Siempre que abren un bar o un restaurante nuevo, procuro acercarme a ver qué se cuece y, si veo que puede ser interesante, reservo mesa. Así, como en muchas otras ocasiones, he hecho lo propio con el Bar Alegria de Gràcia, que ha abierto sus puertas hace pocas semanas —para desgracia de sus vecinos y vecinas—.


Con la mesa encargada para las ocho y media, me presento, acompañado, con una puntualidad extrema. El local está muy lleno y el ambiente que se respira es de gente del barrio y extranjeros. Tras saludar al personal, nos asignan una mesa al final del local.
La cosa empezó mal de entrada, ya que las mesas están muy juntas y mis vecinas iban acompañadas de un precioso bobtail, ese perro muy peludo que, para los no duchos en el tema canino, os diré que puede llegar a pesar más de cincuenta kilos y que es grande como un caballo, con lo que parecía que lo tuviéramos de invitado en la mesa y nos impedía poder relajar las piernas por falta de espacio.


En principio, el funcionamiento del local —a pesar de ser nuevo en el barrio— parecía bastante afinado, o sea que pedimos un par de copas de Montsant y algo para picar, como unos boquerones, unas alcachofas fritas, una berenjena con miso, unos guisantes del Maresme y un calamar a la plancha.

Terminada la primera copa de vino al cabo de unos veinte minutos, pedimos otra copa para hacer boca, sin entender demasiado por qué razón los boquerones no estaban en la mesa desde el primer minuto. Pero como el local estaba a tope, nos relajamos y no le dimos la importancia que merecía. Cuando llevábamos 45 minutos sin mover el bigote, uno de los camareros nos preguntó si nos faltaba algo más de comer, a lo que contestamos que sí, que nos faltaba todo, incluso los boquerones. Por otro lado, y curiosamente, nuestros nuevos vecinos —estos sin bobtail, pero con un flequillo similar, de esos de Borja Mari— ya andaban por el segundo plato, mientras que nosotros estábamos desmayados, pues ya eran casi las diez de la noche. Diligentemente, la camarera nos llenó la copa por tercera vez, informándonos de que esta ronda la pagaba la casa, debido al retraso del pedido.

Quince minutos más tarde —o sea, una hora exacta desde que nos sentamos a la mesa— llegaron las alcachofas y, con una parsimonia espantosa, el resto de platos. Todo ello, mientras observaba, sin dar crédito, cómo el jefe de cocina —o quizás era el segundo, vete a saber—, con su delantal impoluto, departía plácida y cordialmente durante parte de la jornada en la barra con unas chicas extranjeras, a pesar de que veíamos cómo en la cocina no daban abasto solo con un cocinero y una lavaplatos que no paraban ni un minuto.

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Para colmo de la noche, las alcachofas las encontramos insípidas y los guisantes no nos los comimos por exceso de sal; la berenjena estaba correcta y el calamar, tierno, pero los boquerones nunca llegaron a nuestra mesa.

Muy cansado de estas tomaduras de pelo habituales en el mundo de la gastronomía, hoy me decido a escribir estas líneas, en las que cuento mi mala experiencia en este hasta ahora concurrido bar del barrio, el Bar Alegria. Hemos normalizado que comer mal en cualquier bar o restaurante y pagar un tique elevado no se pueda explicar por ser poco procedente. Harto de callármelo, sin embargo, hoy he abierto este melón, ya que pienso que si no lo explico, estoy engañando a mis lectores. La cuenta ascendió a setenta euracos, a pesar de que nos invitaron a las copas de vino, todo un detalle.