Entonces el restaurante de la plaza que cortaba el bacalao era el restaurante Valls, que al mediodía hacía enloquecer a vecinos y extraños con su fantástico menú de mediodía. Ahora lo regentan nuevos emprendedores y el ambiente es distinto. En la misma plaza también estaba el bar Cumulada y el colmado del mismo nombre, ahora reconvertidos —ambos locales— en el bar La Rovira. La plaza fue obra del arquitecto y discípulo de Gaudí, Rovira i Trias, uno de los urbanistas más populares de la ciudad y vecino de Gràcia.

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Ambiente Bodega Casas / Foto: Miquel Muñoz


Pues bien, muy cerca de la plaza, en la calle Providència, se encuentra la Bodega Casas, que frecuentaba hace años, a veces entre semana, volviendo del trabajo, pero también los fines de semana, con la familia y los amigos. Era un lugar en el que te sentías como en casa; de hecho, estabas en casa de Antonio, pues él y su familia viven encima de la bodega. A él le gusta explicar que dispensa un trato como si ofreciera su casa a los clientes.

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Grifos, bodega Casas / Foto: Miquel Muñoz

El padre de Antonio, de nombre también Antonio, compró la casa en los años sesenta, y en la planta baja —donde ahora está la bodega— tenía un negocio de venta de vinos. Él hacía reparto a domicilio por la villa, pero también iba a todas partes, a veces a El Carmel o a Badalona. Llenaba las garrafas con vino de las botas que todavía conserva —siempre repletas de Priorat, Terra Alta, Gandesa, Alella o Penedès—, las repartía durante la semana y pasaba a cobrar lo que había repartido durante el fin de semana.
Con el tiempo, la insistencia vecinal les hizo instalar un pequeño mostrador para beber en la propia bodega. Así, mientras Antonio padre repartía el vino, su mujer lo servía en vasos en el nuevo mostrador. En aquel entonces, las bodegas y las tabernas eran la alternativa popular a los restaurantes, y como quien no quiere la cosa, en la Bodega Casas pasaron de servir unos vasitos de vino a servir comidas. Sin embargo, los Casas no cocinaban un menú como tal, sino que lo que cocinaban para ellos mismos ahora lo hacían con más cantidad para los nuevos clientes hambrientos. Antonio hijo recuerda que, a veces, tenían hasta una cincuentena personas comiendo a la vez.

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Antonio en la puerta de la bodega / Foto: Miquel Muñoz


Años más tarde, deciden dejar de servir comidas porque daba demasiado trabajo, y es entonces cuando se concentran en los desayunos de tenedor y los vermús. Es la época en la que empiezan a comprar bidones de anchoas de diez kilos en salmuera, que limpiaban escrupulosamente de sal y espinas y ofrecían a los parroquianos a la hora del vermú. Ahora, por cierto, las anchoas las traen del mercado del Ninot, pero ya vienen medio limpiadas. No es lo mismo, aunque la calidad es la misma o superior, y puedes escoger exactamente qué tipo de anchoa necesitas.

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Barra, bodega Casas / Foto: Miquel Muñoz


A raíz de la jubilación de Antonio, su hijo Jordi —que ha mamado el local desde su niñez— se ha hecho cargo del negocio, y ha mantenido los desayunos de tenedor, con huevos fritos, tortillas, albóndigas, platillos de queso, butifarra de huevo con trompetas de los muertos y bocadillos de todos los sabores, pero también los vermús, con sus anchoas, olivas, almendras, boquerones en vinagre, banderillas y demás productos de lata, todo debidamente regado con vinos a granel que siguen trayendo de varios lugares de Catalunya, pero también con vinos y cavas embotellados que seleccionan con mucho cuidado.

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Vermut y aceitunas, bodega casas / Foto: Miquel Muñoz

Me despido de Antonio, pero antes me cuenta con nostalgia la fiesta del cincuenta aniversario de la bodega, durante el que amigos y vecinos brindaron con alegría y vaciaron ocho bidones de cerveza y cien botellas de cava. Deseémosle, pues, larga vida a la Bodega Casas, que con 65 años de historia a sus espaldas te sigue ofreciendo vino y amor. Tan fácil y tan difícil.